Jonathan Franzen viaja al fin del mundo

Jonathan Franzen viaja al fin del mundo, por Jonathan Franzen, El País, 31 de diciembre de 2016.

Antarctica #3

Iceberg en el océano Antártico. / DANIEL BELTRÁ

Hace dos años, un abogado de Indiana me envió un cheque de setenta y ocho mil dólares [74.600 euros]. El dinero procedía de mi tío Walt, que había muerto seis meses antes. Yo no esperaba que Walt me dejara ningún dinero, ni mucho menos contaba con ello. Así pues, me dije que debía destinar mi herencia a algo especial, para honrar su memoria.

Resultaba que mi novia desde hacía años, californiana de nacimiento, había prometido pasar unas vacaciones largas conmigo. Estaba agradecida por lo comprensivo que me había mostrado cuando tuvo que volverse a Santa Cruz para cuidar de su madre, que tenía noventa y cuatro años y estaba perdiendo la memoria. Llevada por un impulso, me había dicho: “Viajaré contigo a cualquier lugar del mundo al que siempre hayas deseado ir”. A lo que yo, por motivos que ya no soy capaz de reconstruir, contesté: “¿La Antártida?”. Me miró con los ojos muy abiertos; yo tenía que haber estado más atento a esa reacción. Pero una promesa era una promesa.

Con la esperanza de hacer más apetecible la Antártida a ojos de mi templada californiana, decidí gastar el dinero de Walt en la reserva más lujosa posible: una expedición de tres semanas de la Lindblad National Geographic por la Antártida, la isla San Pedro y las Malvinas. Dejé una paga y señal, y la californiana y yo nos dedicamos a partir de entonces, siempre que salía el tema, a bromear con cierta inquietud sobre el frío espantoso y los embravecidos mares del Polo Sur a los que había aceptado someterse. Yo no paraba de asegurarle que en cuanto viera un pingüino estaría encantada de haber hecho el viaje. Sin embargo, cuando llegó el momento de pagar el resto de la reserva me pidió que lo pospusiéramos un año. La situación de su madre era muy poco estable, y se resistía a emprender un viaje que la llevara tan irremediablemente lejos de casa.

Para entonces, también yo había desarrollado una cierta renuencia al viaje, y ni siquiera era capaz de recordar por qué había propuesto la Antártida. La idea de “verla antes de que se funda” era deprimente y contradictoria: ¿por qué no esperar a que se fundiera y se eliminara ella solita de la lista de posibles destinos? También me cohibía la categoría de trofeo que se atribuía al séptimo continente, demasiado remoto y caro para que el turista corriente pusiera sus pies en él. Cierto que allí podrían verse aves extraordinarias: no solo pingüinos, sino rarezas como la paloma antártica y el pájaro cantor más meridional del mundo, el bisbita de San Pedro. Sin embargo, el número de especies antárticas es bastante reducido y yo ya me había hecho a la idea de que nunca llegaría a ver todas las especies de aves del mundo. La mejor razón que se me ocurría para ir a la Antártida era que no tenía absolutamente nada que ver con el tipo de cosas que solíamos hacer la californiana y yo; habíamos llegado a la conclusión de que nuestra escapada ideal duraba tres días. Me dije que si pasábamos tres semanas juntos en el mar, sin posibilidad de huir, quizá descubriríamos que éramos capaces de hacer otras cosas. Haríamos juntos algo que quedaría, durante el resto de nuestras vidas, como algo que habíamos hecho juntos.

Así pues, accedí a aplazarlo un año. Me instalé yo también en Santa Cruz. Y entonces la madre de la californiana sufrió una caída preocupante, y ella tuvo aún más miedo de dejarla sola. Reconocí, por fin, que no me correspondía complicarle aún más la vida y la dispensé de hacer el viaje. Por suerte, mi hermano Tom, la única persona, aparte de ella, con quien me imaginaba compartiendo un camarote durante tres semanas, acababa de jubilarse y estaba dispuesto a ocupar su lugar. Cambié la reserva, de cama de matrimonio a dos individuales, y encargué botas estancas de goma y una guía con muchas ilustraciones de la flora y la fauna antárticas.

Pero ni siquiera entonces, cuando la fecha de la partida se aproximaba, conseguía convencerme de que me iba a la Antártida. No paraba de decir: “Parece que me voy a la Antártida”. Tom me hizo saber que estaba emocionado, pero mi propia sensación de irrealidad, de fracaso en el intento de prever algo placentero, no hacía sino aumentar. Quizá fuera que la Antártida me hacía pensar en la muerte, por la muerte ecológica con que la amenaza el calentamiento global, o por la fecha límite para verla que representaba mi propia muerte. El caso es que había llegado a apreciar enormemente el ritmo normal y corriente de la vida con la californiana, el ruido de la puerta del garaje cuando ella volvía de la visita nocturna a su madre. Cuando preparé la maleta fue como si lo hiciera obligado porque ya había pagado el viaje.

SAN LUIS, agosto de 1976. Una noche lo bastante fresca para que mis padres y yo estuviésemos cenando en el porche, mi madre se levantó a contestar el teléfono en la cocina, y de inmediato llamó a mi padre.

–Es Irma –dijo.

Irma era la hermana de mi padre, que vivía con Walt en Dover, Delaware. Debía de ser evidente que había pasado algo terrible, porque me recuerdo de pie en la cocina, junto a mi madre, cuando mi padre interrumpió lo que le decía Irma y le gritó al auricular, como si estuviera furioso:

–Irma, por Dios, ¿está muerta?

Irma y Walt eran mis padrinos, pero yo no los conocía bien. Mi madre no soportaba a Irma –consideraba que sus padres la habían malcriado sin remedio, en detrimento de mi padre– y, aunque se suponía que Walt –un coronel del Ejército del Aire retirado que se había convertido en orientador en un instituto de secundaria– era el más simpático de los dos, yo lo conocía sobre todo por un volumen autoeditado sobre sus conocimientos golfísticos que nos había mandado, Golf ecléctico, y que yo, como lo leo todo, me había leído. La persona a la que más había tratado era Gail, la hija única de Walt e Irma. Era una joven alta, guapa e intrépida que había estudiado en la Universidad de Misuri y nos visitaba a menudo. Se había licenciado el año anterior y había encontrado un empleo de aprendiz de orfebre en la ciudad colonial de Williamsburg, en Virginia. El motivo de la llamada de Irma era comunicarnos que Gail, mientras circulaba toda una noche, sola y bajo un aguacero, para llegar a un concierto de rock en Ohio, había perdido el control del automóvil en una de las estrechas y tortuosas carreteras de Virginia Occidental. Aunque al parecer Irma no era capaz de pronunciar esas palabras, Gail había muerto.

Yo tenía dieciséis años y comprendía qué era la muerte. Y sin embargo, quizá porque mis padres no me llevaron al funeral, no lloré por Gail. En cambio, tuve la sensación de que su muerte estaba de algún modo dentro de mi cabeza, como si una aguja espantosa hubiera cauterizado mi red de recuerdos de Gail, para dejar en su lugar una zona muerta, una zona ocupada por una verdad primaria, malsana. Esa zona era demasiado intimidatoria para entrar en ella de manera consciente, pero yo sentía que ahí, tras un cordón mental, se agazapaba la irreversibilidad de la muerte de mi adorable prima.

Un año y medio después del accidente, durante mi primer curso en la Universidad en Pensilvania, mi madre me transmitió una invitación de Irma y Walt a pasar un fin de semana en Dover, junto con sus propias instrucciones estrictas para que respondiera que sí. En mi imaginación, la casa de Dover era la encarnación de esa zona que la verdad malsana ocupaba en mi cabeza. Llegué allí con un miedo que la casa no tardó en justificar. Sin el menor desorden, y tan limpia que resultaba agobiante, transmitía la formalidad de una residencia oficial. Las cortinas hasta el suelo, su rigidez, la precisión de sus pliegues, parecían traslucir que ningún movimiento de Gail, ni siquiera su aliento, las moverían jamás. El cabello de mi tía era del blanco más puro y parecía tan tieso como las cortinas. El lápiz de labios carmesí y la gruesa raya en los ojos acentuaban la blancura de su rostro.

