Michel Serres: la humanidad progresa adecuadamente

Michel Serres: la humanidad progresa adecuadamente, por Borja Hermoso, El País, 3 de enero de 2017.

Michel Serres, en Madrid, el pasado junio.

Michel Serres, en Madrid, el pasado junio. GÉRARD JULIEN AFP

¿Es el hombre un lobo para el hombre? Y en caso afirmativo, ¿supone eso una tragedia? Si lo es, ¿por qué la loba amamantó a Rómulo y a Remo y continúa haciéndolo en el estandarte de la Roma eterna? ¿No será que, en algún momento, hemos interpretado mal conceptos como el lobo, la manada, la defensa común y la solidaridad? Son preguntas que Michel Serres (Agen, Francia, 1930) se hace y nos hace. El viejo profesor de Stanford, conferenciante en La Sorbona y miembro de la Academia de Francia, uno de los grandes pensadores europeos vivos y autor de multitud de ensayos sobre la historia de la filosofía y de la ciencia como El hermafrodita, La leyenda de los ángeles, Génesis, Los cinco sentidos o el ciclo de Hermés, lanza ahora no ya nuevas preguntas, sino unas certezas demoledoras como puñetazos en su nuevo libro, Darwin, Bonaparte et le Samaritain, recientemente publicado en Francia por Le Pommier, el pequeño sello editorial en el que publica desde 1999.

Serres carga de manera recurrente contra Thomas Hobbes y su manía del lobo peligroso y de contemplar, así, únicamente el lado negativo de las cosas. “Por lo que yo sé, los lobos conviven en manadas organizadas de forma coherente y racional y practican la solidaridad entre ellos, y las lobas son unas educadoras formidables”, apunta el ensayista francés en conversación telefónica desde su casa de París.

Al mismo tiempo también arremete contra lo que considera un legado abusivo de aquella máxima de Hegel que hablaba de “la labor de lo negativo”. No tiene problema Michel Serres en tirar del gran archivo de la Historia y reconocer que la Humanidad fue en efecto, durante al menos 3.000 años, un baño de sangre permanente y que sí, que hubo mucha materia para “la labor de lo negativo”. Pero lo que le interesa ahora, y en eso coincide con el autor sueco Johan Norberg y su reciente y muy ruidoso libro Progress: Ten Reasons to Look Forward(Progreso: diez razones para mirar hacia adelante), es subrayar lo contrario: el género humano, en contra de lo predicado a los cuatro vientos por “muchos profesionales del desastre” nunca ha vivido una época tan larga y tan intensa de paz. Y muy especialmente la Europa occidental que, a su juicio, “vive un verdadero paraíso , con una paz que dura ya 70 años, ¡70 años, algo nunca visto desde la guerra de Troya!”.

Interpretaciones como esta le han hecho merecedor de fuertes críticas en Francia, un país todavía marcado a hierro por los atentados yihadistas de París y Niza. Sin embargo, el discurso de Michel Serres acerca del terrorismo es tajante, y apoyado en datos fríos y tercos, no solo en intuiciones filosófico-sociológicas: “Si usted busca en Internet ‘causas de mortalidad en el mundo”, argumenta, “le saldrán las cifras oficiales facilitadas por la Organización Mundial de la Salud. No son datos de Michel Serres, sino de la OMS. Bueno, pues verá usted que la causa menos frecuente de muerte en la actualidad es ‘guerras, violencia y terrorismo’. Muere infinitamente más gente a causa el tabaco y de accidentes de coche. Así que hay una gran contradicción entre el estado real de las cosas y la forma en que lo estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviéramos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto”.

Es en la tercera parte de Darwin, Bonaparte et le Samaritain donde Michel Serres mete el dedo en incómodas llagas. Acude a un concepto que soliviantará a los que prefieren establecerse en el desastre histórico como fatalidad: lo que él llama “la edad dulce”. Leamos, página 93: “Lo mismo que hubo tres maneras de entredegollarse –militar, religiosa y económica- lo que yo llamo la edad dulce se declina en tres maneras que tratan sobre la vida y el espíritu: médica, pacífica y digital” (la tercera manera, la digital, el autor la equipara a un “renacimiento de la humanidad a pesar de los abusos que con ella se cometen”, y sostiene que sus efectos en un futuro no muy lejano serán parecidos a los de la invención de la escritura y la imprenta).

