Thelonious Monk, en su retiro

Thelonious Monk, en su retiro, por Antonio Muñoz Molina, 24 de octubre de 2009.

http://elpais.com/diario/2009/10/24/babelia/1256343138_850215.html

Desde la ventana de la habitación que abandonó muy pocas veces en los últimos años de su vida Thelonious Monk veía el río Hudson y el perfil entrecortado de Manhattan. Cada mañana se vestía escrupulosamente con sus trajes bien cortados, sus grandes zapatos, sus calcetines y sus corbatas a juego, como si tuviera que acudir a alguna cita en la ciudad, y a continuación se tendía en la cama, y se pasaba el día mirando el techo, o se incorporaba sobre los almohadones doblados para mirar la televisión. Su programa favorito era la versión americana de El Precio Justo. El pianista Barry Harris, que vivía en la misma casa, y que ensayaba en una sala próxima, se asomaba a veces a la habitación de Monk y al verlo inmóvil y formal encima de la cama pensaba que parecía un muerto en su ataúd. La casa estaba en Nueva Jersey y había pertenecido al director de cine Joseph von Sternberg. Su dueña era ahora la baronesa Pannonica de Koenigwarter, que llevaba años dedicando su vida y su fortuna a proteger a músicos de jazz, y que en 1955, en su apartamento del hotel Stanhope de Nueva York, había acogido a Charlie Parker, enfermo y desahuciado. Mientras la baronesa Pannonica le preparaba algo de cena o una bebida Parker estaba en el sofá mirando un programa cómico que le gustaba mucho. Se le paró el corazón en medio de un ataque de risa.

Ahora Pannonica o Nica vivía retirada en Nueva Jersey en compañía de sesenta gatos y desde 1976 tenía como huésped a Monk, que llevaba todo ese tiempo sin tocar el piano, sin hacer nada, sólo levantarse cada mañana y vestirse y volver a tenderse en la cama recién hecha para mirar al techo o volver los ojos hacia la ventana en la que se recortaba cada día la silueta azulada o diluida en la niebla de la ciudad en la que había crecido y pasado la mayor parte de su vida, y a la que no iba a volver, teniéndola tan cerca. Le gustaba a veces dejar la puerta entornada para escuchar a Barry Harris tocando el piano. También se daba algún paseo por el bosque cercano a la casa. Cuesta imaginar a Thelonious Monk caminando por un sendero en un bosque, grande y solo, incongruente con su traje de ciudad y su falta de costumbre de frecuentar la naturaleza, alguien crecido en las calles peligrosas del West Side de Manhattan, aclimatado muy pronto a la tiniebla de los clubes, los callejones, las esquinas nocturnas. Caminaría con una torpeza urbana agravada por la enfermedad, con algo de sonambulismo, con la mirada ausente y la expresión ensimismada, atento tal vez a los rumores del viento en las hojas y a los cantos de los pájaros, él que había tenido desde niño un oído tan sutil para la música, y que ahora parecía haber dejado de necesitarla. Cómo sería ir por uno de aquellos senderos y encontrar de pronto a Thelonious Monk, con su mirada fija y bovina, quizás con un sombrero o un gorro estrambótico, si es que no había prescindido también de esa costumbre, la de coronar su figura con un tocado en el que siempre había algo de pagoda o de bonete o solideo de alguna orden monacal, de un sacerdocio absurdo que él hubiera adoptado con la misma seriedad con que Buster Keaton se empeñaba en sus tareas imposibles.

Algo de imposible hubo siempre en la música de Monk, una cualidad tortuosa y chocante que durante muchos años desconcertó a quienes la escuchaban y que todavía mantiene el filo de su novedad. La pulsación de una sola nota basta para identificarlo. Delicadeza y disonancia se superponen provocando ondulaciones sonoras que duran en los espacios de silencio. Con cuatro o cinco notas ya se ha establecido una melodía que tiene una parte de dulzura y otra de burla y de tentativa en el vacío. Cuando Monk era un adolescente pasó dos años acompañando al piano a una predicadora evangelista ambulante, una de aquellas iluminadas que daban sus sermones en graneros o en pobres salones de alquiler en los pueblos segregados del Sur y enardecían a los fieles con el fuego de una oratoria bíblica que se convertía sin transición en canto africano de llamada y respuesta. El joven Monk acompañaría los himnos tocando harmonios o pianos viejos sin afinar a los que les faltaban teclas y observaba de cerca la perduración de los ritmos y las melopeas clamorosas venidas de África, mezcladas con la herencia musical europea en una aleación que era el río originario del negrospiritual, el blues y el jazz. Años después, cuando ya era un músico conocido, sus estridencias y sus invenciones sonoras no se alejaron nunca del tronco de losblues, y sus lentas danzas de oso sobre el escenario mientras los otros seguían tocando tenían algo de ritual antiguo y posesión, como de trance de iglesia baptista.