 

Me enteré de que solo mis padres llamaban Irma a Irma; para todos los demás era Fran, una abreviatura de su apellido de soltera. Me había temido una escena de dolor sin tapujos, pero Fran llenaba los minutos y las horas hablándome sin cesar, con un tono crispado y demasiado alto. Su cháchara –sobre la decoración de la casa, su supuesta familiaridad con el gobernador de Delaware, el rumbo que había tomado la nación– resultaba exquisitamente aburrida en su absoluta lejanía del sentir corriente. No tardó en hablar de Gail de la misma manera: sobre la naturaleza esencial de la personalidad de Gail, la excelencia del talento artístico de Gail, el elevado idealismo de los planes de futuro de Gail. Yo hablaba bien poco, al igual que Walt. La cantinela de mi tía era insoportable, pero puede que yo ya hubiese comprendido que la zona que ella habitaba era en sí misma insoportable, y que solo hablando con altivez sobre nada en particular, y sin parar, podía sobrevivir en ella; solo así, de hecho, podía hacer posible que un visitante sobreviviese en ella. En resumidas cuentas, entendí que Fran había perdido el juicio por pura capacidad de adaptación. Aquel fin de semana, solo me concedió tregua durante el paseo en coche que me dio Walt por Dover y la base del Ejército del Aire. Walt era un hombre alto y flaco, de etnia eslovena y con una buena napia, al que solo le quedaba pelo detrás de las orejas. Su apodo era Pelón.

Visité a Fran y a Walt dos veces más mientras estaba en la universidad, y ambos acudieron a mi graduación y a mi boda y, más adelante, durante muchos años, tuve muy poco contacto con ellos, más allá de las tarjetas de cumpleaños y los informes de mi madre (siempre teñidos por el desagrado que le producía Fran) tras las visitas de compromiso que mi padre y ella hacían en Boynton Beach, Florida, donde Fran y Walt se habían instalado en una urbanización de apartamentos de un campo de golf. Pero entonces, después de la muerte de mi padre, y mientras mi madre perdía su batalla contra el cáncer, ocurrió algo bien curioso: Walt se enamoró perdidamente de mi madre.

Para entonces, Fran había enloquecido por completo, víctima del alzhéimer, y estaba en una residencia de ancianos. Como mi padre también había padecido alzhéimer, Walt se había puesto en contacto con mi madre por teléfono, en busca de su consejo y su compasión. Según ella, se había desplazado por sus propios medios hasta San Luis, donde ambos, al encontrarse juntos y solos por primera vez, habían descubierto tantas cosas en común –ambos eran optimistas, amantes de la vida, y habían pasado largo tiempo casados con un Franzen rígido y depresivo– que se embarcaron en una suerte de vertiginosa relajación mutua, en una intimidad incipientemente romántica. Walt la había llevado al centro, al restaurante favorito de mi madre, y después, al volante del coche de ella, había rayado el guardabarros contra la pared de un aparcamiento; entre risitas, un poco borrachos, habían acordado compartir los gastos de la reparación y no contárselo a nadie. (Walt acabó por contármelo a mí). Poco después de esa visita, la salud de mi madre empeoró y se marchó a Seattle para pasar el tiempo que le quedara en casa de mi hermano Tom. Pero Walt hizo planes para ir a verla y continuar lo que habían empezado. De los sentimientos que abrigaban el uno por el otro, los de Walt tenían más miras puestas en el futuro. Los de mi madre eran más agridulces, teñidos por la tristeza de las oportunidades que sabía perdidas.

Fue mi madre quien me hizo ver hasta qué punto Walt era una joya, y fueron la consternación y la pena de Walt, cuando ella murió tan de repente, antes de que pudiera volver a verla, las que abrieron la puerta a mi amistad con él. Walt necesitaba que alguien supiera que había empezado a enamorarse de ella, que estuviera al corriente de tan feliz sorpresa y comprendiera cuánto le dolía, en consecuencia, su pérdida. Y como yo había experimentado también, en los últimos años de vida de mi madre, una sorprendente escalada de admiración y afecto por ella, y como me sobraba tiempo –era un tipo sin hijos, divorciado, con poco trabajo, y ahora huérfano–, me convertí en la persona con la que Walt podía hablar.

Durante la primera visita que le hice, al cabo de unos meses de la muerte de mi madre, nos dedicamos a las actividades obligadas en Florida del Sur: nueve hoyos en el campo de golf de su urbanización, unas mangas de bridge con dos amigos nonagenarios en Delray Beach y una parada en la residencia de ancianos donde languidecía mi tía. La encontramos postrada en la cama, en posición fetal. Walt le dio de comer con ternura, una ración de helado y otra de pudin. Cuando entró una enfermera a cambiarle un esparadrapo en la cadera, Fran se echó a llorar, con el rostro contraído como el de un bebé, y se quejó de que le dolía, le dolía mucho, de que era horrible, de que no era justo.

La dejamos con la enfermera y volvimos al apartamento. Habían trasladado allí buena parte de los muebles que Fran tenía en Dover, tan formales, pero ahora el desorden propio de un soltero, con revistas y paquetes de cereales desparramados por todas partes, suavizaba un poco su mortífera rigidez. Walt me habló con franca emoción de la muerte de Gail y sacó el tema de sus pertenencias. ¿Me gustaría tener algunos de sus dibujos? ¿Quería quedarme con la Pentax SLR que él le había regalado en cierta ocasión? Los dibujos tenían pinta de trabajos escolares, y yo no necesitaba una cámara, pero tuve la sensación de que Walt buscaba un modo de quitarse de encima cosas que no soportaba donar sin más a las tiendas de beneficencia. Dije que me los quedaría encantado.

 

EN SANTIAGO, la víspera de nuestro vuelo chárter al extremo meridional de Argentina, Tom y yo asistimos a una recepción de bienvenida de la Lindblad en un salón de reuniones del Ritz-Carlton. Dado que el precio de los camarotes en nuestro barco, el National Geographic Orion, iban desde los veintidós mil dólares [21.000 euros] hasta casi el doble de esa cifra, había encasillado de antemano a mis compañeros de viaje en el estereotipo de plutócratas amantes de la naturaleza: jubilados de rostro curtido con la típica esposa florero y domicilio en un paraíso fiscal, tal vez un par de caras que reconocería de la televisión. Pero me había equivocado en los cálculos. Resultó que para esa clientela disponían de yates especiales. La gente congregada en aquel salón de reuniones no era tan glamurosa como esperaba, ni tan octogenaria. Entre el centenar de personas presentes, había una mayoría relativa de simples médicos o abogados, y solo vi a un tipo con la cintura de los pantalones montada sobre el barrigón.

Entre los temores que me provocaba la expedición, el tercero –por detrás del mareo y de que mis ronquidos molestaran a mi hermano– era que no se dedicaran esfuerzos suficientes a la búsqueda de especies de aves que solo se encuentran en la Antártida. Cuando un empleado de la Lindblad, un australiano al que su compañía aérea le había perdido el equipaje, nos dio la bienvenida y respondió algunas preguntas de los presentes, levanté la mano, me declaré observador de aves y pregunté si había alguno más entre nosotros. Confiaba en establecer la existencia de un grupo bien nutrido, pero solo vi levantarse dos manos. El australiano, que había considerado “excelente” cada pregunta anterior, no alabó la mía. Sin concretar mucho, contestó que a bordo del barco habría miembros de la compañía que sabían de pájaros.

No tardé en enterarme de que las otras dos manos en alto pertenecían a los únicos pasajeros que no habían pagado el pasaje completo. Se trataba de Chris y Ada, una pareja conservacionista de cincuenta y tantos años procedente de Mount Shasta, California. Una hermana de Ada trabaja en la compañía Lindblad, y diez días antes de la partida les habían ofrecido un camarote a precio reducido, debido a una cancelación. Eso hizo que aumentara mi sensación de afinidad con ellos. Aunque yo podía permitirme pagar el pasaje completo, una naviera como la Lindblad no habría sido mi primera elección; había escogido esa expedición por la californiana, para suavizarle el impacto de la Antártida, y yo mismo me sentía como un acomodado turista accidental.