Serres no solo insiste en recordar la importancia que la fundación de las instituciones europeas tuvo de cara al establecimiento de un régimen de paz posterior a la Segunda Guerra Mundial: también quiere destacar una y otra vez, sin desmayo, el alud de progreso y avances científicos iniciados con la penicilina y que hoy, “con la química, la biología, la farmacia, la higiene y las políticas sanitarias, la seguridad social y la OMS” han permitido constatar el aumento vertiginoso de la esperanza de vida en todo el mundo y las victorias sucesivas en la lucha contra el dolor de los enfermos.

“Deberíamos escribir”, prosigue, “una verdadera historia del dolor. No nos damos cuenta de verdad de hasta qué punto sufrieron nuestros antepasados y no somos conscientes de todos los medicamentos que tenemos y que nos ayudan a vivir mejor y a combatir el dolor mejor. ¡Pero si el rey Luis XIV tenía los mejores médicos a su alrededor y se pasó la vida chillando de dolor porque tenía una fístula anal incurable! Hoy, eso se arregla con una pequeña intervención quirúrgica y tres días de antibióticos”.

Auschwitz, primero e Hiroshima después constituyeron para él las definitivas bisagras entre el horror y la esperanza. “Con la explosión de Hiroshima”, escribe, “triunfa y a la vez se acaba la edad de la muerte”. Al pilón, pues, con los grandes carniceros de la Historia –héroes para muchos- y bienvenida la era de los científicos y de los médicos que salvan vidas: Pasteur, Fleming, Albert Schweitzer. Michel Serres propone fundir las estatuas de Luis XIV, de Napoleón, de Julio César, de Aquiles, del mariscal Foch… y hacer cacerolas con ellas. Sacar a los grandes héroes de Francia del Panteón de Hombres Ilustres y ponerlos ante un tribunal de crímenes contra la humanidad.

Lo que el autor de Noticias del mundo quiere decir es que la humanidad vive en paz y en progreso a pesar de las evidentes, numerosas y sangrantes excepciones y facturas por pagar. Que Uganda, Botswana, Kenia o Etiopía tienen más esperanza y calidad de vida que hace 25 años a pesar de seguir masacradas por las injusticias. Que la investigación ya sabe cómo combatir enfermedades infecciosas que antes parecían fatales, aunque sigue muriendo gente. Que no hay guerras salvajes/globales en el mundo a pesar de la carnicería de Siria o los atentados yihadistas. Que la Edad Media o la Inquisición eran un poco peor que el siglo XXI. Que pese al paisaje funesto, progresamos adecuadamente. ¿Alguien puede rebatir esto? Sí. Algunos profetas del apocalipsis. Un reciente sondeo de Gallup revelaba que el 81% de los simpatizantes de Donald Trump creen que el mundo ha empeorado en los últimos 50 años.

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El problema de la legislación contra la incitación al odio en Europa

El problema de la legislación contra la incitación al odio en Europa, Flemming Rose, El País, 30 de enero de 2017.

Manifestantes en Helsinki (Finlandia) con pancartas donde equiparan a Trump con Hitler, el 21 de enero de 2017.

Manifestantes en Helsinki (Finlandia) con pancartas donde equiparan a Trump con Hitler, el 21 de enero de 2017. JUSSI NUKARI (AFP)

Europa se mueve guiada por un sueño. Quiere erradicar el odio, un intenso sentimiento de aversión que todo ser humano ha experimentado alguna vez. La Unión Europea y sus instituciones parecen creer que si son capaces de crear un espacio público libre de odio y ofensa, alcanzarán la paz eterna. A mí esto me parece utópico, y sabemos por la historia que la primera víctima de cualquier utopía es la libertad. En este caso, la libertad de expresión. El derecho al odio es tan importante como el derecho al amor, siempre que no se exprese en forma de incitación directa a la violencia.