Otros se extenúan en vano queriendo lograr a base de aspavientos y de imposturas algún simulacro de originalidad. Thelonious Monk no se pareció nunca a nadie. Creció en la digna pobreza de la clase trabajadora negra que emigraba desde el Sur agrario, atrasado y racista a las capitales industriales del Norte y siguió siendo pobre, con periodos cortos de relativo bienestar, hasta el final de su vida. En un pequeño club de Harlem, Minton’s Playhouse, en los primeros años cuarenta, empezó a tocar como no lo había hecho nunca nadie, pero el crédito por la gran transformación del jazz que tardó mucho todavía en llamarse bebop se lo llevaron sobre todo Charlie Parker y Dizzy Gillespie, mientras él permanecía en la pobreza y en la sombra. Parker y Gillespie lo trastornaron todo acelerando al máximo la velocidad y exagerando el virtuosismo: Monk prefirió la apariencia de sencillez, las lentitudes contemplativas. Inventó una música en la que otros brillaban más que él y una estética personal que se convirtió en moda: la boina, las gafas de sol en plena noche, la perilla de cabra. Jugaba al tenis con la misma destreza desconcertante y versátil con que tocaba el piano y cuando tenía algo de dinero preparaba cazuelas de espaguetis con albóndigas. A las personas que quería -su primer amor, Ruby, su mujer, Nelly, su hijo Toot, su hija Bo Bo- les dedicó pequeñas baladas llenas de una ternura como de canciones de cuna, hechas con un arte tan meticuloso, tan liviano, como acuarelas de Paul Klee.

Robin D. G. Kelly le ha dedicado ahora una extraordinaria biografía, Thelonious Monk, The Life and Times of an American Original. La mejor manera de leerla es escuchando de fondo los discos de Monk, sintiendo en cada nota del piano, como en una sesión de espiritismo, una presencia que el paso de los años no desdibuja. Pero cuando acaba la música y uno cierra el libro la presencia no cesa. El silencio también tiene que ver con Thelonious Monk, que eligió recluirse en él al final de su vida, estragado por la enfermedad y el agotamiento: un silencio que según él decía es el ruido más estruendoso que existe en el mundo.

Anuncios
Leer Más "Thelonious Monk, en su retiro"

El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen

El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen, por Francesc Arroyo, El País, 6 de octubre de 2016.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/05/actualidad/1475657119_206840.html
El escritor y filósofo canadiense Charles Taylor, en Barcelona en agosto de 2015.

El filósofo canadiense Charles Taylor (Montreal, 1931) fue galardonado este martes con el premio que concede elInstituto Berggruen, fundado en 2010 para impulsar el diálogo y el pensamiento. El premio, que se concede este año por primera vez, está dotado con un millón de dólares canadienses (unos 676.000 euros). El jurado está compuesto por destacados pensadores y académicos, entre los que figuran el premio Nobel de Economía Amartya Sen, el médico Antonio Damasio, de la Universidad de Pensilvania y la matemática Alison Miller, de la Universidad de Harvard. El director y fundador del Instituto, Nicolas Berggruen, destacó que la obra de Taylor ha contribuido a transformar el pensamiento sobre el mundo y sobre aspectos básicos de la vida humana. El presidente de la entidad, Craig Calhoun, resaltó el carácter intelectual y a la vez humilde de la filosofía de Taylor, así como su calidad humana y su capacidad para la enseñanza y el compromiso público.

Taylor estudió Historia en la Universidad McGill (Montreal), centro al que volvería como profesor después de haber completado sus estudios en Oxford, donde se doctoró en Filosofía con una tesis dirigida por Isaiah Berlin.