Al día siguiente, en el aeropuerto de Ushuaia, en Argentina, Tom y yo nos encontramos casi al final de la lenta cola del control de pasaportes. Siguiendo las apremiantes instrucciones de la Lindblad, antes de salir de casa yo había pagado la “tasa de reciprocidad” con la que Argentina gravaba a los turistas estadounidenses, pero Tom había estado tres años antes en el país. Como la página web del Gobierno no le permitía volver a pagar la tasa, había impreso una copia de la negativa para llevarla consigo, suponiendo que aquel papel, junto con los sellos argentinos de su pasaporte, le autorizaría a cruzar la frontera. Pero no fue así. Mientras los demás pasajeros de la ­Lindblad subían a los autobuses que nos conducirían a un almuerzo a bordo de un catamarán, nos quedamos atrás suplicando ante un agente de inmigración. Transcurrió una hora. Pasaron veinte minutos más. Los chicos de la Lindblad se tiraban de los pelos. Finalmente, cuando empezaba a parecer que a Tom le permitirían pagar la tasa por segunda vez, salí corriendo, subí a un autobús y me encontré ante un mar de miradas poco amistosas. La expedición ni siquiera había empezado todavía, y Tom y yo ya éramos los pasajeros problemáticos.

Ya a bordo del Orion, el guía de nuestra expedición, Doug, nos hizo acudir a todos al salón del barco, donde nos dio la bienvenida con entusiasmo. Doug era un tipo corpulento de barba blanca, escenógrafo en otro tiempo.

–¡Adoro este viaje! –exclamó, micrófono en mano–. Este es el mejor viaje, de la mejor compañía y al mejor destino del mundo. Estoy tan emocionado como cualquiera de vosotros, como mínimo.

Se apresuró a añadir que ese viaje no era un crucero. Era una expedición, y quería que supiéramos que él, en tanto que su líder, a poco que viera alguna oportunidad con el capitán, no dudaría en “hacer pedazos el plan”, tirarlo por la borda y “salir en busca de grandes aventuras”.

Durante todo el viaje, continuó, dos miembros del personal impartirían clases de fotografía y trabajarían por separado con los pasajeros que quisieran mejorar sus imágenes. Otros dos empleados bucearían siempre que fuera posible para proporcionarnos más imágenes. El australiano que había perdido el equipaje no había perdido el dron de último modelo, con una cámara de vídeo de alta definición, que podría utilizar en el viaje gracias a los nueve meses que había invertido en obtener los correspondientes permisos. El dron también nos proporcionaría imágenes. Y luego estaba el cámara de vídeo a tiempo completo, que grabaría un DVD que todos podríamos adquirir al final del viaje. Me dio la impresión de que el resto de la gente en el salón entendía con mayor claridad que yo con qué propósito viajaba uno a la Antártida. Evidentemente, el propósito era llevarse imágenes a casa. El sello de National Geographic me había hecho esperar ciencia, cuando debería haber pensado en fotos. Mi sensación de ser un pasajero problemático se intensificó.

Durante los días siguientes me enseñaron qué pregunta uno cuando conoce a una persona en un barco de la Lindblad: “¿Es tu primera Lindblad?”. O bien: “¿Ya habías hecho alguna Lindblad?”. Esas frases me parecían perturbadoras, como si “una Lindblad” fuera algo vagamente espiritual pero carísimo. Cada velada, en el salón, Doug solía empezar su resumen preguntando: “Ha sido un día fabuloso, ¿sí o sí?”, y luego hacía una pausa para la ovación. Se aseguraba de que supiéramos que habíamos tenido una suerte muy especial al cruzar el Paso de Drake con el mar plano, y eso nos había proporcionado el tiempo suficiente para amarrar nuestros botes neumáticos en la isla Barrientos, cerca de la península Antártica. Atracar allí era algo muy especial que no todas las expediciones de la Lindblad tenían la suerte de conseguir.

En Barrientos ya estaba muy avanzada la época de anidamiento de los pingüinos papúa y barbijo. Algunos pichones ya habían mudado el plumaje y seguido a sus padres de vuelta al agua, que es su elemento favorito y su única fuente de alimento. Pero quedaban miles de aves. Pichones grises y sedosos perseguían a cualquier adulto que tuviera aspecto de poder ser uno de sus progenitores, rogando un poco de comida regurgitada, o se apiñaban en busca de protección de los págalos, unas aves parecidas a las gaviotas que se alimentaban de los huérfanos y de los que no prosperaban. Muchos adultos se habían replegado colina arriba para la muda, un proceso que entraña pasar varias semanas de pie, sin moverse, con hambre y picores, mientras las plumas nuevas desplazan a las viejas. En términos humanos, se hacía imposible no admirar la paciencia y el silencioso aguante de los pingüinos que mudaban el plumaje. Aunque la colonia estaba cubierta por todas partes de una mierda que apestaba a ácido nítrico, y daba lástima ver a los polluelos huérfanos y condenados, ya me alegraba de haber llegado hasta allí.

Los parches de escopolamina que Tom y yo llevábamos en el cuello habían disipado mis dos mayores temores. Con la ayuda del parche y las aguas tranquilas, yo no me estaba mareando, y gracias al estruendo del radiodespertador, a todo volumen para amortiguar los ronquidos, Tom conciliaba cada noche un profundo sueño de diez horas inducido por la escopolamina. En cambio, con mi tercer temor había dado en el blanco. Ningún naturalista de la Lindblad se unió en ningún momento a Chris, a Ada y a mí para observar aves marinas desde la cubierta panorámica. Ni siquiera había una buena guía de campo de la fauna antártica en la biblioteca del Orion. Lo que sí había eran docenas de libros sobre exploradores del Polo Sur, en particular sobre Ernest Shackleton, una figura que a bordo provocaba casi tanto fetichismo como la experiencia de la Lindblad en sí misma. Cosida en la manga izquierda de la parka naranja que me había facilitado la compañía, llevaba una insignia con el retrato de Shackleton, que conmemoraba el centenario de su épica travesía en bote desde la isla Elefante. Nos dieron un libro sobre Shackleton, varias conferencias en Power Point sobre Shackleton, hicimos visitas especiales a sitios relacionados con Shackleton, nos proyectaron un largo documental sobre una recreación del viaje de Shackleton y tuvimos la oportunidad de recorrer cinco kilómetros de la ardua senda a la que Shackleton había sobrevivido. (En una fase posterior del viaje, bajo la mirada de nuestro camarógrafo, nos llevaron como ganado a la tumba de Shackleton, donde nos ofrecieron vasitos de whisky irlandés y nos invitaron a brindar por él). El mensaje parecía ser que nosotros, en nuestra expedición Lindblad, no éramos muy distintos de Shackleton. No sentirse heroico a bordo del Orion era una forma segura de quedarse solo. Por lo menos agradecía tener dos compatriotas con quienes estudiar las guías de campo que habíamos comprado, tratar de dar con rastros del pato-petrel antártico (una pequeña ave marina) e intentar distinguir por el tono del pico de qué especie era el petrel gigante que pasaba con vuelo raudo.

A medida que descendíamos por la península, Doug empezó a tentarnos con la posibilidad de que hubiera noticias emocionantes. Finalmente, nos congregó en el salón y nos reveló que en efecto estaba pasando algo: gracias a los vientos favorables, él y el capitán habían “tirado el plan por la ventana”. Teníamos una oportunidad muy especial de cruzar el círculo antártico, y ya navegábamos a toda máquina hacia el sur.

La noche anterior a nuestra llegada al círculo, Doug nos advirtió de que a la mañana siguiente podía conectar muy temprano el intercomunicador para despertar a aquellos pasajeros que quisieran salir a ver “la línea magenta” (era un chiste) cuando la cruzáramos. Y, en efecto, nos despertó a las seis y media con otro chiste sobre la línea magenta. Cuando el barco estaba a punto de cruzarla, Doug contó atrás desde cinco con mucho dramatismo. Luego felicitó a “cada persona a bordo”, y Tom y yo regresamos a la cama. Solo más tarde supimos que el Orion se había aproximado al círculo antártico mucho antes de las seis y media, a una hora en la que cualquiera dudaría en despertar a unos millonarios y, además, todo está demasiado oscuro para tomar fotografías. Resultó que Chris estaba despierto antes del alba y había seguido las coordenadas del barco en la pantalla de su camarote. Había visto cómo el buque reducía la marcha, viraba hacia el oeste, y luego daba una bordada hacia el norte y navegaba con ese rumbo para dejar pasar el tiempo.

