Carson McCullers: La ternura volátil del desamparo

Carson McCullers: La ternura volátil del desamparo, por Ana Llurba, El País, 15 de enero de 2017.

Carson McCullers, dedica uno de sus libros en 1946.rn

Carson McCullers, dedica uno de sus libros en 1946. HENRI-CARTIER BRESSON

Dos hombres sordomudos llevan una armónica vida en común hasta que uno de ellos comienza a actuar de manera violenta y se vuelve loco. Ante la mirada asombrada de su comunidad, una mujer fuerte e independiente se enamora de su primo lejano, un jorobado; y éste se aprovecha de su confianza para ayudar al exmarido a volver con ella. Las contradicciones fomentadas por instituciones como el ejército y el matrimonio estimulan una violencia latente entre las relaciones de dos militares y sus esposas. Un juez veterano se atormenta con el deseo sexual reprimido hacia un joven de color. Estas son las tramas principales de algunas de las novelas (El corazón es un cazador solitario, Reflejos de un ojo dorado y Reloj sin manecillas) que nos dejó Lula Carson Smith (Georgia, 1917- Nueva York, 1967), conocida popularmente como Carson McCullers, una de las narradoras americanas imprescindibles del siglo XX. Este año se cumplen el centenario de su nacimiento y los cincuenta años de su muerte. Con motivo de la doble efeméride, a lo largo de 2017 su obra completa será reeditada por Seix Barral con nuevos prólogos de Paulina Flores, Cristina Morales, Jesús Carrasco y una traducción, inédita aún en castellano, de un epílogo de Tennesse Williams.

Su universo es una constelación de historias y personajes que encarnaron el imaginario del Sur profundo de Estados Unidos: intenso y contradictorio. Por eso Carson McCullers fue ubicada junto a autores como William Faulkner, Flannery O’Connor, Truman Capote o Tennessee Williams o la pluma epigonal de Cormac McCarthy dentro de lo que se denominó “gótico sureño”. Quienes, a diferencia de la novela gótica europea, no recurrían a una cierta oscuridad propia del género para instaurar el suspense previo al terror sino para explorar de manera refractaria el convulso mundo en que vivían en un contexto de cambio de un modelo agrario a uno industrial. Y de esta forma, también los inestables personajes de las historias de McCullers dan cuenta, a su manera, del espejo roto de la normalidad en el ámbito doméstico de los antiguos Estados Confederados.

A pesar de esta debilidad por explorar el grotesco e iluminar a los consideradosfreaks y su habilidad para amplificar la anormalidad y, de esta manera, normalizarla, que le atribuyeron comparaciones con la fotógrafa Diane Arbus, como lo indica Rodrigo Fresán en el prólogo de El aliento del cielo (Seix Barral, 2007), la diferencia de McCullers con los demás autores del gótico sureño fue que supo expresar la ruptura de la norma con una candidez inquietante, una ternura que evidenciaba el desamparo vital de sus personajes. Una ternura que en vez de distanciarnos (como en esa violencia totémica que transpiran los personajes de Faulkner o la implacable gracia divina que recae sobre los de O’Connor) nos acercan y hasta nos identifican con ellos. Una diferencia de la que la propia autora era consciente, como se evidencia en esta frase suya, rescatada por la joven promesa de la literatura chilena, Paulina Flores, en el prólogo de La balada del café triste (Seix Barral, 2017): “Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner”.

Junto a los freaks, los anormales, los deformes, los enfermos mentales y los homosexuales que reprimen su deseo, los personajes que atraviesan por ese periodo de mutación y volatilidad que es la pubertad y la adolescencia habitan de una manera imprevisible y humanamente estremecedora en sus historias. Así lo hace la inolvidable Mick, una tomboy (marimacho), una niña andrógina que es una apasionada de la música y lucha de manera infructuosa contra ese abrumador mundo exterior que amenaza con invadir su fortaleza interior exponiendo una enternecedora intemperie vital en El corazón es un cazador solitario (Seix Barral, 2016). Este arquetipo lo encontramos también en la temperamental Frankie de la nouvelle Frankie y la boda (Seix Barral, 2013). Una adolescente testaruda y ocurrente que quiere evitar la boda de su amado hermano mayor. Así como en Sucker (El aliento del cielo, 2017), el primer cuento que McCullers escribió pero que fuera publicado mucho tiempo después, y cuyo protagonista es el inquietante adolescente bastante ingenuo que cuyo mote da título al relato. Un niño que abandona la ingenuidad de la infancia para ingresar en la desencantada vida adulta con unas conductas que intimidan a su hermano adoptivo. O en Así (El aliento del cielo, 2017), donde una niña asiste en un hilarante monólogo interior a la transformación hormonal de su hermana y se resiste a cambiar “así”. En esta temperamental narradora anónima ya se encuentra un esbozo de Mick y Frankie, sus adolescentes más conocidas.

Junto a estos adolescentes indómitas también se encuentran las protagonistas de los relatos El aliento del cielo y Wunderkind. La del primero es una joven afectada por una enfermedad pulmonar que ansía los cuidados y la atención de su madre, y la del segundo es una joven pianista que intuye como su don musical está comenzando a abandonarla. Ambos son ligeramente autobiográficos, si tenemos en cuenta que McCullers era una pianista frustrada y sufrió desde muy joven los ataques de una afección pulmonar mal diagnosticada. Nacida Lula Carson Smith, adoptó el apellido de su dos veces esposo Reeves McCullers y, al igual que (Mary) Flannery O’Connor, renunció a su nombre de pila, para despistar a los lectores y ocultarse en la androginia de un doble apellido. En su adolescencia renunció de forma intempestiva a dedicarse a una carrera como pianista después de que su amada profesora se mudara de ciudad.

Tras mudarse a Nueva York con la excusa de estudiar piano, comenzó su derrotero como una talentosa niña prodigio de la literatura. Su precoz reconocimiento literario la iguala con autores como Mary Shelley, Arthur Rimbaud o Clarice Lispector, noveles que sorprendieron con la solidez de sus debuts literarios. Asistió a los prestigiosos cursos de escritura creativa en la Universidad de Columbia y la de Nueva York, y con sólo 24 años publicó su primera novela con una recepción asombrosa entre el público y la crítica que aún permanece a pesar del paso del tiempo (El corazón es un cazador solitario, 1940). Al igual que otras escritoras como Dorothy Parker, el anecdotario sobre su agitada vida sentimental inspiraron innumerables biografías y artículos periodísticos: era bisexual y tuvo varios affaires, entre ellos con la escritora Anne Marie Schwarzenbach. Reeves se suicidó, quizás por la depresión que le producía su reprimida homosexualidad y su frustrada carrera literaria, así como la intensa y problemática vida conyugal que compartieron. Una intimidad de excesos que aparece augurado, como si su propia vida hubiera imitado su arte, en uno de sus relatos de juventud, El instante de la hora siguiente (El aliento del cielo, 2017) donde trata el revulsivo crepúsculo de una pareja de alcohólicos

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