Ruth Abbey, compiladora de un volumen colectivo sobre la obra de Taylor, anota que, tras su jubilación, no ha dejado nunca de escribir, enseñar y dar charlas por todo el mundo. En España impartió unas conferencias el pasado año en Barcelona, coincidiendo con la traducción de La era secular (Gedisa), su penúltima obra. La última, The language animal, aparecida este mismo año, no tiene todavía versión española. La era secular son dos tomos que suman casi 1.200 páginas. Taylor analiza el concepto de secularidad a lo largo de la historia, con especial atención al periodo que va desde el Renacimiento hasta hoy. Describe la construcción de un imaginario social que en economía tiene en cuenta tanto el interés social como el beneficio mutuo, mientras que considera la democracia (la convivencia basada en el consentimiento entre iguales) el mejor sistema político para administrar una esfera pública que, sostiene, si no existiera habría que fingirla. Como se ve, el proyecto inicial, el proceso de secularización occidental, queda ampliamente superado.

En unos tiempos en los que se anuncia que ya no hay posibilidad de visión global del mundo, Taylor demuestra en cada una de sus obras (y en el conjunto de ellas) lo contrario. El volumen citado de Abbey dedica cada capítulo a un aspecto de sus diversas aportaciones: la hermenéutica, la epistemología, la moral, la teoría política, el feminismo, la relación entre creencias religiosas y prácticas políticas. Y se podría añadir que nunca ha dejado de lado las reflexiones sobre filosofía de la mente y sobre la filosofía del lenguaje o sobre estética. “Para hablar como filósofo hay que leer literatura, escuchar música”, defiende. En su opinión, hay “muchas otras formas de expresar las cosas”.

Sus obras más difundidas son Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna, El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, y La ética de la autenticidad (Paidós). En todas ellas se aprecia la clara influencia de Heidegger, pero también de Aristóteles. Taylor es un realista (tendencia que empieza a ser recuperada frente al posmodernismo dominante en Europa en las últimas décadas) convencido de que podemos tener conocimiento de un mundo exterior a nosotros. Es cierto que podemos plantearnos la posibilidad de que ese mundo sea realmente distinto a cómo lo percibimos, pero de la mano de la ciencia, las aproximaciones al mundo exterior tienen grandes posibilidades de acercarse a la realidad.

Taylor es firme defensor del pluralismo, en política y en filosofía. Pero el pluralismo no tiene por qué llevar al relativismo. En su opinión, se puede aceptar que la visión del mundo que nos aporta la ciencia es la más precisa, cuando utilizamos los lenguajes de la civilización occidental, asumiendo que hay otros tipos de aproximaciones a la realidad. No obstante, en materia moral es condición más que recomendable intentar superar el subjetivismo, lo que no significa atrincherarse en la verdad y menos aún hacer proselitismo. El único pecado que no hay que tolerar, afirma, es la intolerancia.

EXTRACTO ENTREVISTA. 11 de agosto de 2016, por Francesc Arroyo, El País.

Pregunta. Usted ha estudiado el declive de las creencias religiosas, convencido de que ése es un cambio central en la sociedad actual. ¿Es así?

Respuesta. He intentado dar una perspectiva sobre uno de los cambios de era vividos durante los últimos doscientos años. Hemos pasado de una sociedad marcada por la cristiandad a otra abierta y diversificada. Ahora hay distintas formas de ser cristiano o ateo. Es una situación completamente nueva en la historia de la humanidad. Mi idea era describir el presente y comprender cómo se ha pasado de la fe a la falta de fe.

P. Y, ¿qué ha pasado?

R. Bueno, lo que se cuenta es siempre una narración, un relato, como dice Paul Ricoeur. Yo creo que la vida humana no se comprende sin un relato. Al analizar la situación de la espiritualidad y de la religión compruebo que hay muchas personas que buscan algo, sea una concepción atea o religiosa. Hay también muchas personas que lamentan la erosión de la cristiandad y se resisten a su desaparición. El desafío es entender a las dos partes, creyentes y no creyentes, y que convivan.

P. En su obra habla de ataques de los laicos a los cristianos. En España se da más bien lo contrario: hay creyentes que intentan convertir sus opiniones en leyes y prohibir el aborto.