Aunque Doug resultó ser el principal artífice de simulacros de aquella compañía con cierto cariz sectario, despertó mi compasión. Se acercaba al final de su primera temporada como guía de la expedición de la Lindblad, estaba claramente agotado y bajo la intensa presión de ofrecer el viaje de su vida a unos clientes que, al fin y al cabo, no eran plutócratas y esperaban una buena relación calidad-precio. Por lo que pude determinar, Doug era además la única persona en el barco, sin contarme a mí, que había sido un observador de aves lo bastante concienzudo para llevar una lista de las especies que había visto. Ya había dejado de actualizarla, pero en una de sus recapitulaciones nocturnas nos contó la divertida historia de su desesperación y su fracaso a la hora de avistar un bisbita en su primer viaje a la isla de San Andrés. De no haber sido por su frenética dedicación a satisfacer las necesidades de un barco lleno de obsesos por la imagen, me habría gustado llegar a conocerlo mejor.

Debo decir también que la Antártida estaba a la altura del entusiasmo de Doug. Hasta entonces nunca había pasado por la experiencia de contemplar un paisaje de una belleza tan deslumbrante que me fuera imposible procesarla, percibirla como algo real. Un viaje que ya de antemano se me antojaba irreal me había llevado a un lugar que también lo parecía, aunque en mejor sentido. Es posible que el calentamiento global ponga en peligro la capa de hielo occidental del continente, pero la Antártida aún está lejos de haberse fundido. A ambos lados del estrecho de Le Maire se alzaban montañas negras y picudas, altísimas, pero no tanto como para hallarse simplemente cubiertas de nieve: estaban enterradas en ventisqueros caprichosos hasta la mismísima cima, y la roca solo quedaba expuesta en los acantilados más verticales. Protegida del viento, el agua era un espejo, y bajo el cielo decididamente gris se veía de un negro absoluto, inmaculado, como el espacio exterior. Entre los tonos monocromáticos, entre los interminables negro, blanco y gris, surgía el discordante azul del hielo glaciar. No importaba qué tono tuviera: ya fuera el matiz azulado de los bloques de hielo que cabeceaban en nuestra estela, el azul oscuro e intenso de los castillos flotantes de hielo con sus arcos y cámaras, el pálido tono poliestirénico de los témpanos en las zonas de ablación glaciar, mis ojos no podían creer que el color que estaban viendo existiese de verdad en la naturaleza. Una y otra vez, se me escapaba la risa de pura incredulidad. Immanuel Kant había vinculado lo sublime con el terror, pero tal como lo experimenté yo en la Antártida, desde el punto estratégico y seguro de un barco con un ascensor de vidrio y latón y un café exprés de primera, se trataba más bien de una mezcla de lo bello y lo absurdo.

El Orion siguió surcando mares inquietantemente cristalinos. Ni en la tierra, ni en el hielo, ni en el mar se veía obra alguna del hombre, ni edificios ni otros barcos, y en lo alto de la cubierta panorámica, los motores del Orion eran inaudibles. Allí plantado, en silencio, tratando de avistar petreles junto a Chris y Ada, me sentía como si estuviéramos solos en el mundo y una corriente invisible e irresistible nos hubiera arrastrado hasta su confín, como al Viajero del Alba en Narnia. Pero cuando nos internamos en una banquisa y nos vimos rodeados por ella, fue necesario tomar imágenes. Botaron con gran estruendo una lancha neumática y soltaron el dron del australiano.

Unas horas más tarde, en el fiordo Lallemand, cerca de la latitud más meridional que íbamos a alcanzar, Doug anunció otra “operación”. El capitán embestiría con el barco la enorme capa de hielo en la boca del fiordo hasta vararlo allí, y entonces podríamos elegir entre remar por los alrededores en kayak o dar un paseo por el hielo. Yo sabía que el fiordo era nuestra última esperanza de ver un pingüino emperador; en la expedición era probable avistar otras siete especies de pingüino, pero el emperador rara vez se aventura más al norte del círculo antártico. Mientras el resto de pasajeros corría a sus camarotes a ponerse los chalecos salvavidas y las botas de aventurero, instalé un telescopio en la cubierta panorámica. Al escudriñar con él el campo de hielo, moteado por focas cangrejeras y pequeños pingüinos adelaida, vislumbré de inmediato un ave que no me resultaba familiar. Parecía tener un manchón de color detrás de las orejas y una zona amarilla en el pecho. ¿Un pingüino emperador? La imagen ampliada era imprecisa y temblorosa, y casi todo el cuerpo del ave quedaba oculto por un pequeño iceberg, y la corriente movía poco a poco el barco o bien el propio iceberg. Antes de que consiguiera verlo bien, el hielo había tapado al ave por completo.

Emperor penguins moving across sea ice, Aptenodytes forsteri, Antarctica
Pingüinos emperadores avanzan en grupo sobre los mares helados de la Antártida. FRANS LANTING

¿Qué podía hacer? Es posible que el pingüino emperador sea el ave más fantástica del mundo. Con más de un metro de altura, las estrellas del documental La marcha de los pingüinos incuban sus huevos durante el invierno antártico hasta ciento cincuenta kilómetros tierra adentro; los machos se arraciman para darse calor, las hembras se acercan al agua con andares de pato o deslizándose en busca de alimento, y cada uno de ellos es tan heroico como Shackleton. Pero el ave que había vislumbrado estaba tranquilamente a ochocientos metros de distancia y yo era consciente de mi papel de pasajero problemático que ya se había visto implicado en un prolongado retraso del grupo. También era consciente de mi penoso historial de avistamientos incorrectos. ¿Qué posibilidades había de enfocar el hielo al azar con el telescopio y ver al instante un ejemplar de la especie más buscada de la expedición? No tenía la sensación de haberme inventado aquella zona amarilla y el manchón de color. Pero a veces los ojos del observador de aves ven lo que desean ver.

Tras un breve momento existencialista, consciente de que decidía mi destino, bajé corriendo de la cubierta panorámica y fui en busca de mi naturalista favorito del personal, que se dirigía a toda prisa hacia la operación de Doug. Lo agarré de la manga y le dije que me parecía haber visto un pingüino emperador.

–¿Un emperador? ¿Está seguro?

–Al noventa por ciento.

–Ya lo comprobaremos –contestó, apartándose de mí.
Deduje por su tono que en realidad no pensaba hacerlo, de modo que corriendo hasta el camarote de Chris y Ada, aporreé la puerta y les di la noticia. La creyeron, que Dios los bendiga. Se quitaron los chalecos salvavidas y me siguieron de vuelta a la cubierta panorámica. Para entonces, por desgracia, había perdido el rastro del escondrijo del pingüino; había muchísimos icebergs pequeños. Bajé hasta el puente de mando, donde otro miembro del personal, una mujer holandesa, me dio una respuesta más satisfactoria.

–¡Un pingüino emperador! Esa es una especie clave para nosotros, tenemos que decírselo ahora mismo al capitán.

El capitán Graser era un alemán flacucho y vivaz, probablemente mayor de lo que aparentaba. Quiso saber dónde estaba exactamente el ave en cuestión. Señalé hacia donde imaginaba que estaría, y el capitán llamó por radio a Doug y le dijo que tenían que mover el barco. Oí la exasperación en la voz de Doug. ¡Estaba en plena operación! El capitán le dio instrucciones de suspenderla.

Cuando el barco empezó a moverse, mientras yo cavilaba hasta qué punto se irritaría Doug si me había equivocado con lo del ave, redescubrí el pequeño iceberg. Chris, Ada y yo nos plantamos junto a la borda y lo observamos con los prismáticos. Pero ahora no había nada detrás de él, al menos nada que pudiéramos ver hasta que el barco se detuviera y diera la vuelta. Los radiotransmisores emitían gruñidos de impaciencia. Cuando el capitán acababa de encajarnos en el hielo, Chris distinguió un ave prometedora que se zambullía rápidamente en el agua. Pero entonces Ada creyó verla emerger de nuevo hacia el hielo, aleteando. Chris la enfocó con el telescopio, echó una larga mirada y se volvió hacia mí con el rostro impávido.

–Coincido contigo –declaró.

Chocamos los cinco. Fui en busca del capitán Graser, que echó un vistazo con el telescopio y soltó un grito.

