Rodrigo Cuevas, el último fenómeno

Rodrigo Cuevas, el último fenómeno, por Jessica M. Puga, El Comercio, 20 de marzo de 2017.

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El músico Rodrigo Cuevas, en Gijón. / DANIEL MORA

Rodrigo Cuevas (Oviedo, 1985) vive un momento profesional dulce. Al escenario se sube un personaje, que a veces se mezcla con la persona. Pero pocas.

–Cuando uno acaba de estrenar un documental sobre su vida, de llenar el Teatro de la Laboral y tiene fechas cerradas hasta otoño… ¿Los pies siguen en el suelo o la fama se le sube a la cabeza?

–Creo que no se me sube. Todo esto, desde hace un año para aquí, ha hecho que me tome más en serio la parte laboral.

–¿Cuánto tiene de personaje y cuánto de persona lo que vemos en sus espectáculos?

–El personaje llega cuando me subo al escenario y tengo que ser el centro de atención. En la vida normal todos tenemos nuestros momentos de ser el foco y yo ahí sí que soy muy parecido al personaje.

–O sea, que sí hay diferencia, aunque a veces se solapen.

–Sí. Dentro del personaje está la persona y dentro de la persona, hay parte de personaje. No soy así todo el día, imagínate (Ríe).

–¿Le presiona que le juzguen?

–De momento no. Creo que lo que gusta de mí es que hago lo que me da la gana o lo aparento, porque luego todos tenemos nuestros juicios interiores y limitaciones.

–¿Cuáles se marca usted?

–Por ejemplo, en la Laboral, el hecho de no querer defraudar ya es una limitación porque haces las cosas para los demás en vez de para ti.

–No le gustan las etiquetas, ¿por qué?

–Porque te limitan y eso no me gusta, te meten en un compartimento y cuando quieres salir parece que estás traicionando algún principio.

–¿Cómo definiría su persona?

–Es muy difícil, ¿eh? Me gusta el campo, la libertad, la naturaleza, los animales y me apasiona el arte. Todo al final es lo mismo, naturaleza, así que soy naturalista.

–Cada vez estamos menos en la naturaleza. En Asturias el campo pierde habitantes.

–No es un problema solo de Asturias. Otra cosa que no me gusta ver, las fronteras; si no las quiero ni en lo artístico ni en lo personal, tampoco en lo físico. Si un problema lo ceñimos solo al entorno de Asturias, pierde. No puedes arreglar el mundo intentando arreglar Asturias, de hecho, tampoco intentar arreglar Asturias; lo único que puedes solucionar es tu vida y, desde ahí, ya el mundo. Soy internacionalista. El problema del campo es global y si no lo entendemos así es imposible luchar contra el cambio que está llevando a que toda la zona rural o se despueble o sea condenada como ocurre en los países menos desarrollados tecnológicamente, donde estamos acabando con su tradición. Pensamos que el despoblamiento es el único problema y no es así; lo es la forma de consumir.

–Está creciendo una generación con esa mentalidad. Da un poco de pena, ¿no?

–Yo eso para mí no lo quiero, pero tampoco me siento capaz de juzgar a nadie… Entiendo que hay épocas en la vida y edades en las que uno no piensa más que en sí mismo… Dicho esto, sí, es una pena. No es solo que se pierda la cultura de aquí, sino que prevalece una, digamos, yanqui, que está muy poco ligada a la realidad y a las raíces y muy centrada en el individuo. Es como el principio de la destrucción de una colmena de abejas.

–No se nos enseña a ser colmena, sino todo lo contrario.

–Claro, porque es mucho más rentable que vivamos de uno en uno… Como hago yo, que vivo solo. Es un problema de sostenibilidad, de saber hasta cuándo vamos a poder hacerlo sin que el mundo se vuelva una mierda.

–¿Cómo ve el mundo hoy?

–Me gusta estar a gusto con el entorno y ahí el mundo me parece precioso. Cuando me voy de vacaciones busco un sitio así, no iría a Marbella ni a Oviedo. Hay esperanza.

–¿Barcelona marcó un antes y un después?