R. El laicismo dirigido a contener la religión tiene sentido cuando hay una iglesia hegemónica, pero en Francia, Canadá, Estados Unidos, Alemania, se da una diversidad sin hegemonía posible por parte de una iglesia. Si España no está ahí, el laicismo contra una iglesia hegemónica es todavía pertinente. Pero lo que ocurre a veces en Occidente es que no hay un anticlericalismo contra el catolicismo, sino contra los musulmanes que, por ejemplo en Francia, son una minoría ya discriminada. El resultado es una marginación que acelera su sentimiento de exclusión. Algo muy diferente a lo que ocurrió en Francia durante la Tercera República. Entonces había un problema porque una parte de la población quería reinstaurar un régimen monárquico católico y había que luchar contra ello.

P. El futuro, ¿será más tolerante?

R. Tolerancia no es la mejor palabra. Una democracia no es tolerante, es un régimen de derecho, algo superior a la tolerancia. La cuestión es si somos capaces de mantener un verdadero régimen de derecho. En caso contrario, la mejor solución disponible es la tolerancia. Pero el objetivo ha de ser una democracia en la que cada cual tenga el derecho a expresar su opinión, a votar como quiera, a practicar la religión que acepte. ¿Soy optimista en cuanto al futuro del sistema de derecho? No creo que vaya a desaparecer, pero extenderse a todo el planeta… Ya vemos lo que ocurre en China, Rusia, Arabia Saudí. Lo probable es que haya avances y retrocesos. Ahí está la evolución de Rusia hacia una forma de dictadura larvada, pero Túnez es un ejemplo de evolución positiva. Sí, en el futuro habrá pérdidas y ganancias, avances y retrocesos. Es difícil pensar que el mundo vaya gradualmente hacia una democracia como cree Francis Fukuyama con el fin de la historia.

P. En los sesenta, dice usted, se vivió una revalorización del cuerpo asociada a una sexualidad menos prohibitiva, frente a la que reaccionaron las iglesias.

R. Hay muchas personas mayores que se sienten perturbadas por este cambio, sea por la mayor laxitud de las relaciones entre sexos o por el reconocimiento de los derechos de los homosexuales. Les choca. También había en la mayoría de religiones un vínculo muy fuerte respecto a esta moral sexual puesta en cuestión, pero las cosas han cambiado mucho y cambiarán más.

P. El referéndum en Irlanda sobre el matrimonio homosexual tuvo la oposición de la Iglesia católica. ¿Por qué tanta reticencia?

R. Hemos vivido siglos en la cristiandad, no en el cristianismo: una civilización donde todo, la moral, el arte, estaba inspirado por el cristianismo. La mayoría de las iglesias fueron formadas en esa concepción moral, coronada por el hecho de ser una moral considerada absolutamente válida, a salvo de la crítica. Es comprensible que quienes han gestionado estas iglesias se resistan a lo nuevo porque creen que cuestiona la lógica del cristianismo.

P. ¿Decía usted que las cosas cambiarán?

R. Es evidente. Muchos de los jóvenes que han votado en Irlanda se consideran todavía católicos, aunque discrepen de la jerarquía. Ésta ha hecho lo mismo en los dos últimos siglos. Pío IX condenó los derechos humanos y la democracia. La jerarquía adoptó una postura de oposición y de condena, una actitud que ha llegado hasta Benedicto XVI. Es una pena, pero hay que superarlo.

P. Usted asocia la idea de la muerte a la percepción de una pérdida del sentido de la vida

R. Hoy las personas no tienen claro el sentido de la vida. Hace siglos sabían que cada cual tenía que ganarse la salvación —como se decía en Quebec— obedeciendo a la Iglesia, siendo un buen cristiano. Y se tenía un temor inmenso a ser condenado. El significado de la vida era tan claro que nadie se quejaba de la falta de sentido. Con los cambios, hay quien cree que la vida no tiene sentido. Las reacciones pueden ir desde el intento de hallar sentido en el sinsentido, como Camus, hasta hundirse o paralizarse. Creo que hay algo en el ser humano que actúa contra esto: un deseo de sentido. Se puede decir que la vida no tiene sentido o que el sentido es incierto, pero hay constantemente en el hombre movimientos de significación que renacen en la vida y eso nos indica que somos menos distintos de los antiguos de lo que creemos, a veces con un sentimiento de superioridad.

P. ¿Superioridad?

R. Creemos ser superiores porque los antiguos estaban obnubilados y aceptaban las historias que les contaban y nosotros no. Somos menos distintos que eso aunque haya diferencias.