–¡Ja, ja, un pingüino emperador! ¡Un pingüino emperador! ¡Justo lo que yo esperaba!

Dijo que me había creído porque, en un viaje anterior, había visto un emperador solitario en la misma zona. Sin dejar de soltar gritos de alegría, se puso a bailar una giga, sí, una giga nada menos, y luego corrió hacia los botes neumáticos para echar un vistazo más de cerca.

El emperador que él había visto con anterioridad resultó ser excepcionalmente amistoso o inquisitivo, y por lo visto yo había reencontrado al mismo ejemplar, porque en cuanto el capitán se le acercó lo vimos tumbarse panza abajo y deslizarse encantado hacia él. A través del intercomunicador, Doug anunció que el capitán había hecho un emocionante descubrimiento y que el plan había cambiado. Los paseantes que ya estaban en el hielo dirigieron sus pasos hacia el ave, y el resto nos amontonamos en los botes neumáticos. Cuando llegué a la escena, treinta fotógrafos con chaqueta naranja, de pie o de rodillas, apuntaban con sus cámaras a un pingüino muy alto y apuesto, muy cerca de ellos.

Yo había adoptado la decisión silenciosa y hostil de no tomar una sola fotografía en aquel viaje. Y tenía ante mí una imagen tan indeleble que no hacía falta cámara alguna para capturarla: parecía que el pingüino emperador celebrara una conferencia de prensa. Mientras un grupo de pingüinos adelaida se acercaba a sus espaldas, observándonos como si fueran personal de apoyo, el emperador se enfrentaba al cuerpo de la prensa con una pose de serena dignidad. Al cabo de un rato estiró el cuello con gesto pausado. Dando muestras de un equilibrio y una flexibilidad magistrales –y evitando, sin embargo, dar la impresión de exhibirse–, se rascó detrás de la oreja con una pata mientras se mantenía perfectamente erguido sobre la otra. Y entonces, como para subrayar hasta qué punto se sentía cómodo en nuestra compañía, se quedó dormido.

En la recapitulación de la velada, el capitán Graser agradeció efusivamente la labor de los observadores de aves. Había reservado una mesa especial para nosotros en el comedor, con vino gratis a nuestra disposición. En una tarjeta sobre la mesa se leía: “EL REY DE LOS EMPERADORES”. Los camareros del barco, filipinos en su mayor parte, solían dirigirse a Tom con el apelativo “sir Tom” y a mí con el de “sir Jon”, lo que me hacía sentir John Falstaff. Pero aquella noche me sentía desde luego como el rey de los emperadores. Durante todo el día, pasajeros a los que ni siquiera conocía me habían parado en los pasillos para darme las gracias o aplaudirme por el hallazgo del pingüino. Por fin tenía una idea de cómo debía de sentirse un atleta del instituto al llegar a clase después de marcar el ensayo que salva la temporada. Durante cuarenta años, en grupos sociales numerosos me había acostumbrado a sentirme como un problema. Convertirme en el héroe triunfador de un grupo, aunque fuera por un día, era una absoluta y desconcertante novedad. Me pregunté si, con mi negativa a ser más participativo, llevaría toda la vida perdiéndome algo esencial para el ser humano.

 

Mi tío, el veterano del Ejército del Aire, enterrado ahora en el cementerio militar de Arlington, fue un tipo participativo toda su vida. Walt nunca dejó de mostrar una lealtad apasionada a su población natal de Chisholm, en la zona de los yacimientos de hierro de Minnesota, donde se había criado con muy poco dinero. Había sido jugador de hockey en la universidad y después piloto de bombardero durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó en treinta y cinco misiones en el norte de África y el sur de Asia. Había aprendido a tocar el piano por su cuenta y podía interpretar de oído cualquier estándar de jazz; en el golf, los elementos de su swing eran eclécticos. Escribió dos libros de memorias dedicados a los muchos buenos amigos que había hecho en la vida. Era, además, un demócrata liberal casado con una rigurosa republicana. Era capaz de entablar una conversación animada prácticamente con cualquiera, y a mí no me costaba demasiado entender que mi madre imaginara que, de haber vivido con un tipo normal como Walt, en vez de con mi padre, habría disfrutado de una diversión sin límites.

Una noche, en el restaurante de la urbanización de Florida del Sur, ante varios cócteles, Walt me contó no solo la historia de mi madre y él, sino también la suya con Fran y Gail. Tras haberse retirado del servicio activo y haber llevado con Fran la vida social propia de los oficiales en distintas bases en el extranjero, se dio cuenta de que había cometido un error al casarse con ella. No era solo que sus padres la hubiesen malcriado; era una advenediza social implacable que odiaba sus orígenes provincianos de Minnesota y renegaba de ellos, en igual medida en que él adoraba y celebraba los suyos; era insoportable.

–Fui débil –explicó–. Debería haberla dejado, pero fui débil.

Tuvieron a su única hija cuando Fran rondaba los treinta y cinco, y ella no tardó en obsesionarse con Gail y oponerse a mantener relaciones sexuales con Walt, y eso lo llevó a buscar consuelo fuera de casa.

–Hubo otras mujeres –me confesó–. Tuve amantes. Pero siempre dejé muy claro que era un hombre familiar y que no estaba dispuesto a abandonar a Fran. Los domingos, mis colegas y yo nos poníamos hasta las cejas de alcohol y conducíamos hasta Baltimore para ver jugar a Johnny Unitas y los Colts.

En casa, a Fran le dio por estar cada vez más encima de la apariencia personal de Gail, sus deberes y sus trabajos de manualidades. No parecía capaz de hablar o de pensar en otra cosa que en Gail. Los cuatro años en la universidad le supusieron a la chica cierto alivio, pero en cuanto regresó a la Costa Este y se fue a trabajar a Williamsburg, Fran redobló sus intrusiones en la vida de su hija. Walt veía con claridad que algo andaba terriblemente mal; que Gail se estaba volviendo loca por culpa de su madre, pero no sabía cómo escapar.

A principios de agosto de 1976, Walt estaba tan desesperado que hizo lo único que podía hacer. Anunció a Fran que regresaba a Minnesota, a su querido Chisholm, y que no volvería a vivir con ella –no podía continuar casado con ella– mientras no pusiera fin a aquella obsesión con su hija. Luego hizo la maleta, cogió el coche y se fue a Minnesota. Y ahí seguía, en Chisholm, diez días después, cuando Gail decidió ponerse al volante una noche de mal tiempo para cruzar Virginia Occidental. Según él, Gail estaba al corriente de que había decidido tomarse un tiempo alejado de su madre. Se lo había contado él mismo.

 

Walt dejó ahí su historia y pasamos a hablar de otras cosas: de su deseo de encontrar una novia entre las residentes de la urbanización, de lo limpia que tenía la conciencia en lo que respectaba a ese deseo, ahora que mi madre había muerto y Fran estaba en una residencia, y de su preocupación por ser demasiado provinciano, muy poco refinado para las sofisticadas viudas de la urbanización. Me pregunté si habría omitido el colofón de su historia porque era obvio: tras un accidente en Virginia Occidental que jamás podría desvincularse de su escapada a Minnesota, y después de que Fran hubiese perdido a la única persona que le importaba, quedándose atrapada para siempre en una precaria monomanía póstuma, en un mundo de dolor, a él no le había quedado otra opción que volver a su lado y, a partir de entonces, dedicar su vida a cuidar de ella.

Comprendí que la muerte de Gail no solo había sido “trágica” en el sentido más trillado de la palabra. Había tenido visos del componente paradójico e inevitable de toda tragedia, agravado por los veintitantos años que luego Walt había dedicado a escuchar a Fran, y aligerado tan solo por la ternura de su preocupación por ella. La verdad es que era un tipo estupendo. Tenía el corazón lleno de amor y se lo había entregado a su mujer destrozada, y no me conmovía solo la tragedia sino también la sencilla humanidad del hombre que habitaba en el centro de ella misma. También me provocaba cierta perplejidad. Pese a que saltaba a la vista, yo me había pasado toda la vida sin ver, entre la rigidez moral y la actitud distante característicamente suecas de la familia de mi padre, a ese tipo corriente que tenía amantes y cogía el coche para irse a Baltimore con sus colegas y aceptaba su destino con valentía. Me pregunté si mi madre habría visto en él lo que yo veía ahora, y si lo amaba por ello, como me pasaba a mí.

