Y la tecnología lo cambió todo.

Y la tecnología lo cambió todo, Gemma Galdon Cavell y José Luis Vicente, El País, 28 de octubre de 2016.

Ilustración de Eva Vázquez.

Yo creo que Internet esencialmente es un mecanismo de transmisión de conocimiento, te pone al alcance una cantidad notable de conocimiento; ¿influencia en las maneras de crear? No lo sé, eso todavía no lo veo”.

En septiembre de 2012, en conversación con Josep Ramoneda, Ferran Mascarell, el que fue artífice de la política cultural de Barcelona en los noventa y conseller de Cultura de la Generalitat, no creía que la tecnología digital o Internet hubiesen transformado de forma significativa las maneras de pensar y producir la cultura. En su visión, y en la de muchos otros intelectuales, la Red era un canal de distribución más, y sólo eso. Y sin embargo es difícil encontrar una disciplina de la cultura y las artes que no se haya visto sacudida hasta sus cimientos por el efecto disruptor de lo digital.

En cierto sentido, casi toda la cultura que producimos es ya cultura digital: los discos se graban en ordenadores, las películas se montan y posproducen en sistemas digitales de edición, los libros se escriben en procesadores de texto. Es difícil pensar que este reem­plazo de herramientas no haya transformado de ninguna manera lo compuesto, filmado o escrito. Pero no sólo esto. Una página web se compone básicamente de un back-end (la plataforma para crear su contenido, organizarlo y hacerlo accesible) y un front-end, el espacio en el que el usuario interactúa con palabras, imágenes o vídeos. En los últimos 25 años, tanto el back-end como el front-end de la cultura han sufrido actualizaciones tan profundas que no sólo es difícil reconocer a ese artefacto llamado industria cultural, sino que a veces hay dudas de que siga existiendo.

En el back-end, la democratización de las herramientas creativas fue la primera gran sacudida. Desde los años noventa, cualquier ordenador doméstico es potencialmente un estudio de grabación, y todos los himnos del dance y la electrónica se han compuesto y registrado en dormitorios y garajes. La sustitución del celuloide por el vídeo digital pone el sueño de ser director de cine en las manos de millones de personas que nunca han pisado un plató. Tangerine, uno de los éxitos del cine independiente norteamericano en 2015, se rodó íntegramente con dos teléfonos iPhone 5S.

Para escribir nunca fueron necesarios muchos medios —aunque académicos como Katherine Hayles están convencidos de que no se escribe lo mismo con un procesador de textos que a lápiz o con máquina de escribir—, pero la necesidad de una imprenta y una editorial fue durante mucho tiempo una barrera de entrada infranqueable. Ahora, no sólo leemos en pantallas y libros electrónicos, sino que plataformas digitales permiten que un libro autopublicado llegue a millones de lectores con sólo un clic. Al gatekeeper tradicional se le cuelan fenómenos que no anticipa ni comprende ni controla; desde bestsellers que encontraron un público sin pasar por ninguna editorial tradicional (Cincuenta sombras de Grey) hasta figuras como la del blogger, capaz de competir contra las macroestructuras de lo que antaño fue la prensa de masas.

Las formas de comercialización también han entrado en su propia era glaciar, desde que un adolescente llamado Shawn Fawning descubrió en 1999 que no había nada más trivial que compartir a escala global archivos sonoros que contenían canciones. La era peer to peer (P2P) no sólo pone en crisis a industrias tradicionales de los contenidos, sino que obliga a replantear toda la estructura de la propiedad intelectual. En una época en la que el conocimiento se puede replicar instantáneamente, hasta el infinito, a coste cero, ¿cómo reconciliar esta oportunidad para la cultura con la necesidad de proporcionar a los creadores un medio de vida? ¿Cómo salir de la histeria binaria del “que viene Internet”, que impide explorar nuevos marcos, formas y contextos?

En el front-end, ese antiguo usuario o consumidor que hoy puede ser también productor (el famoso prosumer) articula hoy la voz de una multitud a la que ya no le interesan las formas antiguas de comunicación de ideas. Nuevos sujetos, públicos y actores que huyen de las voces autoritativas o de arriba abajo para reivindicarse autores o, como mínimo, copartícipes. El mejor ejemplo de este cambio es indudablemente la sustitución de la enciclopedia, emblema del conocimiento autoritativo y jerárquico de la ilustración, por la Wikipedia, un océano de voces en pugna y cooperación, en permanente mutación, que pone en crisis la misma idea de que el conocimiento sea algo que se puede organizar y fijar en el tiempo de manera definitiva. Los mismos autores tradicionales están abandonando la obra como objeto cerrado y acabado; el rapero Kanye West, una de las mayores estrellas de la música en esta década, decidió seguir modificando su último disco días después de que fuese publicado. Al fin y al cabo, éste era sólo una playlist de canciones alojadas en un servidor, al que todos accedemos desde nuestros teléfonos.

La obra de arte en la era del cloud computing necesita aún de una teoría que la explique y dé sentido, pero es muy difícil negar que la tecnología lo cambia todo —las formas de crear, los modos de ver y todo lo de en medio—, y no siempre para bien. Hemos destruido medios de vida, sustituido miles de pequeñas librerías y tiendas de discos por monopolios digitales como nunca han existido, y hemos aceptado operar dentro de una máquina de control que penetra en nuestros teléfonos, hábitos e intimidades y cuyos mecanismos ni conocemos ni entendemos. El Gran Hermano cultural que articulan las bases de datos, los servidores y el registro individual de preferencias de consumo constituye un nuevo campo de batalla que aún no hemos ni explorado ni calibrado. Enfrascados muchos todavía en la lucha por un pasado que no volverá, seguimos avanzando sonámbulos y con pocos recursos epistemológicos para situarnos en este nuevo ahora.

Gemma Galdon Clavell es doctora en Políticas de Seguridad y Tecnología.

José Luis de Vicente es comisario independiente.

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