P. Cita usted a Camus. Es un rasgo de su obra utilizar tanto textos literarios como filosóficos.

R. Para explorar los distintos modos de significación de la vida, el lenguaje filosófico, que quiere ser muy claro, no es suficiente. Hay un pensamiento sutil, como decía Pascal. No hay solamente un pensamiento matemático capaz de explorar las distintas formas de significado. Para hablar como un filósofo hay que leer literatura, escuchar música, porque hay otras formas de expresar las cosas. El discurso del filósofo cojea un poco, debo decirlo, sin esa referencia a la literatura. En ella se da una riqueza, una densidad de pensamiento que falta completamente en otros textos. Yo intento navegar entre los unos y otros porque creo que es necesario.

P. También sostiene que el lenguaje actual ha perdido fuerza.

R. Nos hallamos en una nueva situación. Usaré una analogía: si voy a China, al principio estoy desorientado; tengo que aprender algo de la lengua, aprender conceptos que me son extraños, antes de poder hablar con las personas. Lo mismo ocurre cuando nace una nueva era. Aparecen problemas nuevos y no siempre tenemos las palabras adecuadas para expresar una opinión. Estamos obligados a encontrar el lenguaje que nos permita describir la nueva situación. Vivimos en una era en la que todo cambia muy rápidamente. Necesitamos un lenguaje que dé cuenta de los nuevos significados. Es un proceso sin fin.

Leer Más "El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen"

Las escuelas rodeadas de vallas de ‘la jungla de Calais’

Las escuelas rodeadas de vallas de ‘la jungla de Calais’, por Olmo Calvo, El Diario, 6 de octubre de 2016.

http://www.eldiario.es/desalambre/escuelas-Jungla-Calais-barreras-rodeado_0_565543711.html

Un joven en el interior del autobús del proyecto "School Bus", cuyas ventanas fueron pintadas con diferentes mensajes por decenas de migrantes. | FOTO: Olmo Calvo

Varios chicos subsaharianos están sentados en unas viejas sillas escolares, en medio de unos barracones de madera en el norte de Francia. Miran con atención a un voluntario que intenta enseñarles francés. A su alrededor solo hay descampados, lo que hasta el mes de marzo fue la parte sur de la jungla,antes de ser desmantelado. En el campamento improvisado, situado en la ciudad de Calais, sobreviven miles de migrantes que llegaron hasta allí con la esperanza de cruzar al Reino Unido.

Para muchos, una ilusión cada vez más frustrada. La reciente construcción de un muro resbaladizo de cuatro metros de alto en la frontera con Reino Unido colmó el vaso de su frustración, la de quienes viven desde hace meses entre barro y ante la amenaza inminente de ser desalojados. El sábado 30, la tensión se tradujo en una revuelta que acabó siendo reprimida por la policía concañones de agua y gases lacrimógenos. No era la primera vez

Pero ni el incremento de la represión policial, ni la intensificación de los controles policiales en los cruces, ni el desmantelamiento parcial del campo en marzo han conseguido minar las llegadas.

En los últimos cuatro meses han seguido llegando a Calais muchas personas, especialmente desde Italia. Las barcas sobrecargadas con migrantes de diferentes países de África y de Oriente Próximo cruzan de Libia a Sicilia, y sus pasajeros siguen camino hacia esta localidad francesa. Allí viven actualmente alrededor de 10.000 personas, la mayoría procedentes de Sudán y Afganistán, según las organizaciones humanitarias.

Tangany es uno de ellos. En las instalaciones de la ‘École laïque du Chemin des dunes’ (Escuela Laica de la carretera de la dunas) el joven sudanés de 21 años intenta escribir correctamente algunas palabras en francés en un pequeño cuaderno. Lleva dos años en el campo y acude tres días a la semana para aprender el idioma a esta escuela, una de las al menos cinco que hay en el campo, algunas dependientes de organizaciones y otras independientes, gestionadas por voluntarios. “Nos ayuda mucho”, dice Tagany. 

Un voluntario enseña francés a un migrante procedente de Sudán en la École laïque du Chemin des dunes | FOTO: Olmo Calvo
Un voluntario enseña francés a un migrante procedente de Sudán en la École laïque du Chemin des dunes | FOTO: Olmo Calvo

La iniciativa surgió de ellos mismos, cuando Zimako Jones, un migrante nigeriano que llegó a Calais en 2014, conoció en el campo a la logopeda francesa voluntaria Virginie Tiberghien, a quien le propuso dar clases en la escuela que quería construir.  Y así lo hicieron. Junto a varios amigos, Zimako levantó la primera edificación del proyecto, que inauguraron el 11 de julio de 2015. 