La tarde siguiente, un amigo de Walt, Ed, lo llamó para pedirle que acudiera a su casa con unas pinzas de arranque. Cuando llegamos, nos encontramos de pie en la acera junto a un coche americano enorme. Ed parecía prácticamente muerto: tenía la piel de un tono amarillento terrible y se balanceaba un poco. Dijo que había pasado un mes enfermo, pero que ya se encontraba mucho mejor. Aun así, cuando Walt conectó las pinzas al coche de Ed y le pidió que intentara arrancar el motor, este le recordó que estaba demasiado débil para hacer girar la llave en el contacto. (Aunque sí esperaba poder conducir). Me puse yo al volante. En cuanto probé a girar la llave, me di cuenta de que el coche tenía un problema mucho más grave que haberse quedado sin batería. El coche de Ed estaba completamente muerto, y así se lo hice saber. Pero Walt no estaba satisfecho con la forma en que se habían conectado las pinzas. Dio marcha atrás con su propio coche y desgarró un cable con el pavimento. Antes de que pudiera detenerlo, había arrancado la pinza del cable, y entonces le dio por enfadarse conmigo. Forcejeé con un destornillador para volver a enganchar la pinza, pero no le gustó cómo lo hacía. Intentó arrancármelo de las manos y me soltó un bufido.

–¡Por Dios, Jonathan! ¡Maldita sea! ¡No se hace así! ¡Dámelo, jolín!

Ed, para entonces en el asiento del copiloto, se había desplomado hacia un lado y escoraba hacia abajo. Walt y yo forcejeamos por el destornillador, que yo no quería soltar; también me había enfadado. Cuando se calmó y conseguí reparar el cable como él quería, volví a girar la llave en el contacto del coche de Ed. El motor siguió sin dar señales de vida.

Tras aquella primera visita, procuraba ir a Florida a ver a Walt todos los años y llamarlo cada pocos meses. Finalmente encontró novia, y era una joya. Incluso cuando empezó a quedarse sordo y a perder un poco la cabeza, yo aún podía mantener una conversación con él. Continuamos compartiendo momentos muy intensos, como cuando me dijo lo importante que era para él que algún día yo pudiese contar su historia, y le prometí que lo haría. Pero me parece que nunca estuvimos tan unidos como el día en que me gritó por las pinzas de arranque. Había algo raro en aquellos gritos. Fue como si hubiera olvidado –como si algo le hubiera hecho olvidar, quizá la mortandad manifiesta de Ed y su coche, quizá la refracción de su amor por mi madre a través de mi persona– que él y yo no teníamos una historia real juntos; no habíamos pasado más de una semana de convivencia, en total, en nuestra vida. Me había gritado como un padre a su hijo.

LA CALIFORNIANA había hecho bien en temerle al clima, más frío de lo que yo le había hecho creer. En cambio, sí acerté en lo de los pingüinos. Desde la península Antártica, donde los había en cantidades impresionantes, la ruta del Orion nos llevaba de nuevo hacia el norte y luego muy hacia el este, a la isla San Pedro, donde su número me dejó pasmado. San Pedro es uno de los principales lugares de cría del pingüino rey, una especie casi tan alta como el emperador y con un plumaje todavía más vistoso. Ver un pingüino rey en libertad me parecía, por sí sola, razón suficiente para haber hecho ese viaje; y no solo eso, sino que parecía razón suficiente para haber nacido en este planeta. Lo reconozco, me encantan las aves. Pero creo que un visitante de cualquier otro planeta que observara a un pingüino rey junto al espécimen humano más perfecto, sin que su visión se viera enturbiada por la posibilidad de la atracción sexual, declararía que sin duda el pingüino era la especie más hermosa. Y no se trata tan solo de un hipotético extraterrestre. A todo el mundo le encantan los pingüinos. Ese porte tan erguido que tienen y su gran disposición a dejarse caer boca abajo, su manera de gesticular con las aletas, que parecen brazos, los pasitos que dan al caminar o cómo corretean con atrevimiento con las carnosas patas hacen que se parezcan a niños más que cualquier otro animal, incluidos los grandes simios.

Habiendo evolucionado como lo han hecho en orillas remotas, los pingüinos de la Antártida tienen además la rareza de ser el único animal que no nos teme. Cuando me senté en el suelo, los pingüinos rey se me acercaron tanto que podría haberles acariciado las plumas brillantes y con aspecto de pelaje. Su plumaje tenía unas líneas tan hipernítidas y unos colores tan hiperintensos que normalmente uno solo podría conocer algo así bajo el efecto de las drogas. Las colonias de pingüinos papúa y pingüinos barbijo no nos habían ofrecido sitios fantásticos donde sentarnos, debido a los excrementos. En cambio, los pingüinos rey, tal como lo expresó uno de los naturalistas de la Lindblad, eran más pulcros. En la bahía de San Andrés, en la isla San Pedro, donde habría apiñados medio millón de pingüinos rey adultos, con sus pichones como de peluche, solo me llegaba el olor a mar y a aire de montaña.

 

Aunque cada especie de pingüino tiene su encanto –el penacho del pingüino macaroni, al estilo de las estrellas del glam-rock, los saltitos con las patas juntas que da el saltarrocas norteño para subir o bajar con paciencia por una cuesta empinada–, mi preferido entre todos era el pingüino rey. Combinaba un insuperable esplendor estético con la atenta energía social de los niños durante el juego. Tras surcar las aguas como delfines hasta llegar a la orilla, un grupo de pingüinos rey salían de cabeza de las olas agitando las aletas extendidas como si de repente el agua se hubiera vuelto demasiado fría para ellos. O un ave solitaria se quedaba de pie en la orilla y contemplaba el mar largo rato, tanto que uno se preguntaba qué pensamientos le pasarían por la cabeza. O un par de machos jóvenes, tambaleándose con excitación tras una hembra indecisa, se detenían a comprobar cuál de los dos retorcía el cuello de manera más impresionante o a aporrearse inútilmente con las aletas. Tenían unos picos afiladísimos, pero se dedicaban a darse sopapos con unas aletas de lo más ineficaces.

En San Andrés, la actividad tenía lugar sobre todo en los alrededores de la colonia. Como había tantas aves incubando huevos o mudando el plumaje, la colonia en sí se veía sorprendentemente pacífica. Contemplarla desde arriba me hizo pensar en la vista de Los Ángeles desde Griffith Park a primera hora de la mañana de un fin de semana. Una megalópolis soñolienta de pingüinos erectos. Patrullando por las calles se hallaban las palomas antárticas, unas extrañas aves blancas como la nieve con cuerpo de paloma y hábitos de buitre. Incluso el sonido asombroso que producían los pingüinos rey –un bramido festivo, cada vez más agudo, que recordaba un poco al de una gaita, un poco al de un matasuegras y también al ladrido sordo de ciertos aviones, pero que desde luego no se parecía a nada que hubiera oído sobre la faz de la tierra– tenía un efecto tranquilizador cuando lo hacían miles de pingüinos distantes a la vez.

En el siglo XX, los seres humanos hicieron un favor a los pingüinos al aniquilar a muchas ballenas y focas con las que competían por el alimento. Las poblaciones de pingüinos aumentaron, y en los últimos tiempos la isla San Pedro se ha convertido en un lugar todavía más acogedor para ellos porque el rápido retroceso de los glaciares está dejando al descubierto tierra adecuada para anidar. Pero es bien posible que la humanidad deje muy pronto de beneficiar a los pingüinos. Si el cambio climático continúa acidificando los mares, el agua alcanzará un PH con el que los invertebrados marinos no podrán desarrollar sus conchas; uno de esos invertebrados, el kril o camarón antártico, es un ingrediente básico en la dieta de muchas especies de pingüinos. El cambio climático también está reduciendo rápidamente el hielo que rodea la península Antártica, que proporciona una plataforma para las algas con las que se alimentan los camarones en invierno, y que los ha protegido por tanto de una explotación comercial a gran escala. Es posible que no tarden en llegar de China, Noruega y Corea del Sur buques factoría del tamaño de petroleros a arrasar con el alimento del que dependen no solo los pingüinos, sino también muchas ballenas y focas.

