Gilles Lipovetsky: ‘La gente común no halla ya la felicidad en el súper, por eso escribe o hace fotos’

Gilles Lipovetsky: ‘La gente común no halla ya la felicidad en el súper, por eso escribe o hace fotos’, por Elena Pita, El Mundo, 25 de enero de 2015.
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Es un fenómeno realmente curioso. Cuando uno lee a Gilles Lipovetsky -el filósofo por excelencia de la modernidad y su postrimería, El imperio de lo efímero, La era del vacío, transmutada ahora en «híper modernidad»- las conclusiones que extrae son catastróficas y apocalípticas; pero toda vez que uno le escucha, esa carga negativa -¿estaría en mi mente lectora?- se transforma en corriente positiva e integradora. Empiezo a pensar que no sé leerle, no obstante les pasaré unas claves para que ustedes lean mejor La estetización del mundo, su último y nutritivo ensayo, que esta semana publica la editorial Anagrama.

Verán, cuando lean que la cultura y su expresión artística se ha convertido en puro negocio de mercado, entienda que «la motivación económica no mata la creación» sino todo lo contrario, porque ha traído consigo una muy loable “desjerarquización de la cultura” y ha conseguido “que el arte no permanezca envasado en los museos sino que impregne nuestro mundo común, tal y como hoy sucede”. Que si nuestras emociones se han convertido en un arma que el comercio maneja como hilos de marioneta, pues mejor que mejor, porque “esto nos ha dado la libertad de elegir e innovar» -elegir el atuendo, por ejemplo-. Y donde dice que el “capitalismo artístico” ha estetizado nuestro alma, han de entender “estética” en su sentido original griego: tocado por las emociones, la percepción, la sensibilidad. Es decir, que vivimos en un mundo estupendo. El problema, y esto sí lo admite, es que muy pocos tienen el dinero para disfrutarlo; pocos que cada vez son menos, mientras el resto luchamos contra la ansiedad que el híper consumo y la híper estimulación, la inmediatez y la falta de educación, nos generan.

No obstante, también para ello apunta soluciones el filósofo de lo social -Millau, Francia, septiembre del 44-: educar a nuestros hijos y alumnos en el gusto por la creación y el empeño en la calidad. Ay, tan fácil lo pinta.