Durante este tiempo han estado recibiendo la ayuda de la organización Solidarité Laïque. “Comenzamos con ‘École laïque du Chemin des dunes’ porque aquí no había escuelas, y para unir a la gente”, explica Virginie, terapeuta de 44 años. Asegura que actualmente ya van a clase más de 100 personas al día.

Michael es escritor y director en una compañía de teatro en París, pero viaja hasta Calais cada dos semanas para dar clases de francés en esta escuela. “Me gusta enseñar interactuando, con juegos, corriendo, riendo, hablando… no sentados en la silla y simplemente mirando y escuchando. La vida aquí es muy dura, y creo que reír es algo muy bueno para ellos”, dice este voluntario de 61 años de padre marroquí.

Anneliese Coury, coordinadora del proyecto de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Calais, ve a diario las consecuencias de esa vida que señala Michael: “Atendemos a mucha gente con problemas psíquicos, con síntomas de depresión, relacionados con el hecho de haberse ido de su país y no poder llegar a Inglaterra, con un gran sentimiento de inseguridad”. Ante la reciente unión de fuerzas de las autoridades franco-británicas para expulsar a los migrantes de Calais, los interrogantes crecen.

Michel, un voluntario de 61 años que es director de teatro en París, da clases de francés a un grupo de migrantes en las instalaciones del proyecto École laïque du Chemin des dunes. | FOTO: Olmo Calvo
Michel, un voluntario de 61 años que es director de teatro en París, da clases de francés a un grupo de migrantes en las instalaciones del proyecto École laïque du Chemin des dunes. | FOTO: Olmo Calvo

Mitigar la incertidumbre

El nerviosismo se palpa en las laberínticas callejuelas del campo, donde muchos esperan su momento para tratar de alcanzar Reino Unido. Lo intentan cada noche, subiéndose en la parte trasera de los camiones que van hacia el puerto, o entrando en el Eurotúnel. La otra opción es lanzarse en grupo contra la alambrada que protege la carretera hacia el ferri, pero el amplio despliegue policial y la gran cantidad de vallas instaladas frustran la mayoría de las tentativas. A la desesperada, estas últimas cada vez son más frecuentes, desde que François Hollande anunció en septiembre que el campamento “se desmantelará antes de final de año”.

La duda es constante porque nadie sabe cuándo evacuaran definitivamente la zona, ni qué será de ellos cuando eso ocurra. “Es difícil saber qué va a pasar porque nosotros no tomamos esas decisiones, pero lo que sí sé es que mover a 10.000 personas de diferentes países, creencias y religiones va a ser una tarea muy complicada”, dice Max Basta. Tras acabar sus estudios universitarios, este joven se fue a Calais, donde invierte sus días como voluntario para coordinar Jungle Books, la biblioteca del campo de migrantes y refugiados.

Mantienen la esperanza. Pese a la amenaza constante del repentino desalojo del que se ha convertido ya en el campo de refugiados más grande de Europa, cientos de personas acuden diariamente a las diferentes escuelas. Quieren aprender los idiomas de los países que, esperan, se conviertan en su nuevo hogar. 

Algunos lo hacen sobre ruedas, en el ‘School Bus’, un proyecto de origen británico que nació con el propósito de atender a personas vulnerables en Calais. La escuela móvil, en un enorme autobús amarillo de dos plantas, no pasa desapercibida. Allí se enseñan idiomas, pero también se ha convertido en un espacio “donde poder dibujar, tocar la guitarra… un espacio seguro”, explica la voluntaria Louise Hamill. Insiste en que estas iniciativas van más allá de lo puramente didáctico.

Clases para mantener la esperanza

En 2015 un grupo de migrantes sudaneses pusieron en marcha la ‘Ecole du Darfour’ (Escuela de Darfur), y aunque ellos ya no están en la Jungla, su esfuerzo fue recogido por voluntarios ingleses que ampliaron la iniciativa con nuevas construcciones.

