Estrella de Diego reivindica los malentendidos

Estrella de Diego reivindica los malentendidos, por Rut de las Heras Bertín, El País, 29 de noviembre de 2016.

Estrella de Diego, este domingo durante su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.Estrella de Diego, este domingo durante su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. JAIME VILLANUEVA

Estrella de Diego pasó la tarde de ayer militando, verbo que le gusta tomar de la pintora Maruja Mallo. Llegó al estrado del salón de actos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Rabasf) acompañada de otra pintora, Carmen Laffón, y desde ese lugar que lleva el nombre del espacio doméstico que antiguamente se reservaba a las mujeres, la catedrática de Arte Contemporáneode la Universidad Complutense de Madrid comenzó su discurso de ingreso en la Academia, A propósito del malentendido.

“Quería hablar de mujeres, lo que en realidad quería decir es: ‘Hola, soy feminista’. Mi sí a la Academia en gran parte se debió a que pensaba que como mujer tenía la obligación de hacerlo. [Solo hay tres mujeres académicas de número: De Diego, Laffón y la mezzosoprano Teresa Berganza]. Tengo claro es que no me represento a mí, sino a las voces que han estado secuestradas, excluidas, durante mucho tiempo y no solo de mujeres. Voy a prestar mi voz a todos a los que se les ha negado”, comentaba a EL PAÍS el pasado viernes en una larga charla que transcurrió entre lo humano y lo divino, lo banal y lo profundo. Estaba nerviosa e ilusionada. Lo primero por el miedo escénico que le sigue llenando el estómago de mariposas en cada conferencia -y que espera no perder nunca-. También por su afán de tener todo controlado y por el fin de semana que le quedaba por delante de preparativos, de atender a todos los amigos de cualquier parte del mundo que venían a estar con ella en ese día importante. “Me hace ilusión pertenecer a una institución que tiene casi 300 años”.

Estrella de Diego (Madrid, 1958), crítica de arte y colaboradora de EL PAÍS, vuelve a lugar en el que fue becaria hace varias décadas con el mismo espíritu observador y con objetivos en el horizonte. Uno de ellos es dar a conocer el museo que la Rabasf custodia, con una colección increíble, de la que se autodenomina devota: los tenebristas, La primavera de Arcimboldo… La calcografía y Goya. “¡No hay tantos arcimboldos!”, exclama con la vehemencia que la caracteriza. “Tiene que convertirse en un referente”, insiste mientras habla de los problemas de financiación de los que también lleva ideas. Dificultad que comparte con otro de sus lugares habituales: la universidad. “Se quejan de que no aparecemos en los primeros puestos en las listas de las mejores del mundo. ¡Dótala, mete pasta! Verás como así subimos posiciones y nos acercamos a Harvard”, dice sin titubear ni dejar hueco a los malentendidos. Esos los lleva a su discurso.

Rodeada de alumnos, de su madre y su padre -quien a los 98 años es el primer lector y corrector de sus textos-, de los académicos y de multitud de amigos. La también comisaria de exposiciones, defendió el malentendido como el territorio fértil donde surgen las mejores preguntas.

De Diego no se olvidó de nadie de los que la han apoyado sin que se haya tenido que esconder detrás de una inicial. De sus mentores; de Antonio Bonet Correa, su profesor y académico al que pidió que le diera la contestación al discurso, como homenaje a su seminario que hizo que De Diego no se marchara de la universidad española. Las palabras de Bonet desprendían cariño a pesar de la solemnidad del acto. El académico ya le dió el relevo universitario a la catedrática, que ayer tomó el relevo académico y la medalla número 52 del “entrañable José Luis Borau”, como dice De Diego, cineasta fallecido en 2012. No pudo dejar de nombrar a su queridísimo Jonathan Brown, uno de los máximos conocedores mundiales de Velázquez, que le mandó un mensaje para disculpar su ausencia en el que le decía: “El tiempo es fluido, pero los logros permanecen”. Lo que le dio que pensar a la nueva académica que la vida es ir dando testigos casi de manera inconsciente, como se los han entregado a ella.

EL TREN QUE INVADIÓ LA SALA DE CINE

El cine es “un exquisito malentendido”, en el que el estado del espectador es similar al sueño. Puede estar en varios lugares a la vez, su percepción es peculiar, la ficción y la realidad se camuflan. Estrella de Diego en su discurso de ingresos a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, A propósito del malentendido, recordó esa proyección de 1895 en París en la que el tren de los hermanos Lumière salía de la pantalla e invadía la sala, o por lo menos así lo percibieron algunos espectadores que se refugiaron bajo los asientos.

De Diego señaló a artistas periféricos, esos por los que trabaja y a los que quiere que mire el centro (esté donde esté): los fotógrafos Yinka Shonibare, nigeriano-británico, “que intenta subvertir las reglas coloniales”, y el japonés Morimura que parodia la cultura occidental. O la brasileña Tarsila do Amaral que en la década de los veinte optó por una pintura en la que Mondrian (lo abstracto) se encontraba con África. El último malentendido que la nueva académica relató en su discurso es el que abrió el acceso de las mujeres a estas instituciones. Laura Herford, en 1860, decidió presentar sus dibujos para ser admitida en la Royal Academy de Londres. Firmó la solicitud como L. Herford y fue aceptada suponiendo que era un hombre. Esa L marcó un cambio de época para las artistas.