Los camarones antárticos o kriles son crustáceos del tamaño y el color de un meñique. Hacer una estimación de la cantidad total que de ellos hay en la Antártida es complicado, pero una cifra que se cita con frecuencia, la de quinientos millones de toneladas métricas, podría convertir a la especie en el mayor depósito mundial de biomasa animal. Por desgracia para los pingüinos, muchos países consideran buen alimento el kril, tanto para los humanos (según dicen, uno puede acostumbrarse al sabor) como en particular para peces de piscifactoría y ganado. Actualmente, la pesca anual de kril de la que tenemos constancia asciende a menos de medio millón de toneladas, con Noruega a la cabeza de la lista de recolectores. Sin embargo, China ha anunciado su intención de aumentar su cosecha hasta dos millones de toneladas al año, y ha empezado a construir los barcos necesarios para ello. Como ha explicado el presidente del Grupo Nacional para el Desarrollo Agrícola chino, “el kril proporciona proteína de muy buena calidad que puede procesarse para obtener alimento y medicinas. La Antártida es una verdadera mina para todos los seres humanos, y China debería acudir allí a tomar la parte que le corresponde”.

El ecosistema marino de la Antártida es, en efecto, el más rico del mundo; es asimismo el único que queda casi intacto. Su uso comercial lo monitoriza y regula, al menos en teoría, la Comisión para la Conservación de los Recursos Marinos Vivos de la Antártida. Pero cualquiera de los veinticinco miembros de la comisión puede vetar las decisiones que esta tome, y uno de ellos, China, se ha resistido históricamente a la designación de grandes zonas marinas protegidas. Otro miembro, Rusia, de un tiempo a esta parte se ha vuelto abiertamente intransigente no solo por vetar el establecimiento de nuevas zonas protegidas, sino también por cuestionar la mismísima autoridad de la convención para establecerlas. Por tanto, el futuro del kril, y con él el de muchas especies de pingüinos, depende de incertidumbres multiplicadas por incertidumbres: de cuánto kril haya en realidad, de la capacidad que pueda tener para resistir el cambio climático, de si puede recolectarse la cantidad que sea sin matar de hambre a otra fauna, de si dicha recolección puede regularse siquiera, y de si la cooperación internacional en la Antártida podrá aguantar nuevos conflictos geopolíticos. De lo que no hay ninguna incertidumbre es de que la temperatura global, la población global y la demanda global de proteína animal aumentan con rapidez.

LAS COMIDAS en el Orion me recordaban inevitablemente al sanatorio de La montaña mágica: las prisas por llegar al comedor tres veces al día, el hermético aislamiento del mundo, los rostros inalterables dejando caer el nombre de la “Erótica” de Beethoven, teníamos al partidario de Donald Trump y su esposa. Luego estaba la risueña pareja de alcohólicos. Y la reumatóloga holandesa, su segundo marido también reumatólogo, su hija reumatóloga y el novio reumatólogo de esta última. Había dos parejas que, siempre que se cargaban los botes neumáticos, se las apañaban para ponerse en primera línea. Había un hombre que había embarcado consigo un equipo de radioaficionado, con un permiso especial, y se pasaba las vacaciones en la biblioteca del barco tratando de establecer contacto con otros aficionados como él. Y luego estaban los australianos, que en general no se mezclaban con los demás.

Durante las comidas, charlaba con la gente para preguntarles por qué habían ido a la Antártida. Me enteré de que muchos eran sencillamente adeptos de la Lindblad. Algunos habían oído decir, mientras se hallaban en una expedición Lindblad distinta, que una Lindblad a la Antártida era la mejor de las Lindblad, acaso con la excepción de una Lindblad al mar de Cortés. Una pareja que me caía muy bien, formada por un médico y una enfermera, Bob y Gigi, había acudido a celebrar su vigesimoquinto aniversario con un año de retraso. Otro hombre, un químico retirado, me contó que se había decidido por la Antártida porque ya no le quedaban más sitios nuevos por ver. Me alegré de que nadie mencionara lo de ver la Antártida antes de que se fundiese. Lo que me sorprendió fue que, durante la práctica totalidad del viaje, ni un solo miembro del personal ni del pasaje llegó a pronunciar siquiera las palabras “cambio climático” en mi presencia.

Cierto, me estaba saltando muchas de las conferencias a bordo. Para demostrarme que era un observador de aves de lo más acérrimo, tenía que estar en la cubierta panorámica. El observador de aves acérrimo se pasa el día entero en pie bajo el viento cortante y las salpicaduras del mar, con la vista clavada en la niebla o en la deslumbradora luz del sol con la esperanza de vislumbrar algo fuera de lo corriente. Incluso cuando tu intuición te dice que ahí fuera no hay nada, la única manera de saberlo con certeza es dedicarle horas y examinar cada puntito en el horizonte que pueda ser un pájaro, cada pato-petrel antártico (podría ser un piquicorto) que vuele fugaz entre unas olas de colores tan exactos a los suyos, cada albatros errante (podría ser un albatros real) que trate de decidir si vale la pena seguir la estela del barco. Observar el mar es a veces nauseabundo, a menudo gélido y casi siempre agotador de tan aburrido. Después de haber acumulado treinta horas haciéndolo para avistar exactamente una sola ave marina digna de mención, una pardela de las Kerguelen, reduje la intensidad y me dediqué a la más sociable compulsión de jugar al bridge.

Las otras tres jugadoras, Diana, Nancy y Jacq, procedían de Seattle y pertenecían a un club literario que contaba con varios miembros más en el barco. Al igual que Chris y Ada, se convirtieron en mis amigas. En una de las primeras manos que jugamos hice un descarte estúpido y Diana, una formidable abogada especialista en quiebras, se rio de mí.

–Qué jugada tan horrible –soltó.

Me gustó que me dijera algo así. Me gustaba que se dijeran groserías en la mesa. Cuando mi pareja de juego, Nancy, propietaria de un concesionario de carretillas elevadoras, jugaba su primer contrato a seis del viaje, y yo le señalé que las bazas restantes eran suyas, me espetó:

–Déjame jugar todas las cartas, capullo.

Según ella, me lo había dicho con afecto. La tercera jugadora, Jacq, también abogada, me contó que había escrito una obra de teatro sobre una cena de Acción de Gracias a la que había asistido en casa de Diana, en el transcurso de la cual el marido enfermo de esta había muerto en la cama, en la sala de estar. Jacq era el único miembro del pasaje al que le había visto un tatuaje. Al igual que en La montaña mágica, los primeros días de la expedición fueron largos y memorables, y los últimos más bien una masa borrosa en plena aceleración. En cuanto hube disfrutado de un gratificante encuentro con bisbitas de la isla San Pedro (eran preciosos y muy confiados), perdí interés en visitar estaciones balleneras abandonadas. Incluso en la voz de Doug, en nuestro quinto día en la isla San Pedro, fue perceptible cierto cansancio cuando nos dijo:

–Bueno, creo que haremos otra salida en kayak.

Hacia el final de la última jornada del viaje, que había pasado en su mayor parte en la mesa de bridge mientras centenares de aves marinas potencialmente interesantes describían círculos ahí fuera, bajé al salón a escuchar una conferencia sobre el cambio climático. Quien impartía la conferencia era el australiano del dron, que se llamaba Adam, y asistieron menos de la mitad de los pasajeros. Me pregunté por qué la naviera Lindblad habría dejado una conferencia tan importante para el último día. La explicación más caritativa era que la Lindblad, que se enorgullece de su conciencia medioambiental, nos quería mandar a casa enardecidos para que contribuyéramos en mayor medida a proteger el esplendor natural del que habíamos disfrutado.

La petición inicial de Adam sugirió otras explicaciones.

–Las tarjetas de comentarios de los pasajeros no son el sitio ideal para expresar sus creencias sobre el cambio climático. –Soltó una risa nerviosa–. No disparen al mensajero.

Procedió entonces a preguntar cuántos de nosotros creíamos que el clima de la Tierra estaba cambiando. Todos los presentes en el salón levantaron la mano. Y ¿cuántos creíamos que lo estaba provocando la actividad humana? Una vez más se alzaron casi todas las manos, pero no la del partidario de Donald Trump ni la del radioaficionado. Desde el fondo del salón nos llegó la voz de viejo cascarrabias de Chris.