Si el arte y la cultura se han convertido en puro negocio comercial, ¿es que han perdido todo valor humanista?
No, el valor humanista pervive en la cultura pese a su utilización mercantilista. Siempre ha habido intereses detrás del arte, si piensas por ejemplo en el Renacimiento, la dimensión del arte no era humanista, sus valores eran religiosos y de poder. Es en la era moderna cuando se impone la idea de que el arte excluye lo comercial, de que el beneficio económico lo pervierte; pero llegados a la híper modernidad, esta diferenciación estricta se erosiona. Pongamos por ejemplo los museos, no solamente proliferan por todas partes sino que acogen manifestaciones como la moda o incluso las marcas, y la gente se escandaliza: ¡oh, la cultura se ha comercializado, ha muerto y ya no existe sino el dinero! En mi opinión el problema era en cambio la exclusión: ¿es que no hay creación, no hay cultura en la moda? Yo creo que sí, y que en cierto modo hemos llegado a un estado de las cosas más verdadero. Me parece muy positivo cuestionarse las jerarquías, la línea divisoria entre el arte puro y el comercio. Esta oposición rígida es lo que se contesta en el libro: no, la motivación económica no mata la creación, la democratiza. Lo ideal no es un arte sólo apreciable por una jerarquía, es preferible que la belleza y la creatividad estén en el mundo cotidiano y del comercio, y esto es posible gracias a la industria, que hace posible la moda, el diseño, la tecnología, etcétera.
¿Y todo esto le parece suficiente para un buen futuro o tiene alguna receta para un mañana mejor?
Nuestro objetivo de futuro, sobre todo para nosotros los europeos, es comprometernos con la calidad. Para mí, esta es la gran cuestión humanista hoy: la modernidad ganó la batalla de la cantidad, el bienestar para la mayoría, y la híper modernidad debe ganar la batalla de la calidad o la estilización del mundo; este es el ideal de futuro. El capitalismo ha dado un giro, abriendo una ventana que permite al arte entrar en la vida cotidiana y liberarse de su encierro en los museos. Y esto en el fondo no era sino el programa de las vanguardias históricas y del modernismo: el arte aplicado que tenía como fin hacer bonito lo útil.
Analiza en su ensayo una evolución de los fines artísticos, de la religión a la política, pero mi pregunta sigue siendo: ¿a qué fines sirve hoy el arte sino a los comerciales? De Andy Warhol a Damien Hirst, ¿cuál será la intencionalidad del artista vivo más caro del mundo?
No lo sé, no quiero entrar a valorar si me gustan o no las calaveras de Hirst o los globos de Jeff Koons, este gran mercader publicitario, por ejemplo. Lo que me parece revelador de esta época es tu pregunta, que apunta a la desorientación general, porque el arte, en mi opinión, ha perdido su identidad sólida. Y el espectador se pregunta continuamente si es pura provocación, si es una broma o por el contrario, una genialidad. La primera premisa del arte aplicado es renunciar a la idea de que el arte se opone a lo comercial y a la celebridad. Y luego llega Warhol y proclama: “I’m a business artist” [soy un artista comercial], y aquello supuso una ruptura, porque hasta entonces lo comercial era lo vulgar, pero a partir de entonces el arte comercial dejaba de diferenciarse del verdadero arte, desaparecía la contradicción entre arte y éxito comercial. Se convirtió en un artista celebridad y en su Factoría el arte se integró con la comunicación, la publicidad, el marketing, etc. ¿Qué diferencia hoy una galería de arte de una tienda de moda?
Dice que este capitalismo trans-estético funciona a base de explotar comercialmente nuestras emociones. ¿Es posible aún luchar para liberar nuestras emociones de esa explotación comercial o somos ya sólo burdas marionetas a su antojo?
El libro se remonta a los orígenes de este capitalismo artístico, que sucede exactamente a mediados del siglo XIX con el nacimiento de los grandes almacenes: comprar deja de ser algo simplemente útil y se convierte en un espectáculo. Las mujeres van al Bon Marché y se divierten con los colores, la decoración, etcétera: es el origen del shopping como acto teatral, el comercio entendido como teatro. Y a partir de ahí el comercio se focaliza en nuestras emociones, jugando con ellas mediante la publicidad, pero también a través del cine, que es la ingeniería emocional perfecta, y finalmente mediante el diseño. A partir de principios del siglo XX el capitalismo profundiza en la idea de que vivimos mejor rodeados de belleza, tocados por la emoción de la belleza, y consigue producir y comercializar las emociones, integrándolas en el engranaje económico. Hoy en día lo emocional ha penetrado en todos los ámbitos de nuestra vida, incluida la política, todo quiere hacernos reír o llorar; el capitalismo funciona como una ingeniería de sueños y emociones.
¿Y dónde queda la libertad del individuo?
Esta comercialización, que en principio es una manipulación criticable, no es tan simple: el capitalismo artístico se ha visto obligado a diversificar para emocionar y a cuidar hasta el más pequeño detalle para permitirnos la libertad de elegir.
¿Libertad o espejismo?