Es difícil negar la legitimidad del odio que sienten los padres cuyo hijo ha sufrido los abusos de un pedófilo. Lo mismo se puede decir de las víctimas de un crimen o de las personas a las que se ha humillado de alguna manera. El odio forma parte de la condición humana, nos guste o no. Esto no significa que no debamos denunciar el odio contra las minorías. Por supuesto que debemos hacerlo, pero la ley no es una herramienta eficaz para combatir las opiniones que animan la incitación al odio. Para hacerlo tenemos que hablar más, no menos.

La legislación europea contra la incitación al odio está legitimada por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas, adoptado en 1966. Sin embargo, poca gente sabe que democracias liberales como Suecia, Noruega, Holanda y Reino Unido votaron en contra del artículo que instaba a penalizar la incitación al odio. El artículo fue una iniciativa del bloque soviético. Eleanor Roosevelt, que presidía el Comité de Derechos Humanos de la ONU, advirtió de que podía ser utilizado por cualquier dictador para acallar las voces críticas. Eso fue exactamente lo que pasó. Aunque las leyes contra la incitación al odio se justifican como una manera de proteger a las minorías, han sido utilizadas para socavar los derechos de los grupos étnicos y religiosos minoritarios, así como para debilitar los movimientos a favor del cambio social en todo el mundo. Si algún día el político holandés Geert Wilders llega a tener mayoría en el Parlamento, puede que haga uso de la legislación actual para prohibir El Corán y discriminar a los musulmanes.

Normalmente, las leyes contra la incitación al odio sirven como medio para imponer las normas de determinado grupo al conjunto de la sociedad. Esto resulta particularmente problemático en una Europa cada vez más diversa, en la que la gente profesa diferentes creencias. Lo que para uno es incitación al odio, para otro es poesía. Lo que para un cristiano es sagrado, a un musulmán puede parecerle una blasfemia.

En 2007, la Unión Europea adoptó un acuerdo marco que obligaba a los Estados miembros a promulgar leyes que declarasen delito la negación del Holocausto, así como otras variantes del discurso del odio que denigrasen a personas o colectivos o se mofasen de ellos. En la actualidad, estas leyes forman parte de los códigos de 13 de los 28 Estados miembros. En Europa del Este, la iniciativa ha desembocado en la proliferación de normas que penalizan la negación o la banalización de los crímenes del comunismo. Rusia, Ucrania, Ruanda y Bangladesh han utilizado la legislación de la Unión Europea que castiga la negación del Holocausto para justificar los ataques contra la libertad de expresión y de cátedra.

Un problema crucial de las leyes contra la incitación al odio es que no existe una definición clara de la misma. Esto deja margen a los poderes dispuestos a utilizar la ley para reprimir las opiniones y las expresiones que no sean de su agrado. En 2015, la comisaria europea de Justicia, Vera Jourova, declaró: “Si la libertad de expresión es una de las piedras angulares de una sociedad democrática, la incitación al odio es una flagrante violación de ese libertad. Se debe castigar severamente”. Un enfoque peligroso de la libertad de expresión, sobre todo si no hay consenso sobre el concepto de incitación al odio. De hecho, el derecho a la ofensa es parte integrante de la libertad de expresión. Nadie tiene derecho a no ser ofendido. La libertad de expresión solo tiene sentido si incluye el derecho a decirle a la gente lo que no le gusta, como dijo una vez George Orwell.

En el fondo del debate sobre la incitación al odio y los límites de la libertad de expresión en Europa se oculta una paradoja: los políticos europeos han acogido con los brazos abiertos la diversidad cultural, étnica y religiosa y se han congratulado de ella. Por otro lado, no han estado dispuestos a aceptar esa misma diversidad a la hora de expresarse. Insisten en que, cuanta más diversidad cultural y religiosa, menos diversidad de expresión necesitamos. Desde mi punto de vista, esto es ilógico. Si abrimos los brazos a la diversidad religiosa y cultural, tenemos que aceptar que esta conlleva la necesidad de más, no menos, libertad de expresión para manifestar nuestras diferencias y desacuerdos.

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El latín, ¿lengua oficial de la UE?

El latín, ¿lengua oficial de la UE?, por Rubén Amón, El País, 9 de febrero de 2017.

El arco de Tito, en el foro de Roma, construido para celebrar las victorias del emperador en Judea.

