El jardín secreto de Karen Blixen

El jardín secreto de Karen Blixen, por Guillermo Altares, El País, 2 de abril de 2017.

CUANDO SE piensa en Karen Blixen (1885-1962), resulta difícil imaginar otro lugar que no sea aquella granja al pie de las colinas de Ngong. Sin embargo, la casa que marcó su vida, en la que compuso gran parte de su literatura, no está en Kenia, sino unos kilómetros al norte de Copenhague: Rungstedlund. Su antiguo hogar familiar es hoy un museo junto al mar, rodeado de un impresionante parque, en el que se encuentra la tumba de la narradora, custodiada por un haya centenaria. El bosque es también un refugio de pájaros, un deseo de la propia Blixen. Sus herederos han conservado la casa como estaba; de hecho, la visita se realiza con patucos blancos, como los que se utilizan en los hospitales, para no dañar las alfombras o los antiguos suelos de madera. Los recuerdos de la autora de Memorias de África y Siete cuentos góticos siguen intactos, casi todos en el mismo estado en que ella los dejó a su muerte. La escritora era muy aficionada a los arreglos florales y el equipo responsable del museo ha continuado la tradición, recreando los mismos ramos que construía en vida, como si la narradora danesa, cada mañana, se ocupase personalmente de ello.

Arreglo floral, inspirado en Rungstedlund, compuesto por diferentes tipos de rosas, lilas, nardos y tulipanes, entre otras flores. También lleva hojas de magnolio y helecho, y ramas de cerezo. El jarrón es un diseño de Constance Spry editado por Loewe. FOTO: CARLOS REJAS / CREACIÓN FLORAL: ELISABETH BLUMEN

“Es el lugar que me dio ganas de descubrir su vida”, explica la autora francesa Dominique de Saint-Pern, autora de una biografía novelada de la escritora, Karen Blixen (Circe), recientemente publicada en España. “En 1995 viajé a Copenhague para hacer una entrevista y tengo que confesar que no conocía a Karen Blixen. El salón de la persona que entrevisté estaba decorado con dos pósteres que mostraban a dos personajes africanos. Me sentí muy atraída por esas dos pinturas. El entrevistado me dijo: ‘Son dos dibujos de Karen Blixen y se encuentran en su casa museo, que está muy cerca de Copenhague. Vaya, merece la pena’. No sabía nada más, pero viajé hasta allí. Me bajé del tren, recorrí el parque arbolado y me topé con su tumba, que es maravillosa. Me emocionó mucho porque no era un cementerio normal, estaba integrado en la naturaleza. Desde allí bajé a la casa y descubrí un universo proustiano o chejoviano, una forma de vida que ya no existe, aristocrática. Parece que ella va a surgir en cualquier momento. Es un espacio que habla. Karen Blixen se peleó hasta su muerte para que se conservase. Hay algo muy poderoso en ese lugar. A partir de ahí me pregunté quién era ella: así descubrí la película, Memorias de África, y su vida”, prosigue la periodista Dominique de Saint-Pern en una entrevista en el Instituto Francés, durante una visita a Madrid.

Los muebles, las alfombras, su propio escritorio, la vista desde la ventana… Todo en Rungstedlund está marcado por los relatos de Karen Blixen, que firmó gran parte de sus obras como Isak Dinesen. Su mundo literario forma parte de la decoración. Pero, por encima de todo, son los ramos impecables los que nos recuerdan que, de alguna forma, sigue viviendo allí. Sus trabajos florales eran tan célebres que el arquitecto danés Steen Eiler Rasmussen (1898–1990), uno de los grandes urbanistas del siglo XX, coordinó un libro sobre ellos, Karen Blixen’s Flowers: Nature and Art at Rungstedlund (Las flores de Karen Blixen: naturaleza y arte en Rungstedlund), un ensayo en el que los relaciona con su obra tanto literaria como pictórica. “Los ramos de flores fueron una obsesión, normalmente eran gigantescos”, señala Saint-Pern. “Entrevisté a una persona que conoció a Karen cuando era pequeño, y se acordaba de aquellos ramos enormes”. En los salones de Rungstedlund se han convertido en una presencia viva que tiene algo de fantasmal. “La primera vez que fuimos a visitarla tenía en su casa todo un mercado de flores y vegetales, en cantidades mucho más grandes de las que necesitaba para un hogar con tan pocos habitantes”, cuenta Steen Eiler Rasmussen en su libro de recuerdos sobre la autora. “Seleccionaba ejemplos perfectos de flores en cada época y hacía con ellos diferentes composiciones, cada una diseñada especialmente para una estancia y un jarrón particulares”, prosigue el arquitecto, quien considera que “los arreglos eran tan variados y fantásticos como sus cuentos”. Las flores continúan decorando sus habitaciones como si sus palabras siguiesen flotando por Rungstedlund.