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Cuéntenles a sus hijos quién es Marcos Ana

Cuéntenles a sus hijos quién era Marcos Ana, por Isaac Rosa, El Diario, 24 de noviembre de 2016.

El poeta y ex preso del franquismo Marcos Ana, ingresado en el Gregorio Marañón con pronóstico grave

Cuéntenles a sus hijas e hijos quién es Marcos Ana. Porque de lo contrario, salvo que hayan tenido la suerte de conocerlo en alguna de sus visitas a colegios e institutos, es probable que no sepan quién es. Pese a algunos homenajes y reconocimientos recientes, este jueves eran muchos los que buscaban en Google quién es ese tal Marcos Ana. Y esa ignorancia da la medida de los agujeros que sigue teniendo la memoria colectiva de este país, sobre todo con los antifascistas, y más con los comunistas.

Y si sus hijos no saben quién es Marcos Ana, quizás tampoco sepan que hace ochenta años hubo mujeres y hombres que lucharon contra el fascismo, algunos casi niños, como él. Y que decenas de miles fueron condenados a muerte, fusilados, pasados a garrote. A punto estuvo Ana, condenado a muerte dos veces. Quizás sus hijos han oído algo de la dictadura, pero no conocen cómo eran las durísimas cárceles de la posguerra, donde Marcos Ana se dejó 23 años. Porlier, Ocaña, Burgos. Repítanles la cifra a sus hijos: 23 años. Toda la juventud, entrar adolescente y salir adulto.

Si tienen edad para ello, cuéntenles también cómo torturaba el franquismo, las palizas que Ana y tantos antifascistas se llevaron en esas cárceles o en la Puerta del Sol madrileña, donde sigue sin haber una placa que los recuerde.

Cuéntenles a sus hijas e hijos quién es Marcos Ana, denles a leer sus memorias, para que conozcan cómo trabajadoras y trabajadores de todo el mundo fueron solidarios con los presos españoles y contra la dictadura. Todos esos países donde acogieron a Ana en los quince años que pasó llevando por el mundo la lucha por la libertad y los derechos humanos en España.

Aunque quizás sus hijas, sus hijos, les sorprenden: claro que saben quién es Marcos Ana. El revolucionario, el comunista, el poeta. Lo conocieron en Sol, cuando el 15M. Lo han visto en manifestaciones, en concentraciones, en huelgas, en actos solidarios. Puede que hasta hayan ido a su casa, su piso en Retiro que siempre ha estado abierto, donde si vas coincides siempre con varias visitas a la vez, jóvenes sobre todo. La casa abierta de quien estuvo 23 años encerrado y decidió que “si salgo un día a la vida / mi casa no tendrá llaves”.

No solo a sus hijos: cuenten a todo el mundo quién es Marcos Ana, porque vamos a necesitar mucha gente para mantener viva toda la memoria que llevaba encima. La suya, la de sus padres, Marcos y Ana. La de sus camaradas caídos. La de tantas mujeres y hombres que conoció en la guerra, en la ratonera trágica del puerto de Alicante, en el terrible Campo de los Almendros, en las cárceles donde había sacas diarias y frío, hambre, enfermedad y palizas; en el exilio del que muchos ya no tuvieron tiempo para volver.

De todos es memoria Marcos Ana, de todos lleva décadas hablando en plural, siendo “nosotros”, leal y generoso. Hoy ha muerto, ya no podrá seguir recuperando los años que le quitó la cárcel. Y vamos a necesitar mucha gente buena para mantener viva su resistencia, que es la de miles de mujeres y hombres desde hace un siglo.

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Tres filósofos contra la prisa y el ruido

Tres filósofos contra la prisa y el ruido, por Borja Hermoso, El País, 26 de noviembre de 2016.

Desde la izquierda, César Rendueles, Manuel Cruz y Daniel Innerarity, en Burgos.Desde la izquierda, César Rendueles, Manuel Cruz y Daniel Innerarity, en Burgos. WIFREDO ROMÁN

Asumiendo la no existencia de piedras filosofales que resuelvan nuestros extravíos, se trataba en este caso –más que de dar aventuradas respuestas- de buscar las buenas preguntas. O al menos de desbrozar caminos. Así que César Rendueles, Manuel Cruz y Daniel Innerarity, tres de los nombres más activos e inquietos del pensamiento en español, aceptaron la invitación de EL PAÍS para hablar de todo y de nada. Esta conversación se desarrolló recientemente en Burgos, tras la intervención de los tres autores en el II Foro de la Cultura. Una de las conclusiones de la charla: todo va demasiado deprisa en nuestras sociedades de hoy.

Pregunta. Entonces… ¿cultura… o culturas?

Manuel Cruz. Yo estoy de acuerdo en lo de culturas, en plural. Y a veces la cultura no es que esté viciada por una lógica mercantil, sino que responde además a una lógica de subalternidad. Se habla siempre del creador, y la izquierda a lo más que llega es a reclamar que el máximo de gente tenga acceso a la obra de ese creador. Y ahí se entrecruzan los conceptos de obra de arte y de autoridad. Hay que revisar ese vínculo.