El arco de Tito, en el foro de Roma, construido para celebrar las victorias del emperador en Judea.

Una de las escenas más pintorescas de Il sorpasso (Dino Risi, 1962) concierne al pasaje en que unos sacerdotes alemanes detienen el Alfa Romeo descapotable donde viajan Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. Se les ha averiado su coche, han pinchado, necesitan un gato, pero no saben cómo explicárselo a sus interlocutores. Y es entonces cuando uno de los curas decide hacerlo en latín: “Elevator nobis necesse est”.

Trintignant, que es francés, explica la problemática a Gassman, que es italiano, pero no puede satisfacer la emergencia de los religiosos. Y les responde inequívocamente: “Non habemus gato, desolatus”.

La escena es ilustrativa de la raigambre del latín en la cultura occidental. De su vigencia como argumento de comunicación. Y hasta de su valor identitario en el acervo de continente, más aún ahora que las presiones de Trump y de Putin han estimulado una suerte de reacción y de orgullo.

El inglés predomina sobre las demás lenguas y es la más extendida en los planes escolares. El problema es que identifica también un sabotaje, el sabotaje del Brexit. Y que podría subvertirse, hasta el extremo de convertir el latín en el idioma hegemónico de la Unión Europea. Tolerando incluso expresiones tan macarrónicas como el “desolatus” de Gassman.

La idea, la provocación, proviene de un profesor italiano, Nicola Gardini, y de la popularidad —de la fiebre— que ha adquirido en su propio país un ensayo, un libro, concebido, en realidad, sin las menores ambiciones comerciales.

Las ha conseguido como si la sociedad estuviera reclamando un ejercicio retrospectivo de autoestima hacia una lengua que está demasiado viva para considerarla muerta. La LOMCE española (2013), por ejemplo, la ha rehabilitado como asignatura troncal del bachillerato, pero el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano.

Decimos motu proprio, quid pro quo, de facto, ergo, ex profeso o in extremis, quizá no demasiado conscientes de que estamos evocando un hito fundacional de la cultura europea cuyo aliento todavía relaciona sobre el asfalto a un cura alemán con un latin lover italiano.

Es el contexto en el que ha resultado providencial la publicación de Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile. Ocho ediciones lleva la iniciativa de la editorial Garzanti, y el título no requiere de traducción al español, precisamente por la raíz común del idioma. Y porque España fue uno de los territorios más fértiles de la romanización, y también más dotados en la exportación de talentos al imperio. No ya por las figuras de Adriano o Trajano en la nómina de los emperadores, sino por la envergadura de filósofos y escritores que contribuyeron a enriquecer el latín.

Nicola Gardini destaca a Séneca. Y se congratula de la felicidad que nos ha proporcionado el maestro estoico. Tanto en la forma cristalina de su literatura como en los matices conceptuales. Vivir el presente —aunque el carpe diem es de Horacio—, eludir la superstición de la esperanza, disfrutar lo que tenemos mucho más que frustrarnos por aquello que nos falta.

“El latín de Séneca”, escribe Gardini, “es el reflejo directo de su lucidez y de su propensión a la síntesis, va derecho al meollo de las cuestiones, sin complicaciones, sin alzar la voz. Un latín espontáneo. Un latín de quien medita y de quien transforma las ideas en reglas de vida”.

Es el antagonismo perfecto a la retórica ampulosa de Cicerón, aunque Gardini no se la reprocha. Todo lo contrario, le atribuye un valor muy superior al artificio lingüístico. Sostiene que Cicerón dice las cosas adecuadas de la manera adecuada. Y que su oratoria es una ciencia de las emociones, pero también el medio desde el que se desglosa un sistema de valores. “Hablar bien es una filosofía. Escribir bien es una manera de hacer el bien. Y Cicerón lo ha demostrado, exponiendo su propia elocuencia al servicio de una sociedad amenazada por la tiranía. Fue el enemigo jurado de cualquier despotismo y fue un heroico portavoz del Senado. Su arma fue una palabra: libertas” (libertad, si es que la traducción hace falta).