Karen Blixen
Retrato de la autora danesa. KAREN BLIXEN MUSEET

En el libro aparecen reproducciones de sus ramos: peonías, gladiolos, dalias, flores silvestres que surgen de una sopera utilizada como jarrón, rudbeckias, lilas, tulipanes en un impecable vaso blanco… Incluso reproduce una foto de la escritora junto a sus flores realizada por Cecil Beaton en 1962. “Como en sus historias, Karen Blixen utilizaba motivos recurrentes en diferentes variaciones”, escribe la traductora Lisbeth Hertel. Al igual que la comida en su cuento más célebre, El festín de Babette, sus flores servían para romper la espesa atmósfera protestante en la que pasó la mayor parte de su vida. Porque Blixen solo vivió en África entre 1913 y 1931. El resto de su existencia la pasó en Rungstedlund, entre sus árboles y sus flores. Pero aquellos años de Kenia se han apoderado del resto de su vida. Es imposible quitarse de la cabeza la pegadiza música de John Barry cuando se piensa en ella, mientras que el rostro de Meryl Streep ha reemplazado al suyo (al igual que el de Robert Redford al de Denys Finch, su gran amor africano, cuya foto todavía decora su escritorio).

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Despacho de Blixen con algunos de sus recuerdos. KAREN BLIXEN MUSEET

Sin embargo, fue un personaje muy complejo y difícil. Saint-Pern recuerda que, durante una entrevista con uno de sus sobrinos mientras se documentaba para su libro, le pidió que definiese a su tía. “Tras pensarlo un poco, me respondió: ‘Era una bruja”. Nada ilustra tan bien su lado oscuro como su historia con el poeta Thorkild Bjørnvig (1918-2004), que Saint-Pern describe en su novela, al que prácticamente Blixen encerró allí durante dos años. Cuando él tenía 29 años y ella 62, establecieron una relación en la que ella le abrió las puertas de la literatura, pero él debió permanecer atado a Rungstedlund. Un libro del danés Jørgen Stormgaard, titulado Blixen y Bjørnvig. El pacto se rompió, describe la relación como “entre poeta y musa, pero también entre ama y criado”. Dominique de Saint-Pern cree que forma parte de algo más complejo, de su deseo de modelar el mundo y a las personas que lo habitan a su voluntad. “Asumió el riesgo de hacer de su vida una de sus obras, quería que las historias que le rondaban en la cabeza se convirtiesen en realidad, que la gente que la rodeaba se plegase a ese escenario”, asegura.

Esa búsqueda del espacio perfecto se percibe en las estancias de Rungstedlund, donde la naturaleza forma parte del entorno: el parque con árboles, el viento que golpea las ventanas de madera desde el cercano mar del Norte, que se escucha perfectamente, sobre todo en invierno. La casa, un imponente edificio de madera blanca, está marcada por la ausencia de África, de Denys, poblada de recuerdos de otros tiempos. “Cuando regresó, tuvo que acostumbrarse poco a poco a la vida burguesa que 17 años antes había creído dejar atrás para siempre, con un suspiro de alivio”, escribe el crítico literario Frans Lasson en el prólogo de Cartas desde Dinamarca. Correspondencia 1931-1962 (Nórdica Libros). En las paredes cuelgan sus dibujos, que también reflejan personajes y animales africanos. Fue una pintora delicada y hábil, con el mismo sentido del detalle y de la evocación que marca sus cuentos.

Rungstedlund también encierra sus secretos, y uno por encima de todos ellos: la sífilis, que sufrió después de haber sido contagiada por su marido en África, lo que la obligó a elegir una vida que tal vez no hubiese sido la suya. Esta enfermedad fue revelada muy tarde, después de su muerte, por la periodista estadounidense Judith Thurman en su biografía de Blixen, en la que se inspiró Sydney Pollack para escribir Memorias de África casi tanto como en los libros de la propia autora. La casa oculta esa profunda contradicción: Blixen fue una mujer muy mundana, que escribía sus libros primero en inglés y luego en danés, en una segunda versión corregida, pero que, sin embargo, pasó gran parte de su vida en el campo. La enfermedad, y la dureza de los tratamientos que seguía, que incluían cianuro, la dejaron anclada en Dinamarca. “La sífilis alteró sus planes de vida y le hizo sufrir mucho”, explica su biógrafa.

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Karen Blixen vivió en Rungstedlund, una finca familiar al norte de Copenhague. Allí se encuentra su tumba.

En la tienda de recuerdos de Rungstedlund se puede comprar una postal en la que Karen Blixen aparece con Marilyn Monroe durante un viaje a Estados Unidos, al final de su vida, en 1959, cuando las devastadoras consecuencias del arsénico que tomaba para la sífilis hacían estragos en su frágil cuerpo. Toda su vida quiso ir a un país que siempre la veneró como escritora, pero no lo logró hasta tres años antes de su muerte. Allí conoció a todo el mundo intelectual –quedó constancia gráfica de aquella cena con Marilyn; su marido, el dramaturgo Arthur Miller, y Carson McCullers–, pero sobre todo fascinó a los estadounidenses con su capacidad para contar historias.

Todos los que la conocieron aseguran que Blixen era una narradora oral extraordinaria, una mezcla de las tradiciones africanas y de Hans Christian Andersen. Sus relatos conservan esa oralidad, dejan en el lector la sensación de que alguien nos lo está contando, prueban que solo la creatividad es capaz de superar el tiempo. Sus ramos siguen ahí para demostrarlo.

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