César Rendueles. Tendemos a hablar de la cultura en términos de prácticas profesionales, y despreciamos una riquísima cultura amateur, y esto tiene que ver con la precarización. O nos olvidamos de prácticas estéticas o artesanales no estrictamente culturales pero que rondan ese territorio, como pueden ser algunas manifestaciones deportivas. En los periódicos hay cosas que salen en las páginas de Cultura cuando deberían salir en las de Consumo, y en cambio algunas de Deportes podrían ir en Cultura.

Daniel Innerarity. La cultura ya no se puede entender como un mundo de espacios contenedores. Como pasa en la universidad, las mejores ideas suelen surgir entre chispazos, entre espacios que se están peleando y colaborando y una excesiva especialización trae cosas normalmente poco interesantes.

M. C. Suele darse una identificación entre cultura y saber… y eso nos lleva a las academias. O sea, el saber como aquello de lo que hay academia, y si no, no es saber. Y pienso si ahí no ha habido un retroceso en planteamientos que se llegaron a hacer pero que no han tenido más recorrido, pienso en aquello que Vázquez Montalbándefendía como subcultura.

P. Que un rapero improvise durante 24 horas rimando letras y poniéndoles música, para algunos es subcultura. Para otros es cultura con mayúsculas. Y por cierto: ¿no creen que esos mensajes improvisados –lo mismo que el replanteamiento crítico de ideas y situaciones mediante la filosofía- pueden estar interesando tanto a la gente más joven porque los dos se enfrentan a los mensajes estáticos, oficiales?

D. I. Hay un libro muy interesante de Von Kleist, aunque de título horrible, Sobre la formación de nuestro pensamiento a medida que se habla.Trata de que, en el fondo, no hay pensamiento allí donde no se da un cierto bricolaje personal. Vivimos en un mundo atravesado de discursos oficiales, prácticas institucionales y lugares comunes. En esos circuitos mecánicos hay que introducir elementos de reflexividad, y por lo tanto de apropiación. Pensar es tener un interruptor. E interrumpir.

P. Sí, pero para eso de pensar por uno mismo hace falta silencio y tiempo, justo lo que empieza a faltar. Más bien hay ruido y prisa.

C. R. Totalmente. Y enlazando con lo de antes: yo desconfío de la espontaneidad. Y creo que si alguna fuerza tienen la filosofía y el pensamiento racional es esa capacidad de someter esa espontaneidad. Y efectivamente, hay un ruido de fondo que nos inunda, es como una rueda de hámster…

P. ¿Se llama inercia?

C. R. Sí, la inercia simbólica y social que nos rodea.

M. C. A la gente le hace gracia que el filósofo piense de las cosas concretas… en el fondo espera que el filósofo vea en ellas más cosas de las que uno ve. Pero por otro lado creo que la gente necesita también esquemas teóricos, elementos que le organicen un poco el mundo.

D. I. Hacen falta mapas, referencias a la totalidad…

M. C. Sí, y otra cosa: el tiempo ha desaparecido. Ya no funcionamos con tiempo, sino con una sucesión de instantes de los que se espera la máxima intensidad.

D. I. Decía Wittgenstein que si los filósofos formáramos una secta y tuviéramos una expresión que nos desvelara como tales, una clave que marcara esa pertenencia, sería precisamente “tómate tu tiempo”…

C. R. Los espacios culturales privilegiados, al menos en las dos últimas décadas, han sido muy refractarios a los espacios de desconexión. A mí me alarma lo poco que se habla de las bibliotecas, unas instituciones milenarias que funcionan particularmente bien. Y resulta que lo único que dicen de ellas los programas culturales de los partidos políticos es que su problema es de conectividad. ¡Cuando justamente es al revés, son espacios de desconexión que funcionan muy bien! Y lo mismo está pasando en la Universidad, donde los espacios académicos que implican pausa y perspectiva son demonizados.

P. ¿Temen que el estudio de las humanidades acabe muriendo de muerte lenta al no ser vistas como saberes útiles?

D. I. Totalmente. En el mundo de la investigación filosófica, la rentabilidad que se nos exige es una rentabilidad pensada con criterios de las ciencias de la naturaleza.

C. R. Se está uniformizando muchísimo la producción científica, cada vez es más difícil desarrollar investigaciones un poco marginales o arriesgadas. Se busca el rendimiento inmediato. Todo esto es una catástrofe.

D. I. Vivimos en una sociedad que no está muy interesada en replantearse la cuestión de qué significa que algo sea útil. Es una cuestión que incomoda.

M. C. ¿Utilidad? Mira, es muy normal que cualquier persona de la calle te diga de los políticos: “¡Bah, es que no quieren otra cosa que el poder!”, como hablando de algo asqueroso. Pero ¿y si en vez de querer el poder quisieran acumular mucho dinero? ¿Es que eso sería mejor?

P. Ahí sale la figura del idiotes aristotélico… la abdicación de muchísima gente ante la política, ¿no?

C. R. Bueno, yo soy más optimista. Cada vez veo más gente consciente de llevar “vidas dañadas”, como decía Adorno. De haber vivido y seguir viviendo una mentira. Y lo veo también en la Universidad. Frente a una inercia heredada del pasado, cada vez veo más gente, sobre todo estudiantes, que hace grandes esfuerzos para vivir de otra manera.