Regresar al latín, a juicio de Gardini, no sería una regresión ni una extravagancia anacrónica, sino un recurso de Europa para reconocerse en su identidad y en el idioma que la ha estructurado en su idiosincrasia civilizadora. Escribir y hablar en latín nos haría buenos, como Cicerón. Y obscenos, como Catulo. Y conmovedores, como Virgilio. Y profundos, como Lucrecio, aunque este monumento de la lengua latina nunca se hubiera engendrado sin la evangelización de Catón (234-149 antes de Cristo) y de Plauto (250-184 antes de Cristo). Sujetaron ellos las columnas del idioma, predispusieron el primer hálito de un prodigio que ha sobrevivido mucho más allá de su tiempo y de su espacio. Lo demuestran las misas pontificias y las patadas que le damos al diccionario latino (de motu propio, a grosso modo, el quiz de la cuestión…), tanto como lo hacen la adhesión al idioma en que llegaron a significarse por los siglos de los siglos Patriarca, Milton, Ariosto, Tomás Moro, pero también Rilke, Montale, Beckett, Joyce o Jorge Luis Borges.

“No sin cierta vanagloria, había comenzado en aquel tiempo el estudio metódico del latín”, escribió el sabio argentino. Evoca la frase Gardini al inicio de su ensayo. O habría que decir en el incipit, pues cualquier libro está lleno de expresiones y abreviaciones latinas (circa, sic, op. cit.), como los garbanzos que el profesor italiano nos ha puesto por delante para seguir el camino hacia “la plenitud cultural” y la resistencia ciceroniana.

“Hay que estudiar latín”, concluye Gardini, “no sólo para disfrutar, sino además para educar el espíritu, para darle a las palabras toda la fuerza transformadora que se aloja en ellas”. Y para entenderse con un cura alemán que está tirado con el coche en la carretera. Y decirle: “Desolatus”.

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Recordar de prestado

Recordar de prestado, por Manuel Cruz, El País, 3 de febrero de 2017.

Recordar de prestado

RAQUEL MARÍN

Si la cosa fuera al peso, los jóvenes, “con toda la vida por delante” (por usar la formulación habitual), y apenas pasado a sus espaldas, serían unos resueltos futuristas, en tanto que las personas mayores, con mucho menos tiempo ante sí y un considerable volumen de experiencia vivida acumulado, consagrarían casi por entero su existencia a la rememoración pasadista de lo que fue. Pero como la cosa no va de esta manera, no es extraño que a menudo estas últimas gusten de aligerar la carga de pasado que en principio les correspondería sobrellevar, no se complazcan en la morosa evocación de vivencias remotas, e incluso no experimenten la menor necesidad de continuar apegados a los soportes materiales que acostumbran a reactivarlas (cartas, regalos, objetos que recuerdan un determinado momento de una particular intensidad…), prefiriendo desprenderse de ellos sin mayores contemplaciones, como el que suelta lastre. En el otro extremo, se comprueba con facilidad la forma en que los más jóvenes parece que necesitan disponer de una memoria propia y desde muy pronto se dedican, casi con urgencia, a una acumulación de recordatorios materiales de sus primeras experiencias, a los que a menudo se aferran como si en ellos les fuera la vida.

Digámoslo ya: esa representación más bien cuantitativa de la propia temporalidad resulta inaceptable por simplista. O, formulado casi a la inversa, no toma en consideración la real complejidad de nuestra experiencia del tiempo, el hecho de que, en realidad, tal vez lo más propio sería hablar, como nos sugería el filósofo de la historia alemán Reinhart Koselleck, de la presencia de diferentes estratos del tiempo que coexisten en el interior de todos nosotros. De tal manera que resultaría correcto afirmar que en cada uno coexisten todos los tiempos que ha vivido y que, por tanto, le constituyen (el de la niñez, el de la infancia, el de la adolescencia, el de la juventud, el de la madurez…) en una articulación, como es obvio, cambiante y desigual.

Pues bien, probablemente en ese cambio y en esa desigualdad sea donde convenga fijar la atención. Porque el particular y específico orden de tiempos (si se me permite la expresión) que en cada momento de la propia vida el sujeto establece proporcione una relevante clave de sentido que nos ayude a comprender a aquel. El mayor o menor peso de la referencia a sus experiencias o la remisión a sus expectativas, por seguir parafraseando al autor de Futuropasado, está informando en realidad de la naturaleza de su presente y de la inscripción, desazonada o confortable, de dicho sujeto en el mismo.

