Recordar de prestado

Recordar de prestado, por Manuel Cruz, El País, 3 de febrero de 2017.

Recordar de prestado

RAQUEL MARÍN

Si la cosa fuera al peso, los jóvenes, “con toda la vida por delante” (por usar la formulación habitual), y apenas pasado a sus espaldas, serían unos resueltos futuristas, en tanto que las personas mayores, con mucho menos tiempo ante sí y un considerable volumen de experiencia vivida acumulado, consagrarían casi por entero su existencia a la rememoración pasadista de lo que fue. Pero como la cosa no va de esta manera, no es extraño que a menudo estas últimas gusten de aligerar la carga de pasado que en principio les correspondería sobrellevar, no se complazcan en la morosa evocación de vivencias remotas, e incluso no experimenten la menor necesidad de continuar apegados a los soportes materiales que acostumbran a reactivarlas (cartas, regalos, objetos que recuerdan un determinado momento de una particular intensidad…), prefiriendo desprenderse de ellos sin mayores contemplaciones, como el que suelta lastre. En el otro extremo, se comprueba con facilidad la forma en que los más jóvenes parece que necesitan disponer de una memoria propia y desde muy pronto se dedican, casi con urgencia, a una acumulación de recordatorios materiales de sus primeras experiencias, a los que a menudo se aferran como si en ellos les fuera la vida.

Digámoslo ya: esa representación más bien cuantitativa de la propia temporalidad resulta inaceptable por simplista. O, formulado casi a la inversa, no toma en consideración la real complejidad de nuestra experiencia del tiempo, el hecho de que, en realidad, tal vez lo más propio sería hablar, como nos sugería el filósofo de la historia alemán Reinhart Koselleck, de la presencia de diferentes estratos del tiempo que coexisten en el interior de todos nosotros. De tal manera que resultaría correcto afirmar que en cada uno coexisten todos los tiempos que ha vivido y que, por tanto, le constituyen (el de la niñez, el de la infancia, el de la adolescencia, el de la juventud, el de la madurez…) en una articulación, como es obvio, cambiante y desigual.

Pues bien, probablemente en ese cambio y en esa desigualdad sea donde convenga fijar la atención. Porque el particular y específico orden de tiempos (si se me permite la expresión) que en cada momento de la propia vida el sujeto establece proporcione una relevante clave de sentido que nos ayude a comprender a aquel. El mayor o menor peso de la referencia a sus experiencias o la remisión a sus expectativas, por seguir parafraseando al autor de Futuropasado, está informando en realidad de la naturaleza de su presente y de la inscripción, desazonada o confortable, de dicho sujeto en el mismo.

Desde esta perspectiva, lo más importante no es el grado de fidelidad en la evocación del pasado o la consistencia de la propuesta de futuro que el mencionado sujeto pueda hacer. Plantearlo así implicaría abordar desde el punto de vista de la objetividad un asunto cuyo mayor interés es precisamente el de dibujar la forma de la subjetividad. Por supuesto que uno de los (¿escasos?) privilegios de cumplir años consiste en que se va disponiendo de la oportunidad de comprobar el modo en que algunos evocan como pasado lo que uno mismo tuvo la oportunidad de vivir como presente. Me refiero, con ese “algunos”, a aquellos que, por edad, no les alcanzó para tener la experiencia viva de lo que ahora mencionan profusamente.

Sin embargo, centrarse en eso probablemente nos deslizaría hacia el engañoso y falaz argumento de autoridad del protagonista, el conocido “a mí me lo vas a decir, que estaba allí y lo viví de cerca”, premisa a la que, como está sobradamente acreditado, con mucha frecuencia siguen descripciones y explicaciones inconsistentes o distorsionadas. La cuestión es, si acaso, previa. Lo que hay que plantearse es de dónde surge una determinada necesidad de apoyarse, para justificar las propias posiciones políticas o incluso las propias actitudes vitales, en un pasado que no se vivió. Los ejemplos, de diverso tipo, que podrían servir como ilustración para lo que se está diciendo, podemos encontrarlos con facilidad en nuestro entorno. Cabe preguntarse si hay alguna razón, más allá de lo meramente propagandístico-instrumental, para que un determinado sector de la generación que acaba de llegar a la vida pública haga suyas alguna de las canciones y los himnos de la generación anterior, en vez de movilizarse alrededor de unas propias (y nuevas). De la misma manera que, cambiando el registro y echando mano de ejemplos más banales, resulta llamativa esa falsa nostalgia de jóvenes hipster reunidos el domingo por la mañana en un bareto de moda en el que se sirve vermut de grifo y otras antiguallas que estos barbudos no tuvieron tiempo material de vivir pero a las que se refieren como si constituyeran realmente su propio pasado.

En ocasiones, qué duda cabe, la referencia a un pasado ajeno busca localizar en él un componente épico, o incluso heroico, que el propio no puede ofrecer. Pongamos por caso: tiene que devanarse mucho los sesos —y casi siempre en vano— el joven independentista catalán de nuestros días —educado en el modelo de la inmersión lingüística, con instituciones de autogobierno dotadas de importantes presupuestos, medios de comunicación públicos propios, etcétera— para encontrar en la franja temporal que le ha tocado vivir motivos que le permitan construir un relato personal a la altura de la ambición de la causa que ha abrazado. Las cuitas del Estatut, la famosa sentencia del Constitucional o incluso la supuesta prepotencia del PP en determinados momentos del pasado reciente constituyen agravios menores, que se quedan manifiestamente cortos para un sueño de tamaña envergadura. No queda otra que remontar la corriente hacia atrás y, como poco, retroceder al franquismo, con su represión de la lengua y de la cultura catalanas, así como con el desmantelamiento de su específico entramado institucional, para encontrar motivos de la intensidad que la reivindicación demanda.

Interpretado bajo esta misma clave, el recurso, antes mencionado, a las viejas canciones y los viejos himnos muestra todo su sentido y función. Se trata de sugerir, sin atreverse a explicitarla abiertamente, la idea de la continuidad entre lo de antes y lo de ahora, como si el franquismo y el candado de la transición constituyeran, finalmente, una sola y misma cosa. Se diría que algunos confían en que, de cuajar la idea, podrán presentarse en público como si hubieran sufrido en su propia carne lo que ni tan siquiera alcanzaron a vivir (simplemente, porque aún no estaban).

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados.

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