P. En lo referente a cierta lógica de la volatilidad y la obsolescencia programada de las cosas, ¿hasta qué punto ha incidido en ello la apuesta furiosa por el avance tecnólogico/digital? ¿No desemboca eso a veces en la chuchería digital?

C. R. El solucionismo tecnológico es el síntoma de una aceleración consumista, de un consumismo llevado a ámbitos de nuestras vidas que de otra manera sería más difícil comercializar… como el ámbito de las emociones o el de la información. Así que, por ejemplo, sistemáticamente buscamos una especie de ídolo en las tecnologías digitales ¡como si fueran las únicas tecnologías que hay!

M. C. Ojalá que lo tecnológico fuera una chuchería, pero no lo es. Eso que llamamos el complejo científico-técnico no para de crecer.

P. “Un mundo de todos y de nadie”, escribió Daniel Innerarity…

D. I. Bueno, pero hay formas de desaceleración que son muy emancipadoras. Yo creo, por ejemplo, que no responder el correo electrónico o el tuit o el whatsapp de forma inmediata es una fuente de ganancia de racionalidad. Las cosas que se hacen inmediatamente se hacen mal. Evitar los automatismos y no estar sujetos a la lógica de lo inmediato es liberador.

C. R. Hay una larga tradición de reaccionarios de izquierda, como Benjamin o Pasolini, que fueron premonitorios, con una enorme capacidad para vislumbrar hacia dónde nos llevaba el desarrollismo brutal. Y creo que el pensamiento ecologista y eco-socialista sí que está planteando algunos desafíos políticos urgentes en esa dirección.

César Rendueles (Gerona, 1975). Sociólogo y doctor en Filosofía, enseña actualmente Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus ensayos recientes destacan Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital (2013) y Capitalismo canalla. Una historia personal del capitalismo a través de la literatura (2015). Rendueles fue uno de los fundadores, en 2002, del movimiento social y cultural de izquierdas Ladinamo.

Daniel Innerarity (Bilbao, 1959). Catedrático de Filosofía Política y Social, investigador IKERBASQUE en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática. Entre sus obras destacan La democracia del conocimiento (Premio Euskadi de Ensayo 2012), La sociedad invisible(Premio Espasa de Ensayo 2004) o La transformación de la política (Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Ensayo de 2003). Fue número 2 en las listas de la coalición navarra Geroa Bai en las elecciones generales del pasado 20 de diciembre.

Manuel Cruz (Barcelona, 1951). Catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona e investigador en el Instituto de Filosofía del CSIC (Madrid). Algunos de sus principales ensayos son Las malas pasadas del pasado (Premio Anagrama de Ensayo 2005), Amo, luego existo (Premio Espasa de Ensayo 2010) y Ser sin tiempo, que acaba de publicar en Herder Editorial. Es diputado independiente por el PSC-PSOE en el Congreso.

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Por una democracia compleja

Por una democracia compleja, por Daniel Innerarity, El País, 16 de noviembre de 2016.

Por una democracia compleja

Las democracias son regímenes de escasa previsibilidad. Que pueda suceder lo inverosímil es algo posibilitado por la lógica de un sistema abierto aunque lo paguemos con una vulnerabilidad en ocasiones inquietante. Cuando los estadounidenses eligieron como presidente a George Bush algunos lo saludaron como la posibilidad de que una persona normal llegara hasta allí (alguien que había tenido dificultades con el alcohol y se atragantaba comiendo galletas) y ahora podemos asegurar que la democracia es un sistema tan abierto que puede llegar a ser presidente incluso alguien muy por debajo de lo normal.

Más allá de esta indeterminación de nuestros sistemas políticos, ¿qué está pasando para que los populistas (si quienes han declarado este término como políticamente incorrecto me permiten utilizarlo) parezcan disfrutar de tantas ventajas competitivas?

Mi hipótesis es que nuestros sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación de la realidad y no representen más que un alivio pasajero. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre nosotros y ellos, o entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador. Poco importa que muchos candidatos propongan soluciones ineficaces para problemas mal identificados, con tal de que ambas cosas —problemas y soluciones— tengan la nitidez de un muro o sean tan gratificantes como saberse parte de un nosotros incuestionable.

Las recientes elecciones en Estados Unidos han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se deselige; hay mucho más rechazo que proyecto. Estos comportamientos del “soberano negativo” manifiestan una profunda desesperación: no se vota para solucionar sino para expresar un malestar. Y, en lógica correspondencia, son elegidos quienes prefieren encabezar las protestas contra los problemas que ponerse a trabajar por arreglarlos. Por eso la competencia o incompetencia de los candidatos es un argumento tan débil. Lo decisivo es representar el malestar mejor que otros.