“Damos clases de idiomas”, comenta Leonie, una voluntaria francesa de 20 años que recibe formación humanitaria en la escuela Bioforce de Lyon, y que lleva todas sus vacaciones como profesora en el Ecole du Darfour. “Es muy importante que los migrantes aprendan estas lenguas. Si no, no pueden desenvolverse solos”, continúa.

Niabullah, un chico de 18 años procedente de Afganistán, estudia francés en el autobús del proyecto "School Bus. | FOTO: Olmo Calvo
Niabullah, un chico de 18 años procedente de Afganistán, estudia francés en el autobús del proyecto “School Bus. | FOTO: Olmo Calvo

También lo piensa Faisal, sudanés de 30 años que lleva seis meses acudiendo a sus clases. “Esta escuela es importante para mí. Si quiero estar en Francia, tengo que aprender francés”, afirma desde el interior de una carpa, donde se encuentra junto a varios amigos alrededor de un fuego.

Muy cerca de allí se haya École Dart, donde Brigitte, de 59 años, y Francoise, de 66, ambas francesas y vecinas de una pequeña localidad cercana, llevan muchos meses enseñando su lengua materna. “Yo empecé con la escuela porque no estoy de acuerdo con la política sobre refugiados del Gobierno francés”, explica Francoise.

Acuden a las aulas, para enseñar o para aprender. En el improvisado campo levantado sobre las dunas bañadas por el mar del norte, la incertidumbre sobre el futuro del campamento no les frena. Voluntarios y refugiados construyen en las escuelas espacios de solidaridad y apoyo mutuo.

Leer Más "Las escuelas rodeadas de vallas de ‘la jungla de Calais’"

Contar la vida oveja a oveja

Contar la vida oveja a oveja, por Carmen Morán, El País, 7 de octubre de 2016.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/06/actualidad/1475769585_036248.html

James Rebanks es pastor en el Distrito de los Lagos, una dura zona rural al noroeste de Inglaterra donde viven unas 40.000 personas o, si se quiere, una bella postal de prados, agua y cielo que recibe 16 millones de turistas. James fue un mal estudiante, solo quería ovejas y heno, seguir la tradición de su padre y de su abuelo. Despreció los consejos de los maestros para que cambiara la cayada por el lápiz y solo de mayor retomó los estudios en Oxford, con gran éxito.

Este salto tiene una explicación sencilla: era un gran lector, una costumbre que alentó su madre. Pero el mundo académico no logró disuadirle de su opción profesional, él quería ser pastor y pastor es. Sin embargo, reconoce que el campo no permite vivir con holgura. Él completa su economía escribiendo libros; en el último relata en primera persona su vida en la granja, desde que su abuelo era la voz de mando hasta las 900 ovejas que ahora pastorea él con la ayuda infantil de sus hijos. Ha sido un pelotazo editorial en los países donde ya está a la venta. En España acaba de salir: La vida del pastor. La historia de un hombre, un rebaño y un oficio eterno (Debate). En sus páginas la rutina y la paz se alternan y se complementan como la lluvia y el sol sobre los prados.

Rebanks tiene el pelo rubio y los ojos claros, y una piel tan morena como puede conseguirse en Inglaterra. Su aspecto es de buen comer y sus manos gordotas delatan su actividad: “Se me encogieron cuando fui a Oxford. Al volver a la granja, los amigos me decían que se me habían encogido también los hombros”, se ríe.

El trabajo en el campo, no digamos cuando se trata de ganado, es igual de rutinario que el de la ciudad, o más; es sacrificado, a veces penoso e irremediablemente injusto, pero tiene algunas ventajas: aire libre, por ejemplo. Y la mayor de todas: cuando se alcanza autonomía, no hay jefes que valgan. Hay algo más.

Un hogar y una cultura

Rebanks aprendió cuando trabajaba para la Unesco “que hay 2.000 millones de granjas de cría, si todo eso se deja el mundo entraría en caos. El campo no solo es hermoso, es un hogar, una cultura, una buena comida. Es una opción: si pensamos que la cría tradicional es buena para los animales, para el territorio, para el medio ambiente, pues hay que elegir cómo compramos y cómo votamos para mantener ese estilo de vida”.

Pero este pastor no se engaña: “No se trata de volver románticamente a la dureza del arado, hay que tener un pie en el pasado y otro en el presente”. La diferencia actual, sostiene, es que quedarse en el campo ya no es estar en el lado equivocado, como él sentía de joven. “Hoy los jóvenes están orgullosos y muestran sus ovejas campeonas en las redes sociales”.

