Un pacto nacional por la cultura

Un pacto nacional por la cultura, por Juan Cruz, El País, 19 de noviembre de 2016.

Hace muchos años que la cultura española se levanta tarde. Adormecida y macilenta, descuidada por los poderes públicos, que desconocen su enorme potencial económico, de creación de empleo y alegría, vive el sueño injusto de la pereza estatal.

Creadores muy notables, que llevan el nombre del país a las carteleras y a las estanterías, están amenazados (e incluso denunciados) por mandatarios sin rigor que los comparan con evasores u otros delincuentes solo porque un día se alzaron contra el poder que mandó tropas a Irak.
Esa ansiedad de venganza llegó a las leyes impositivas, y hoy el teatro, el cine, otras artes, languidecen cuando no se entusiasma en las catacumbas.

El asunto es gravísimo; hay otros más graves, naturalmente; la educación anda en volandas de un esqueleto llamado Lomce, a punto de ser defenestrada, y la sanidad conoce los inhumanos recortes, que convierten en un aullido de dolor, de dolor verdadero, el sufrimiento de las personas frente a la potencia de hospitales públicos que no tienen ni capacidad ni gente para atender a los dolientes.

En ese marco de desidias, en un país que gasta dinero en rescatar cajas registradoras, el caso de la cultura sobrenada como si no tuviera importancia, como si fuera cosa de las élites a las que conviene tener a buen recaudo. Las instituciones públicas (de todas las autonomías) y las instituciones estatales de la cultura, los partidos políticos, sus líderes incluidos, el propio Gobierno del Estado, registran con poca energía su relación con la creación cultural, con el cuidado del patrimonio (del antiguo y del moderno); el Gobierno actual, además, ha dejado ya en dos legislaturas que este renglón de atención a la creación de un país más culto, más integrado en una Europa que no recorta sino que emprende, se quede sin minsterio.

Y ahí está el pobre ministro de Educación y demás etcéteras solo en el banco azul, con la cabeza hecha un lío y con tres o dieciséis ministerios a los que atender. No hace falta un Ministerio de Cultura, probablemente, para la energía (y el dinero) que se presupuesta para su acción. Y no hace falta, quizá, porque no hay un pacto de Estado por la cultura; la administración no se toma en serio la cultura, se suele decir. Como casi todos los lugares comunes, este se basa en la realidad. Y la realidad es esa: España no tiene un Ministerio de Cultura porque a los poderes del Estado la cultura les parece interesante solo para retratarse con los Reyes o con los premiados cuando se dan los premios. Para los castigos no hay nadie, y la cultura española está viviendo un tiempo amargo, cuyos símbolos son muy variados: tienen que ver con el paro, con la falta de apoyo público (de los gobernantes, de los medios públicos, incluida la televisión, del parlamento) a la iniciativa de creadores y empresarios, de instituciones, que cuentan con una raya en el agua las veces que ministros, presidente y otras autoridades acuden a las manifestaciones que tienen lugar en este país. Se habla de un pacto por la Educación; se tendría que hablar también de un Pacto Nacional por la Cultura. Muchos puestos de trabajo se han perdido, innumerables están en riesgo.

Por lo menos que se retraten juntos por ese pacto los que ya ni cuando hacen campaña electoral acuden a los creadores para hacerse la foto.

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