Por supuesto que no basta con estar indignados para tener razón, ni los llamados “perdedores de la globalización” (o quienes así se llaman sin serlo o sin serlo en exclusiva) tienen una mayor clarividencia acerca de lo que nos conviene; la cólera, tantas veces justificada, no nos exime de hacer análisis correctos y proponer soluciones eficaces. La extrema derecha no es la que está en mejores condiciones de hacer frente a los desarreglos de la globalización sino la que ha ofrecido el relato más verosímil para una buena parte de los enfurecidos. Otra parte ha ido a buscar esa explicación simple en el extremo opuesto, en políticos como Iglesias, Grillo o Mélenchon, a quienes el hecho de compartir la misma lógica que sus siniestros oponentes no parece inquietarles demasiado. No tienen la misma ideología, por supuesto, pero sí la misma lógica simplificadora.

Se equivoca quien juzga este incremento de los extremismos a partir del precedente de los movimientos antidemocráticos que dieron lugar a los totalitarismos del siglo pasado. A diferencia de aquellos, estos utilizan un lenguaje democrático. Lo que ocurre es que tienen una idea simplista de la democracia y absolutizan una de sus dimensiones. Por eso no haremos frente a esta amenaza mientras no ganemos una batalla conceptual que haga inteligible y atractiva la idea de una democracia compleja. La democracia es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos tienen una retórica democrática porque toman uno solo de ellos y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás. Se degrada la democracia cuando se absolutiza el momento plebiscitario o cuando entendemos la democracia como soberanía nacional impermeable a cualquier obligación más allá de nuestras fronteras. Si los populismos resultan tan aceptables para sectores cada vez más amplios de la población no es porque haya cada vez más fascistas entre nosotros, sino porque hay más gente que se deja convencer de que la democracia es solo eso. Por esta razón, a tales amenazas en nombre de la democracia, a su mutilación simplista, solo se les hace frente con otro concepto de democracia, más completo, más complejo.

Lo primero que nos enseña un concepto complejo de democracia es que la democracia es un proceso. Una democracia de calidad es más compleja que la aclamación plebiscitaria; en ella debe haber espacio para el rechazo y la protesta, por supuesto, pero también para la transformación y la construcción; el tiempo dedicado a la deliberación es mayor que el que empleamos en decidir. No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.

La implicación de las sociedades en el gobierno debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red; ha de ser entendida como una intervención continua en su propio autogobierno a través de una pluralidad de procedimientos, unos más directos y otros más representativos, donde sea posible rechazar pero también proponer, con espacios para el antagonismo pero también para el acuerdo, que permitan la expresión de las emociones tanto como el ejercicio de la racionalidad.

Hemos de trabajar en favor de una cultura política más compleja y matizada. Uno de nuestros principales problemas tiene su origen en el hecho de que cuando las sociedades se polarizan en torno a contraposiciones simples no dan lugar a procesos democráticos de calidad. ¿Cómo promover una cultura política en la que los planteamientos matizados y complejos no sean castigados sistemáticamente con la desatención e incluso el desprecio? ¿Cómo evitar que sea tan rentable electoralmente la simpleza y el mero rechazo? ¿Por qué son tan poco reconocidos valores políticos como el rigor o la responsabilidad? Solo una democracia compleja es una democracia completa.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor invitado en la Universidad de Georgetown. Su último libro es La política en tiempos de indignación.

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Esto nos puede pasar

Esto nos puede pasar, por Elvira Lindo, El País, 26 de noviembre de 2016.

Un hombre lee un artículo sobre Trump en 'The New York Times', el 26 de octubre en Washington.
Un hombre lee un artículo sobre Trump en ‘The New York Times’, el 26 de octubre en Washington. GABRIELLA DEMCZUK AFP

Al día siguiente de las elecciones americanas, dije en la radio que las sorpresas que nos estamos llevando algo tienen que ver con el desconcierto del periodismo frente a un universo cibernético que nos presenta solo aquello que deseamos escuchar. Noté una cierta incomodidad en mis compañeros de tertulia. Algo así como, encima de que estamos en crisis ahora la culpa la tenemos los periodistas. No, los periodistas uno a uno, no. Pero es obvio que algo falla. El lector no busca la verdad sino la confirmación de sus convicciones. Y las grandes compañías, que trafican con nuestros datos y nos conocen ya más que nuestra pareja, nos tientan con las páginas en las que encontraremos unas opiniones que coincidan felizmente con las nuestras. Es aterrador.

El caso es que algo así se deben de temer los directores de la prensa americana cuando en estos días abundan los reportajes sobre esa parte del país que parecía remota pero que ahora importa, dado que ha cambiado el curso de la historia. Ojalá esto nos enseñe que sobran analistas y falta periodismo. Pero hubo una pieza, firmada por el poeta Charles Simic, que me llamó poderosamente la atención. Primero, porque estaba escrita desde el terreno, este poeta de origen yugoslavo vive en una zona rural de New Hampshire; segundo, porque su análisis carecía de toda esa jerga antipática en la que nos han ahogado los expertos. Contaba sus sensaciones en el lenguaje preciso con el que se moldea la poesía. Decía, por ejemplo:

“Todos los que tenemos familiaridad con las zonas rurales y con las abandonadas zonas industriales de este país sabemos del empobrecimiento y la desesperanza de muchos hombres y mujeres que viven aquí. Sobreviviendo penosamente por trabajos de media jornada, dado que las empresas no suelen contratarlos a jornada completa, suelen estar mal pagados y ahogados por las deudas. Su corazón les dice que tanto ellos como sus hijos son prescindibles. Lógicamente, están enfadados”.