Su libro sería otro ejemplo de orgullo rural. De amor por la tierra, pero sabiendo muy bien qué partes del pasado no son dignas de repetirse y cuáles otras, por más que parezcan crueles, no son más que la realidad sin azúcar. “Muchos me han escrito para criticarme porque en el libro aparecen corderitos degollados. Así es la vida en la granja”. En el libro triscan las ovejas, nacen o mueren de mala manera los corderillos, se recolecta el heno, o se pudre por culpa de la lluvia; los granjeros acuden a los concursos de la comarca con sus carneros más pintones o pasan horas agarrotados esquilando el vellón, se adiestran los perros para carear el rebaño, y vuelve la primavera que trae el verano que llama al otoño que abre la puerta al invierno.

¿Por qué vende un libro que cuenta la vida sencilla y común de una familia, sin epopeyas ni novelería? “Porque todo el mundo lo relaciona con su vida, con sus padres, con sus abuelos, con la tradición. Hay gente en todo el mundo que comparte estos sentimientos. Cuando voy de gira para presentar el libro muchos me paran y me cuenta la historia de sus abuelos”, vuelve a reírse. “Normalmente se cuenta la dureza de la vida en el campo, pero hay otra hermosa y llena de significado. Y otra cosa: estos libros normalmente los escriben los que se marcharon. Rara vez el que vive y trabaja con el ganado, con el apego y el amor por la tierra”.

Leer Más "Contar la vida oveja a oveja"

Nacer en un continente, morir en otro. La mariposa que recorre 4.000 kilómetros en busca del calor.

La mariposa que recorre 4.000 kilómetros en busca del calor, por Micaela Quinteros, El País, 7 de octubre de 2016.

http://elpais.com/elpais/2016/09/27/ciencia/1474986666_001601.html

Ejemplar de 'Vanessa cardui'.

La Vanessa cardui es una especie de mariposa común y que podemos encontrar en todas partes: jardines, parques, granjas, márgenes de las carreteras… Tiene una vida media de tres a cuatro semanas y cada hembra pone alrededor de 100 huevos o más. A la hora de migrar para encontrar un ambiente más cálido, se creía que se establecían en el norte de África. Sin embargo, se acaba de descubrir que son capaces de recorrer hasta 4.000 kilómetros hasta asentarse en la sabana tropical africana.

Investigadores del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona, liderados porGerard Talavera y Roger Vila, y la Universidad de Harvard (EE UU) han realizado el mismo viaje que el insecto, recorriendo países como Senegal, Benín, Chad y Etiopía, para analizar esta larga migración, la mayor en esta especie.

Vila explica que, debido a la edad media de la mariposa, solo son capaces de hacer un viaje de estas características: “Durante unos días migran hasta donde su instinto les dice”. Añade que estas mariposas detectan el norte magnético, perciben la temperatura y la presión atmosférica, son capaces de seleccionar los vientos adecuados y pueden guiarse por el sol.

Pero al igual que en los humanos, hay diferencias entre los ejemplares de la misma especie. “Los estudios sugieren que algunas pueden ser más sedentarias, sobre todo si viven en sitios cálidos todo el año, como por ejemplo Hawái”, señala Roger Vila. Otro dato que apunta el experto es que las mariposas que vuelan más luego ponen menos huevos y viceversa.

Generalmente muchas especies de mariposas son “extremadamente locales”, pero ésta en concreto es el caso “más extremo” de colonización de regiones y países. Es posible que se encuentren en casi todo el mundo debido a sus “habilidades dispersivas”, es decir, a su capacidad de volar. En Benín (oeste de África), los investigadores hallaron más de 20.000 especímenes de esta mariposa emergiendo de las crisálidas en un campo de menos de una hectárea.

La Vanessa cardui cada año se desplaza por Europa, Asia y Norteamérica, aunque la cifra varía “dependiendo de las condiciones climáticas y de la salud de las plantas que comen”, dice el científico. En su edad adulta se alimentan del néctar de las flores, pero cuando la oruga nace es una especie polífaga, es decir, se alimenta de una gran variedad de plantas, aunque “prefiere los cardos, planta de la que toma el nombre”, afirma Vila.

Leer Más "Nacer en un continente, morir en otro. La mariposa que recorre 4.000 kilómetros en busca del calor."