Desde esta perspectiva, lo más importante no es el grado de fidelidad en la evocación del pasado o la consistencia de la propuesta de futuro que el mencionado sujeto pueda hacer. Plantearlo así implicaría abordar desde el punto de vista de la objetividad un asunto cuyo mayor interés es precisamente el de dibujar la forma de la subjetividad. Por supuesto que uno de los (¿escasos?) privilegios de cumplir años consiste en que se va disponiendo de la oportunidad de comprobar el modo en que algunos evocan como pasado lo que uno mismo tuvo la oportunidad de vivir como presente. Me refiero, con ese “algunos”, a aquellos que, por edad, no les alcanzó para tener la experiencia viva de lo que ahora mencionan profusamente.

Sin embargo, centrarse en eso probablemente nos deslizaría hacia el engañoso y falaz argumento de autoridad del protagonista, el conocido “a mí me lo vas a decir, que estaba allí y lo viví de cerca”, premisa a la que, como está sobradamente acreditado, con mucha frecuencia siguen descripciones y explicaciones inconsistentes o distorsionadas. La cuestión es, si acaso, previa. Lo que hay que plantearse es de dónde surge una determinada necesidad de apoyarse, para justificar las propias posiciones políticas o incluso las propias actitudes vitales, en un pasado que no se vivió. Los ejemplos, de diverso tipo, que podrían servir como ilustración para lo que se está diciendo, podemos encontrarlos con facilidad en nuestro entorno. Cabe preguntarse si hay alguna razón, más allá de lo meramente propagandístico-instrumental, para que un determinado sector de la generación que acaba de llegar a la vida pública haga suyas alguna de las canciones y los himnos de la generación anterior, en vez de movilizarse alrededor de unas propias (y nuevas). De la misma manera que, cambiando el registro y echando mano de ejemplos más banales, resulta llamativa esa falsa nostalgia de jóvenes hipster reunidos el domingo por la mañana en un bareto de moda en el que se sirve vermut de grifo y otras antiguallas que estos barbudos no tuvieron tiempo material de vivir pero a las que se refieren como si constituyeran realmente su propio pasado.

En ocasiones, qué duda cabe, la referencia a un pasado ajeno busca localizar en él un componente épico, o incluso heroico, que el propio no puede ofrecer. Pongamos por caso: tiene que devanarse mucho los sesos —y casi siempre en vano— el joven independentista catalán de nuestros días —educado en el modelo de la inmersión lingüística, con instituciones de autogobierno dotadas de importantes presupuestos, medios de comunicación públicos propios, etcétera— para encontrar en la franja temporal que le ha tocado vivir motivos que le permitan construir un relato personal a la altura de la ambición de la causa que ha abrazado. Las cuitas del Estatut, la famosa sentencia del Constitucional o incluso la supuesta prepotencia del PP en determinados momentos del pasado reciente constituyen agravios menores, que se quedan manifiestamente cortos para un sueño de tamaña envergadura. No queda otra que remontar la corriente hacia atrás y, como poco, retroceder al franquismo, con su represión de la lengua y de la cultura catalanas, así como con el desmantelamiento de su específico entramado institucional, para encontrar motivos de la intensidad que la reivindicación demanda.

Interpretado bajo esta misma clave, el recurso, antes mencionado, a las viejas canciones y los viejos himnos muestra todo su sentido y función. Se trata de sugerir, sin atreverse a explicitarla abiertamente, la idea de la continuidad entre lo de antes y lo de ahora, como si el franquismo y el candado de la transición constituyeran, finalmente, una sola y misma cosa. Se diría que algunos confían en que, de cuajar la idea, podrán presentarse en público como si hubieran sufrido en su propia carne lo que ni tan siquiera alcanzaron a vivir (simplemente, porque aún no estaban).

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados.

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Veritas

En el diálogo o el monólogo no se procura poseer la verdad, más bien se debe dialogar con ella para alcanzar un acuerdo de unidad o conformidad.

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