Mientras el partido demócrata afirmaba que la economía iba bien, ¡la economía!, los “prescindibles” no advertían una mejora en sus vidas. Así que creyeron al primero que apareció por allí para decirles que, efectivamente, su vida era una mierda. “Votaron —en palabras de Simic— al bufón millonario al que no le importa si viven o mueren”.

Las palabras del poeta me llevaron a ordenar mi pensamiento, confuso de tanta lectura, y ordenarlo de la siguiente manera:

La izquierda se ha centrado en las últimas décadas en las políticas de identidad y ha abandonado la cuestión social.

Lo más rentable para un político es apuntarse a las políticas de identidad. Solo le basta con manejar la jerga. Ni tan siquiera se ve obligado a creer verdaderamente en lo que está diciendo.

Ya Martin L. King, antes de ser asesinado, predijo que el futuro de los movimientos de los derechos civiles estaba en unirse al resto de los trabajadores. Hacer con ellos causa común.

Las reivindicaciones identitarias han quedado en manos de expertos académicos que han encontrado en ellas su modo de vida.

La izquierda, segmentada en grupos, ha perdido fuerza: cada grupo cree que su reivindicación está desconectada de la del grupo de al lado.

Internet ha potenciado esa segmentación al máximo.

Cuando las mujeres, convocamos un encuentro feminista con el expresivo lema “Solo faltan las muertas”, siento que nos olvidamos de otros muertos que se quedan como almas en pena: los niños de la guerra de Siria, las parturientas sin hospital en Alepo, las y los adolescentes que tratan de llegar a Europa desde Nigeria y se dejan la vida en el camino, las ancianas que se mueren sin tener electricidad para calentarse. La humanidad, la humanidad.

A fuerza de olvidarse de la clase obrera, el Partido Demócrata la ha perdido. Esa clase obrera blanca se ha identificado con el individuo que ha culpado a terceros de su desgracia: a los latinos, a las mujeres, a los negros, a los musulmanes.

Trump ha afirmado que reabrirá las minas de carbón. Y la izquierda o centro izquierda ha sido incapaz de explicar a esa clase obrera que eso es imposible, que hay que buscar alternativas. No defienden con valentía un discurso ecologista.

La consecuencia de una izquierda ensimismada en las políticas de identidad ha sido que la clase obrera, dejada de la mano de Dios, está siendo acunada por la ultraderecha, que adorna su discurso con consignas racistas, xenófobas y misóginas. Como fatal resultado, todo se ha vuelto en contra precisamente de esas minorías que la izquierda decía defender.

Los blancos pobres han visto alimentado su racismo; los negros pobres su exclusión. Las mujeres, pobres o de clase media, han sido acusadas de arrebatar el espacio a los hombres. Los latinos de agredir a los blancos.

La realidad es que no habrá manera de obtener justicia social si cada uno quiere estar cobijado entre los suyos.

Sé que alguno me reprochará que por qué no escribo de lo que nos pasa a nosotros. Pero es que esto va de nosotros. Es un aviso, y como no nos demos cuenta, mal vamos.

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Un pacto nacional por la cultura

Un pacto nacional por la cultura, por Juan Cruz, El País, 19 de noviembre de 2016.

Hace muchos años que la cultura española se levanta tarde. Adormecida y macilenta, descuidada por los poderes públicos, que desconocen su enorme potencial económico, de creación de empleo y alegría, vive el sueño injusto de la pereza estatal.

Creadores muy notables, que llevan el nombre del país a las carteleras y a las estanterías, están amenazados (e incluso denunciados) por mandatarios sin rigor que los comparan con evasores u otros delincuentes solo porque un día se alzaron contra el poder que mandó tropas a Irak.
Esa ansiedad de venganza llegó a las leyes impositivas, y hoy el teatro, el cine, otras artes, languidecen cuando no se entusiasma en las catacumbas.

El asunto es gravísimo; hay otros más graves, naturalmente; la educación anda en volandas de un esqueleto llamado Lomce, a punto de ser defenestrada, y la sanidad conoce los inhumanos recortes, que convierten en un aullido de dolor, de dolor verdadero, el sufrimiento de las personas frente a la potencia de hospitales públicos que no tienen ni capacidad ni gente para atender a los dolientes.

En ese marco de desidias, en un país que gasta dinero en rescatar cajas registradoras, el caso de la cultura sobrenada como si no tuviera importancia, como si fuera cosa de las élites a las que conviene tener a buen recaudo. Las instituciones públicas (de todas las autonomías) y las instituciones estatales de la cultura, los partidos políticos, sus líderes incluidos, el propio Gobierno del Estado, registran con poca energía su relación con la creación cultural, con el cuidado del patrimonio (del antiguo y del moderno); el Gobierno actual, además, ha dejado ya en dos legislaturas que este renglón de atención a la creación de un país más culto, más integrado en una Europa que no recorta sino que emprende, se quede sin minsterio.