Te pongo un ejemplo sencillo, con una pregunta: ¿por qué vas vestida así hoy, acaso lo has copiado de un modelo? Tu respuesta sin duda será que no, en absoluto, que has combinado y personalizado tu imagen, que te gusta llevar el pelo así y asá, que la falda la has encontrado en un mercado tal y cual, etcétera. Si el comercio no hubiera diversificado y cuidado el detalle al extremo, esta libertad de elegir e innovar no sería posible. Si fueras una burguesa catalana de principios del XX, tu casa y tu atuendo serían extremadamente convencionales, sin embargo la moda hoy te permite ser anticonvencional, el híper mercado es tan diverso que cada individuo puede recrear su propio universo.
Monsieur Lipovetsky, ¿cómo logra dar un giro positivo a todo lo que en principio parece negativo y alienante?
Mira, desde finales de la Edad Media se habló de la dictadura de la moda, algo que hoy ya no es real, no es posible. Hay una dictadura comercial, todo es comercio, pero no hay una dictadura de la moda, la moda es absolutamente diversa.
Propone ante todo la educación para luchar contra la esterilización de la cultura. Una educación familiar y no académica, ¿he entendido bien?
No, no, ambas: la escuela también debe educar.
¿Cómo educar a nuestros hijos si nosotros mismos somos producto de esta hipérbole consumista? ¿Por dónde empezamos?
No debemos esperar que el capitalismo artístico lo haga todo: tenemos que conservar nuestra mirada. El capitalismo no sólo ha estetizado nuestro entorno, sino que también ha sabido estetizar nuestro alma, en tanto que consumidores. Un campesino del XIX no contemplaba el paisaje, apenas veía las cosas útiles que había en ese paisaje. Los artistas nos enseñaron a contemplar y el capitalismo democratizó esa contemplación, y así nace el turista, que no es sino consumidor que viaja para sentir la contemplación, algo puramente estético. El concepto de estética viene de la voz griega aisthetiké que quiere decir tocado por las emociones, perceptor y sensible a la belleza y su influjo sobre la mente. Y el capitalismo artístico ha conseguido, a través de la publicidad, las revistas, el cine, la moda, etcétera, democratizar la mirada estética, es decir la percepción de la belleza, la sensibilidad.
¿Y ya está? Quiero decir, sobre estas premisas, ¿cómo podríamos educar? ¿Educamos en el consumo capitalista y punto?
Vuelvo al planteamiento del principio: la batalla humanista hoy está en la lucha por la calidad. Las escuelas tienen que luchar por esa calidad, ayudar en la búsqueda de la calidad. Y este es el mensaje del libro: para ganar esta batalla, humanista y también económica, hay que priorizar la calidad. Las escuelas deben enseñar el gusto por la creación. Mira, la competitividad hará que en el futuro el trabajo sea cada vez más difícil y cualificado, y para buscar de nuevo el equilibrio es imprescindible que la creación sea algo prioritario, porque nos ayuda a vivir mejor y es un motor económico: hacer música, pintar, escribir o contar con imágenes proporciona un placer y una satisfacción que no son estrictamente consumistas. El consumo no basta, hay que sentir. El capitalismo artístico no es lo único que existe, hay otros paradigmas contradictorios con la estética: la salud, la polución, la ecología, la educación, que no debe ser exclusivamente estética, los niños tienen que formarse en la realidad y en el esfuerzo…
¿Será capaz la ecología de poner fin a la sobredosis consumista que tanto daño hace al planeta?
No soy en absoluto pesimista: las contradicciones harán evolucionar el mundo, el hombre no es sólo un productor y consumidor, es un creador que encuentra la felicidad en esa dimensión creativa. Cada vez más la gente común escribe, fotografía, hace teatro… y no lo hace por esnobismo, sino en busca de la felicidad que no encuentra en el supermercado. La competitividad nos contagia estrés y ansiedad, y el ideal humanista es integrar la dimensión creativa para liberarnos, aliviarnos. La vida será cada vez más difícil y la creatividad ha de ir ganando importancia, y por ello me parece una clave educativa primordial: dar a los niños los utensilios para que puedan realizar esta profunda aspiración humana que es la creación.
Monsieur Lipovetsky, en 1995 predecía usted una creciente polarización social entre una pequeña minoría opulenta y una vasta mayoría muy mal pagada. Esto que es hoy el presente, ¿hacia dónde derivará en el futuro?
Sí, atendemos a esta deriva desde los años 80. Pero no es tan sencillo, por un lado la desigualdad económica se acentuará y por otro, los gustos serán cada vez más homogéneos entre las clases, y el resultado paradójico de esta democratización estética es una creciente ansiedad entre las clases no pudientes.
¿Y la solución?
Llevábamos más de una hora conversando y lo cierto es que la madeja, lejos de desliarse, se enmarañaba cada vez más. No había más tiempo. Tampoco llamé a su casa de París, para no liar los cables inalámbricos del teléfono.

La estetización del mundo, que el filósofo firma a medias con Jean Serroy, sale a la venta este miércoles,28 de enero (Editorial Anagrama)

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