Annie Proulx: “Pienso durante años antes de escribir”

Entrevista a Annie Proulx: “Pienso durante años antes de escribir”, por Pablo Ximénez de Sandoval, El País, 13 de octubre de 2016.

Annie Proulx, en su casa de Carnation, Seattle.

Annie Proulx, en su casa de Carnation, Seattle. MATT MILLS MCKNIGHT

Annie Proulx se queja de que no hace suficiente frío. Es una tarde soleada, fresca y cristalina en un pequeño pueblo envidiable a las afueras de Seattle. Las vistas desde su casa son hacia campos y montañas. Hay tomates en el invernadero y un jardín lleno de flores. Pero estamos en septiembre y aún no hay nieve. “El invierno aquí es demasiado suave”, se queja Proulx. “Puedes cultivar perejil todo el año. Está bien tener perejil en invierno, pero preferiría tener nieve y poder esquiar sin tener que ir en coche a buscarla, francamente”.

No está cómoda en la Costa Oeste. “Todo está mal”, dice. El tiempo, el tráfico, todo. No le gustan las secuoyas que rodean su casa. Tiene 81 años y confiesa que está pensando en mudarse de este sitio espectacular para volver al Vermont de su infancia, donde todos los inviernos tienen, afirma, “la mejor nieve del mundo”, que ella llama “nieve champán”. “Soy una persona del norte. No me va bien el calor. Tengo ancestros que eran del norte desde hace mucho, mucho, mucho tiempo, estoy más cómoda en ese clima. Me hice un análisis del genoma y descubrí que el 40% de mi genética es de muy al norte de Escandinavia”.

Árboles, nieve, frío, naturaleza dura son los elementos en los que se desarrolla la nueva novela de Proulx. El bosque infinito cuenta la historia de dos pioneros que llegan a la Nueva Francia del siglo XVII. Allí sobreviven en el negocio de la madera. Los personajes se definen por la forma en la que se enfrentan a la naturaleza. El libro sigue los linajes de estos hombres durante tres siglos. Pero no es una historia de los hombres lo que está contando, explica. Es la historia del bosque. “Los bosques viven mucho tiempo, mucho más que los humanos. Para contar la historia del bosque necesitaba un par de cientos de años, no podía hacerlo en una sola generación humana”.

Para estos hombres, el nuevo mundo no es más que “una oportunidad, un lugar que solo es una cesta de bienes para aquel que tenga una idea de cómo sacarlos”. “Los árboles y la leña era lo que había entonces. Es más sobre la explotación de los bosques que sobre la lucha contra la naturaleza. Ellos no toman una decisión de luchar contra la naturaleza, sino de hacerse todo lo ricos que puedan por los medios que sean necesarios”.

“Es una historia sobre capitalismo. En vez de la palabra conquistar (el Nuevo Mundo) se podría utilizar destruir, arrancar”. No ve aquella época como una conquista. “Pensaba en destrucción”. La novela habla, en el fondo, de la actividad humana y del cambio climático, el problema que más preocupa a Proulx desde hace años. “Hemos cambiado el mundo de manera increíble y el cambio climático que nos acecha está ligado a esa actividad”.

“Yo llevo mucho tiempo en el mundo. Me di cuenta lentamente de que el mundo que amo, el de los ríos, los árboles y los bosques, estaba cambiando enormemente. Hubo una serie de libros que empezó en 1942 que se llamaba Los ríos de América. Tenía distintos autores de todo el país, poetas, escritores, no científicos, que escribían sobre los ríos. Las historias eran sobre la gente que vivía en las riberas de los ríos, el comercio, esas cosas. Es una pena. Si tuvieras que rehacerlo hoy sería espantoso. Porque los ríos han sido contaminados, reducidos, cambiados y arruinados. Aquella escritura patriótica sería muy diferente. Pienso en ese tipo de cosas, el ayer y el ahora”.

Uno de los personajes, Charles Duquet, dará origen a un linaje de empresarios de la madera sin escrúpulos, cuya compañía va creciendo sin cesar. Los Duquet siguen existiendo en el mundo de hoy, afirma. “Hay tantos que no puedes distinguirlos de la población general. Estamos sobrepasados por ellos. Todo el mundo quiere ser un empresario y ganar 10 millones de dólares en una semana”. Hoy, ese tipo de emprendedor está en el mundo tecnológico, opina. “Esos mismos tipos hoy en día estarían en Silicon Valley, no en los bosques con un hacha”.

Tras décadas sobreviviendo en el periodismo freelance y escribiendo libros alimentarios (“escribí uno sobre cómo hacer sidra y otro sobre jardinería, nunca los firmé, no son escritura real, eran puro alimento”), el éxito le llegó avanzada la cincuentena. En el espacio de una década, su nombre se hizo famoso por Atando cabos (The Shipping News), la película que se hizo del libro, el relato ‘Brokeback Mountain’ y la subsiguiente película. “Nunca me vi como una escritora. Me gusta escribir, pero no me veía. Me veía como una lectora y lo sigo siendo. La escritura es ocasional”. “La fama me da mucha vergüenza”, afirma. “Es muy incómodo, extremadamente incómodo. Cuando empecé a ganar premios estaba tan sorprendida como cualquiera. Y empecé a darme cuenta de que hay otro lado en la literatura que no había considerado”.

El estudio de Proulx es una amplia habitación en el segundo piso de esta casa de campo. Hay una mesa larga sin ordenadores, solo con unos lápices y papeles. Hay otra mesa pequeña con un iMac. También hay un hermoso pupitre alto de madera, de unos dos metros de largo, que recuperó de una oficina de Wells Fargo. Aquí escribe a mano, explica, cuando quiere buscar la máxima precisión en un determinado párrafo. En el ordenador se puede escribir a la misma velocidad que se piensa, afirma, pero por eso mismo la escritura puede quedar deslavazada. Cuando quiere precisión lo hace a mano, de pie, en este escritorio de antigua oficina bancaria.

Proulx sube y baja cada día dos tramos de escaleras. “Las escaleras son buenas” para mantenerse en forma, afirma. Tiene una evidente fortaleza física cuya receta es “muchos años de esquí y bicicleta”. “Lo seguiría haciendo a diario si hubiera nieve en este maldito lugar. Nieve champán. La mejor el mundo”.

El bosque infinito. Annie Proulx. Traducción: Carlos Milla Soler. Tusquets. Barcelona, 2016. 848 páginas. 23,90 euros

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