Y ahí está el pobre ministro de Educación y demás etcéteras solo en el banco azul, con la cabeza hecha un lío y con tres o dieciséis ministerios a los que atender. No hace falta un Ministerio de Cultura, probablemente, para la energía (y el dinero) que se presupuesta para su acción. Y no hace falta, quizá, porque no hay un pacto de Estado por la cultura; la administración no se toma en serio la cultura, se suele decir. Como casi todos los lugares comunes, este se basa en la realidad. Y la realidad es esa: España no tiene un Ministerio de Cultura porque a los poderes del Estado la cultura les parece interesante solo para retratarse con los Reyes o con los premiados cuando se dan los premios. Para los castigos no hay nadie, y la cultura española está viviendo un tiempo amargo, cuyos símbolos son muy variados: tienen que ver con el paro, con la falta de apoyo público (de los gobernantes, de los medios públicos, incluida la televisión, del parlamento) a la iniciativa de creadores y empresarios, de instituciones, que cuentan con una raya en el agua las veces que ministros, presidente y otras autoridades acuden a las manifestaciones que tienen lugar en este país. Se habla de un pacto por la Educación; se tendría que hablar también de un Pacto Nacional por la Cultura. Muchos puestos de trabajo se han perdido, innumerables están en riesgo.

Por lo menos que se retraten juntos por ese pacto los que ya ni cuando hacen campaña electoral acuden a los creadores para hacerse la foto.

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El espejismo de la igualdad: hombres que creen que comparten las tareas de la casa

El espejismo de la igualdad: hombres que creen que comparten las tareas de la casa, por Ana Requena Aguilar, El Diario, 20 de noviembre de 2016.

Protesta para pedir la equiparación de permisos de maternidad y paternidad. EFE

Protesta para pedir la equiparación de permisos de maternidad y paternidad. EFE

El chat de whatsapp de Raquel y sus amigas echa humo. Algunas acaban de pasar la treintena, otras están más cerca de los cuarenta, pero a todas les une una circunstancia vital: sus hijos han nacido en el último año y medio, y su vida profesional y de pareja (heterosexual) echa chispas. “Ayer llegué a casa del trabajo y me puse a hacer cosas de la casa, las que me dejó el nene. Llegó la hora de cenar y Juan no llegaba. Cuando apareció, el niño ya estaba dormido. Me dijo que había estado en el gimnasio. Yo no había tenido tiempo ni de ducharme”, dice Carol, que ha pedido una reducción de jornada para poder atender a su hijo por las tardes. “Me paso el día haciendo cosas y él llega y dice que no es para tanto y que tengo suerte de tener a alguien como él que hace cosas en casa”, se queja Alicia, que cogió una excedencia por cuidado de hijo y cuyo hogar se sostiene económicamente con el sueldo de su marido, que ha ampliado sus responsabilidades.

Sus conversaciones son más que una anécdota, son la imagen de una realidad que se resiste a cambiar: las mujeres, también las jóvenes, siguen cargando en mayor medida con el trabajo doméstico y de cuidados; los hombres asumen más que las generaciones anteriores, pero el reparto aún está lejos de ser equitativo. “Desde 2002 hasta ahora se ve un pequeño aumento de su participación en las tareas domésticas, que tiene que ver con la bajada del empleo. Ha habido un reajuste interno, ahora hay más parejas con dos ingresos y donde ambos trabajan a jornada completa. Los padres jóvenes están más implicados que sus padres pero la desigualdad sigue existiendo. Ellas siguen siendo las principales responsables del cuidado”, resume la socióloga y profesora de la UNED Teresa Jurado.

Las encuestas revelan que las generaciones jóvenes se identifican con valores de igualdad en la familia y rechazan el modelo tradicional con una división asimétrica de las tareas. Según el último estudio Familia y Género del CIS, de 2012, el 88,9% de los hombres y el 92,5% de las mujeres prefieren un modelo de familia en el que los dos miembros de la pareja participen de los ingresos y las tareas de cuidado.

El día a día, sin embargo, muestra una realidad diferente. Las mujeres dedican diariamente 2,5 horas más al día que los hombres a tareas domésticas y de cuidado, 1,4 horas menos al trabajo remunerado y 1 hora menos al ocio y el tiempo libre, según recoge el informe Spanish Gender Gap, de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea). La llegada de un hijo, subraya el informe, ahonda ese reparto desigual de tareas.

Laura Baena, fundadora del club Malasmadres, tiene claro que para lograr la añorada conciliación en el mundo laboral que permita una racionalización de los horarios, antes hay que lograr la corresponsabilidad. La última campaña de sensibilización de este club se llama  Somos Equipo y se crea bajo el lema “Por una conciliación real, una sociedad igualitaria. Por la corresponsabilidad”. En una reciente entrevista en eldiario.es Baena se preguntaba, “La mujer ha entrado en el mercado laboral. ¿Cuándo va a entrar el hombre en el hogar? Las mujeres acaban teniendo dos jornadas de trabajo”

“Es cierto que el concepto de paternidad comprometida está cada vez más presente entre los padres españoles jóvenes. Ahora bien, algunos hombres se han implicado en los cuidados pero otros reproducen en mayor o menor medida las pautas de las generaciones anteriores. Algunos hombres se consideran igualitarios porque “participan” más en el cuidado respecto a sus propios padres pero eso no les convierten automáticamente en padres comprometidos o corresponsables”, explica la investigadora Teresa Martín, investigadora principal de MenRolesProject, una iniciativa del Departamento de Población del CSIC. Martín cree que el margen para que, de facto, hombres y mujeres sean corresponsables de cuidados e ingresos es muy amplio.