–Sí, lo cambió todo. Cuando me fui de Oviedo estaba prohibido tocar en los bares. Llegué a Barcelona desde una ciudad ‘cutrelux’, de un pijerío cutre y aburrido. Oviedo era una ciudad rancia. ¿Cómo no se iba a ir la gente?

–Ha dicho era. ¿Ya no? ¿Lo dice por el cambio de Gobierno?

–Oviedo cambió mucho. El nuevo Gobierno se nota, pero este llega precedido de cambios sociales.

–La sociedad, desde el 15-M, ¿se ha vuelto más inquieta?

–Aún estaba en Oviedo en la época del ‘No a la guerra’ y esa movilización social, que la gente parece no recordar, fue más gorda. Esa también fue una época colvulsa en la que se luchaba por las cosas; recuerdo que había una plataforma, ‘Oviedo no suena’, en contra de la prohibición de los conciertos. Había movilización, pero ahí estaba Gabino inmóvil, como un jeque.

–¿Sirvió para algo el 15-M?

–El gobierno no atendió la movilización del ‘No a la guerra’…

–¿Estamos perdiendo libertad?

–El capitalismo, al final, es una cárcel tan divertida, en la que nos lo pasamos tan bien, que no nos apetece salir. Tiene las puertas abiertas y siempre hay fiesta dentro.

–¿Cómo ve la situación política?

–Que la mayoría absoluta no sea tan fácil contribuye. Algo que siempre creí es que las mayorías absolutas al final son dictaduras; cuando estaba con mis primos y mi hermana y dos querían jugar a una cosa y cinco, a otra, jugábamos muchas veces a lo que decían los cinco, pero alguna vez a lo que querían los dos. Así debería ser la democracia.

–¿Qué opina de que un político como Trump, cuya carta de presentación incluye levantar un muro fronterizo, gane elecciones?

–Que haya ganado es culpa de su sistema electoral, porque Hillary sacó cinco millones de votos más. No hay una democracia real. Que ponga un muro no sé por qué nos escandaliza tanto aquí, cuando tenemos exactamente lo mismo en Ceuta y Melilla.

–A pesar de que somos un país con tradición de emigrantes, hay quien dice que los extranjeros llegan a España para quitarnos el trabajo. ¿No aprendemos nada de la Historia?

–Es que cuando la Historia no se cuenta o se cuenta matizada es difícil acordarse de ella. Nos quejamos de que los inmigrantes vengan a quitarnos puestos de trabajo que la mayoría de españoles, en cierta época, no querían, y nos parece muy normal que nuestros jóvenes se vayan a ejercer puestos de biólogos o ingenieros fuera… La gente de estos países receptores debería enfadarse quizá más que nosotros, porque estamos yendo a trabajar en puestos bien remunerados.

–Un eurodiputado polaco dijo que las mujeres deben ganar menos porque son menos inteligentes. ¿Qué le contestaría?

–Pienso si lo diría para salir en los medios. Muchos hombres tratan a la mujer como una figura. No están conectados con ellas a nivel intelectual, solo físico; como una empresa: soy un hombre y necesito una mujer. Y muchas de ellas también piensan así.

–¿Sigue extendida la mentalidad de que la mujer se queda en casa?

–No veo mal que uno de los dos decida dedicarse a la casa; otra cosa del capital es la de querer que los dos produzcan. ¿Qué hay mejor para un hijo que pasar la tarde con uno de sus padres? Que sea la mujer por defecto, no. Pero eso está superado, ¿no?, dicen que ya está incorporada al mercado laboral, parece que la meta está conseguida.

–Luego están las diferencias de sueldo, las bajas por maternidad…

–Exactamente. El trato vejatorio en la calle, la falta de presencia en cargos de responsabilidad… El machismo se afana en repetir que los objetivos están cumplidos porque la mujer ya trabaja.

–Un economista dijo en la Junta que la oficialidad del asturiano costaría 21 millones al año…

–Todo es dinero ahora. Si hay que gastar 21 millones, se gastan. Si se estuviera cayendo la Catedral de Oviedo, nadie miraría costes, se repararía porque es patrimonio, igual que la llingua. Es una de las principales tareas del Gobierno autonómico y de las más urgentes.