–¿Qué me dice de la gente que piensa que la cuestión no es creerlo o no?

–Excelente pregunta –contestó Adam.

Su conferencia consistía en una repetición tremendamente apasionada de Una verdad incómoda, incluido el famoso gráfico del “palo de hockey” con el aumento de las temperaturas, y el célebre mapa de una América con la figura de Florida castrada como consecuencia de la elevación del nivel del mar. Pero la imagen que nos pintaba Adam era más sombría incluso que la de Al Gore, porque el planeta se está calentando mucho más deprisa de lo que hasta los más pesimistas daban por hecho diez años atrás. Adam mencionó la carrera de trineos Iditarod, que en su última edición se había iniciado sin nieve, el invierno horriblemente caluroso que estaba sufriendo Alaska, la posibilidad de un Polo Norte sin hielo en el verano de 2020. Según señaló, mientras que hace diez años se sabía que se estaban reduciendo el ochenta y siete por ciento de los glaciares de la Antártida, esa cifra parecía ser ahora del ciento por ciento. Pero su comentario más cenizo fue que los científicos expertos en el clima, siendo como son científicos, se ven obligados a ceñirse a hacer afirmaciones con un alto grado de probabilidad estadística. Cuando esbozan futuros escenarios climáticos y predicen el aumento de la temperatura global, tienen que hacer una estimación de temperatura a la baja, una a la que se llegue en el noventa y tantos por ciento de los casos, y no la que se alcanza en el escenario promedio. Y así, el científico que predice con seguridad un calentamiento de cinco grados (Celsius) para finales de siglo, bien podría decirte en privado, ante unas cervezas, que en realidad espera que el aumento sea de nueve grados.

Cuando pienso que eso equivale a dieciséis grados Fahrenheit, siento mucha tristeza por los pingüinos. Pero entonces, como ocurre tan a menudo en los debates sobre el cambio climático cuando se deja de hablar de diagnósticos y se pasa a discutir los remedios, las sombras adquirieron el tono oscuro del humor negro. Sentados en el salón de un barco que consumía doce o catorce litros de combustible por minuto, escuchábamos a Adam ensalzar las virtudes de comprar en mercadillos agrícolas y de cambiar las bombillas incandescentes por ledes. También sugirió que la educación universal de las mujeres haría descender la tasa de natalidad global, y que librar al mundo de las guerras liberaría el dinero suficiente para adaptar la economía global a las energías renovables. Adam pidió entonces que hiciéramos preguntas o comentarios. Los escépticos del cambio climático no tenían interés en discutir, pero un creyente se puso en pie para decir que administraba un montón de propiedades inmobiliarias, y que se había fijado en que sus inquilinos con subvenciones federales siempre tenían las casas demasiado calientes en invierno y demasiado frescas en verano, puesto que no pagaban por los servicios, y hacerles pagar sería una forma de combatir el cambio climático. Una mujer respondió a eso en voz baja:

–Yo diría que los megarricos derrochan mucho más que la gente de las viviendas subvencionadas.

Después de eso, el debate llegó a su fin rápidamente; todos teníamos que hacer las maletas.

A las seis en punto, el salón volvió a llenarse, esta vez hasta los topes, para el clímax de la expedición: una proyección de diapositivas a la que se había invitado a contribuir a los pasajeros con tres o cuatro de sus mejores instantáneas. El profesor de fotografía que la presentaba se disculpó de antemano por si a alguien no le gustaban las canciones que había elegido como banda sonora. La música –Here Comes the Sun, Build Me Up Buttercup– no ayudaba, desde luego. Pero el espectáculo entero era desalentador. Se advertía la sensación de menoscabo que siempre me produce nuestra cultura visual: por muy bien que consigas diseccionar la vida para meterla en una secuencia de fotografías, por muy poco espaciadas en el tiempo que estén las imágenes, lo que esas secuencias siempre acaban por transmitirme con mayor intensidad es todo lo que queda excluido de ellas. También era una triste evidencia que las tres semanas de formación con la National Geographic no habían servido para generar la frescura de la visión propia de la National Geographic. Y el efecto acumulativo era dolorosamente ilusorio. El pase de diapositivas pretendía haber captado una aventura que habíamos vivido en grupo, como el grupo de Shackleton y sus hombres. Pero no habíamos experimentado un largo invierno antártico, ni pasado meses compartiendo carne de foca. La relación vertical entre la Lindblad y sus clientes había sido demasiado insistente para fomentar que se fraguaran vínculos horizontales. Así pues, el pase de diapositivas llegó a parecer un anuncio de la Lindblad hecho por aficionados. Su ilusorio contexto estropeaba incluso las imágenes que deberían haberme importado, en el sentido en que cualquier fotografía de un aficionado es importante: porque deja constancia del rostro de lo que amamos. Cuando mi hermano me enseñó en privado una fotografía que había tomado de Chris y Ada sentados en un bote neumático (Chris fracasando en su intento de mantener un rostro de insatisfacción absoluta, Ada sonriendo abiertamente), me recordó la felicidad que había sentido al encontrarme con ellos en el barco. Aquella imagen estaba llena de significado… para mí. Súbanla a la página web de la Lindblad, y su sentido se vendrá abajo y quedará convertida en anuncio.

Bueno, y ¿cuáles habían sido nuestros motivos para acudir a la Antártida? Resultó que, para mí, los motivos habían sido experimentar el contacto con los pingüinos, quedar anonadado por el paisaje, hacer unos cuantos nuevos amigos, añadir treinta y una especies de aves a mi lista de avistamientos y honrar la memoria de mi tío. ¿Bastaba con eso para justificar el dinero gastado y el dióxido de carbono consumido? Díganmelo ustedes. Pero el pase de diapositivas sí había prestado una especie de servicio de carambola, al dirigir mi atención hacia todos los minutos sin fotografiar que había pasado vivo en el viaje: cuánto mejor era estar aburrido y congelado de tanto contemplar el mar que estar muerto. Otro servicio que guardaba relación con el anterior se reveló a la mañana siguiente, cuando el Orion atracó en Ushuaia, y Tom y yo quedamos libres para vagar por las calles solos. Descubrí que tres semanas a bordo del Orion, viendo las mismas caras todos los días, me habían vuelto intensamente receptivo a cualquier rostro que no hubiera estado en él, en particular a los más jóvenes. Tenía ganas de rodear con mis brazos a cada joven argentino que veía.

Es cierto que el acto más eficaz que pueden llevar a cabo la mayoría de seres humanos no solo para combatir el cambio climático, sino para preservar un mundo de biodiversidad, es no tener hijos. Quizá sea cierto también que nada puede impedir la lógica de las prioridades humanas: si la gente quiere carne y hay kril disponible, se apoderará de ese kril. Incluso puede ser cierto que los pingüinos, que tanto recuerdan a niños, ofrezcan el puente más prometedor hacia un mejor modo de pensar sobre las especies en peligro por culpa de la lógica humana: también ellos son nuestros niños; también ellos merecen nuestros cuidados.

Y, sin embargo, imaginar un mundo sin gente joven es como plantearse viviendo para siempre en un barco de la Lindblad. Mi madrina había llevado una vida así después de morir su única hija. Recuerdo la sonrisa medio demente con la que me confió una vez el valor en dólares de su vajilla de porcelana de Wedgwood. Pero Fran ya estaba chiflada incluso antes de que Gail muriera; se había obsesionado con una réplica biológica de sí misma. La vida es precaria y uno puede aplastarla aferrándose a ella con demasiada fuerza, o puede amarla como lo hacía mi padrino. Walt perdió a su hija, a sus camaradas en la guerra, a su esposa, a mi madre, pero nunca dejó de improvisar. Lo veo sentado a un piano en Florida del Sur, esbozando su amplia sonrisa mientras aporreaba las teclas y entonaba viejas melodías de teatro musical y las viudas de su urbanización bailaban. Incluso en un mundo de moribundos, continúan naciendo nuevos amores.

Jonathan Franzen. Escritor estadounidense de novela y ensayo. Saltó a la fama en 2001 cuando publicó ‘Las correcciones’, novela con la que ganó el premio National Book Award. Es también autor entre otras obras de: ‘Libertad’, ‘Pureza’, ‘Cómo estar solo’ y ‘Zona templada’. Colabora con publicaciones como ‘The New Yorker’.

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