Jurado y Martín describen varios modelos de paternidad que conviven actualmente. “Hay parejas que intentan hacerlo de otra forma. Padres que adaptan sus empleos a su paternidad. Padres que aportan más tiempo, aunque en su pareja la responsabilidad principal es de la madre. Otros padres se implican solo por las tardes y los fines de semana, y los hay también ocasionales, con muy poco tiempo para cuidar y que se ven a ellos mismos como sustentadores principales”.

Teresa Jurado es coatura del libro Padres y madres corresponsables. Una utopía real, para el que entrevistaron a decenas de parejas. Íñigo y Vanesa son una de ellas. Él es ingeniero de energías renovables, ella es asesora laboral, y tienen dos hijos de cinco y tres años. Después de que nacieran, Vanesa redujo su jornada en tres horas diarias. “Ya lo teníamos pensado desde el principio, desgraciadamente es lo que hace la mayoría, ella cuida más que él. En nuestro caso él es el que más gana y económicamente nos sale mejor. Si los sueldos hubieran sido al revés hubiera sido otra la elección”, asegura ella. Su organización no la ha perjudicado en su empleo, donde ha aumentado de categoría, algo que, sabe, “no es lo habitual” en su situación.

Sus horarios condicionan el reparto de tareas. Vanesa sale a las tres, recoge a sus dos hijos y pasa la tarde con ellos. “Él lleva al mayor al colegio, tiene cierta flexibilidad para entrar y salir, les puede llevar al médico”, explica Vanesa. Cuando acaba su trabajo, a las siete, Íñigo va a casa a encargarse de cenas, baño, “lo que toque”. “Hacemos un reparto muy equitativo. En su caso es lo que ha visto en casa porque su padre también era un hombre muy implicado, no era así en la mía. Sí creo que tengo suerte de haber dado con un hombre como él, en general las parejas de mis compañeras hacen menos”, reflexiona ella.

Participativos, pero no corresponsables

El desequilibrio va más allá del tiempo. Tiene que ver también con el tipo de tareas que asume cada miembro de la pareja y con quién toma las decisiones. “Un reparto verdaderamente igualitario de las tareas de cuidado implicaría que ellos también se responsabilicen y sean los encargados de la gestión y el control de los cuidados, aún cuando la madre esté presente. Por ejemplo, que decidan también qué tiene que comer el niño o niña (no sólo darle la papilla que prepara la madre), si necesita ropa nueva (no sólo ponerle la que le deja la madre ya preparada por las mañanas), qué hay que meterle en la mochila para ir a la escuela infantil (no sólo cogerla cuando van a salir de casa), concertar citas con el médico (no sólo llevarlo), buscar una cuidadora (no delegar la tarea sólo a la pareja)…”, explica la investigadora de Men Roles Project.

Ese es uno de los motivos, apunta Martín, por el que algunos hombres que se consideran igualitarios porque participan más en el cuidado de lo que lo hacían las generaciones anteriores no sean en la práctica padres corresponsables. “Piensan que hacen mucho pero en realidad sólo son participativos o accesibles, sin llegar a asumir la toma de decisiones o planificación del cuidado. Por eso muchas mujeres se lamentan. Ellos creen hacer mucho pero en realidad hacen aquello que planifica y decide la pareja e incluso delegan tareas si ella está presente.”. 

Lo que sucede en los hogares condiciona el mercado laboral. El informe Spanish gender Gap de Fedea desgrana decenas de datos que muestran cómo el desequilibrio en el reparto del trabajo de cuidados afecta a la desigualdades que existen en el mercado laboral. “Cuanto más desigual es la distribución de tareas domésticas dentro del hogar, mayor es la brecha de género en la participación laboral”, señala el informe. Más tasa de paro, de temporalidad, y de contratos a tiempo parcial no deseados entre las mujeres, brecha salarial, o segregación ocupacional son algunas de las consecuencias.

Aunque con variaciones sobre su aplicación, cada vez más voces coinciden en que la equiparación de los permisos de maternidad y paternidad es de las medidas clave para romper este desequilibrio: implicaría desde el principio a los hombres en los cuidados, cambiaría la percepción social de que el cuidado es tarea principal de las madres, y contribuiría a evitar la discriminación laboral por maternidad.

No es la única: las cuotas, la racionalización de horarios y extender los servicios públicos de cuidados son otras de las políticas públicas que están sobre la mesa. Medidas que sirvan para romper con una inercia que, explica la investigadora del CSIC Teresa Martín, está muy asentada. “Aún existe una concepción generalizada en la sociedad y entre algunas parejas e incluso mujeres por la cual la maternidad es un fenómeno que las atañe sobre todo a ellas y por lo tanto, son las que acaban asumiendo estas medidas para cuidar. No se puede llegar a ser padre comprometido si la orientación al empleo es tan fuerte como para darle siempre prioridad al trabajo frente al tiempo familiar y personal”.

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