–¿Estamos perdiendo la llingua?

–Ahora quieren promoverla como lengua vehicular en algunas escuelas, algo impensable cuando yo estudiaba. Creo que es una lengua viva, sobre todo en la zona rural. Hay que darle el prestigio de lengua vernácula y útil en la que podemos hablar sin sentirnos… ¿aldeanos? Igual hay gente que aún la ve así. Como no está apoyada de ninguna forma por las instituciones pues se la están cargando para que no cueste 21 millones al año.

–Corren peligro hasta las fiestas de prau, todo son pegas.

–Con ellas tengo un conflicto: una fiesta a la que va la gente a un monte a beber sidra y pasárselo bien me parece precioso, pero ahora hay una cosa con las orquestas… que acaban siendo fotocopias unas de otras y están gentrificadas. Tenemos otras formas de relacionarnos incluso con el alcohol; ahora prima el pedo rápido.

–La ley antibotellón limita beber sidra en la calle. ¿Qué opina?

–Es un tema muy complicado. Que a la gente le moleste un concierto en su ventana me parece normal, pero es que ahora molesta que alguien cante, silbe, ría… Estamos llegando a un nivel de estrés…

–Al ‘drag’ de Las Palmas le denunciaron, a fin de cuentas, por disfrazarse en Carnaval

–Es buscar la puntilla. Hay gente que tiene muy poca cultura y no entiende nada.

–Siendo tan defensor de la tradición, ¿es usted religioso?

–Hay una confusión muy grande entre religión e Iglesia. No conozco ninguna religión que predique el odio, ninguna es mala, todas intentan explicar el sentido de la vida, los orígenes del mundo y un poco de ética. Pero las iglesias hicieron de ello una forma de poder, de subyugar y un motivo para la guerra. Son las que está provocando pobreza, muertes, guerras… Es una pena que la gente las confunda porque termina perdiendo su espiritualidad, que es una parte muy importante, conocerse a uno por dentro, saber qué quieres representar en el mundo y qué representa el mundo para ti.

–Lo de Hazte Oír con su autobús. ¿Qué opinión le merece?

–Es una incitación al odio en toda regla. Legitiman el bullying, que haya niños con mogollón de problemas y que se puedan acabar suicidando por su condición de género. Yo creo que son las jerarquías eclesiásticas las que incitan ese odio y que hay gente que los sigue.

–¿Qué cree que diría el papa Francisco?

–No le habría gustado, yo creo. Habla de forma bastante sensata casi siempre, representa un cambio y una esperanza dentro de la Iglesia católica. Tampoco a Jesús. Hoy Jesús sería un activista, escudo humano en Palestina, por ejemplo, y le matarían, seguramente.

–Y con usted, ¿se mete alguien?

–En el colegio se metían conmigo, pero no una cosa súper grave. Yo tuve bastante suerte; en mi familia llevan con naturalidad mi sexualidad y me tocó una etapa buena: cuando cumplí 19 años se aprobó el matrimonio igualitario y permitieron adoptar a las parejas gays. Ahora estoy un poco triste, porque mi novio se ha tenido que ir y estaremos una temporada separados.

–¿Tiene instinto paternal?

–Siempre he tenido la adopción como opción, creo que cumple una función social, pero nunca he ido a preguntar. Del vientre de alquiler pienso todo lo contrario, aunque aún no tengo una opinión meditada al respecto. Tengo miedo de que pueda generar relaciones de poder y dominación sobre las mujeres.

–Los músicos asturianos y los lectores de EL COMERCIO eligieron ‘Asturias’ de Víctor Manuel como el tema que mejor nos representa. ¿Le ve una versión?

–No me identifico con esa canción porque no está en asturiano y porque habla de una Asturias épica. Es un problema que tenemos aquí, vivir de lo glorioso del pasado, de Pelayo y Covadonga… Lo único que nos mueve a los asturianos son cosas que ya no están. Yo prefiero mirar al futuro.

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