El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen

El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen, por Francesc Arroyo, El País, 6 de octubre de 2016.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/05/actualidad/1475657119_206840.html
El escritor y filósofo canadiense Charles Taylor, en Barcelona en agosto de 2015.

El filósofo canadiense Charles Taylor (Montreal, 1931) fue galardonado este martes con el premio que concede elInstituto Berggruen, fundado en 2010 para impulsar el diálogo y el pensamiento. El premio, que se concede este año por primera vez, está dotado con un millón de dólares canadienses (unos 676.000 euros). El jurado está compuesto por destacados pensadores y académicos, entre los que figuran el premio Nobel de Economía Amartya Sen, el médico Antonio Damasio, de la Universidad de Pensilvania y la matemática Alison Miller, de la Universidad de Harvard. El director y fundador del Instituto, Nicolas Berggruen, destacó que la obra de Taylor ha contribuido a transformar el pensamiento sobre el mundo y sobre aspectos básicos de la vida humana. El presidente de la entidad, Craig Calhoun, resaltó el carácter intelectual y a la vez humilde de la filosofía de Taylor, así como su calidad humana y su capacidad para la enseñanza y el compromiso público.

Taylor estudió Historia en la Universidad McGill (Montreal), centro al que volvería como profesor después de haber completado sus estudios en Oxford, donde se doctoró en Filosofía con una tesis dirigida por Isaiah Berlin.

Ruth Abbey, compiladora de un volumen colectivo sobre la obra de Taylor, anota que, tras su jubilación, no ha dejado nunca de escribir, enseñar y dar charlas por todo el mundo. En España impartió unas conferencias el pasado año en Barcelona, coincidiendo con la traducción de La era secular (Gedisa), su penúltima obra. La última, The language animal, aparecida este mismo año, no tiene todavía versión española. La era secular son dos tomos que suman casi 1.200 páginas. Taylor analiza el concepto de secularidad a lo largo de la historia, con especial atención al periodo que va desde el Renacimiento hasta hoy. Describe la construcción de un imaginario social que en economía tiene en cuenta tanto el interés social como el beneficio mutuo, mientras que considera la democracia (la convivencia basada en el consentimiento entre iguales) el mejor sistema político para administrar una esfera pública que, sostiene, si no existiera habría que fingirla. Como se ve, el proyecto inicial, el proceso de secularización occidental, queda ampliamente superado.

En unos tiempos en los que se anuncia que ya no hay posibilidad de visión global del mundo, Taylor demuestra en cada una de sus obras (y en el conjunto de ellas) lo contrario. El volumen citado de Abbey dedica cada capítulo a un aspecto de sus diversas aportaciones: la hermenéutica, la epistemología, la moral, la teoría política, el feminismo, la relación entre creencias religiosas y prácticas políticas. Y se podría añadir que nunca ha dejado de lado las reflexiones sobre filosofía de la mente y sobre la filosofía del lenguaje o sobre estética. “Para hablar como filósofo hay que leer literatura, escuchar música”, defiende. En su opinión, hay “muchas otras formas de expresar las cosas”.

Sus obras más difundidas son Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna, El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, y La ética de la autenticidad (Paidós). En todas ellas se aprecia la clara influencia de Heidegger, pero también de Aristóteles. Taylor es un realista (tendencia que empieza a ser recuperada frente al posmodernismo dominante en Europa en las últimas décadas) convencido de que podemos tener conocimiento de un mundo exterior a nosotros. Es cierto que podemos plantearnos la posibilidad de que ese mundo sea realmente distinto a cómo lo percibimos, pero de la mano de la ciencia, las aproximaciones al mundo exterior tienen grandes posibilidades de acercarse a la realidad.

Taylor es firme defensor del pluralismo, en política y en filosofía. Pero el pluralismo no tiene por qué llevar al relativismo. En su opinión, se puede aceptar que la visión del mundo que nos aporta la ciencia es la más precisa, cuando utilizamos los lenguajes de la civilización occidental, asumiendo que hay otros tipos de aproximaciones a la realidad. No obstante, en materia moral es condición más que recomendable intentar superar el subjetivismo, lo que no significa atrincherarse en la verdad y menos aún hacer proselitismo. El único pecado que no hay que tolerar, afirma, es la intolerancia.

EXTRACTO ENTREVISTA. 11 de agosto de 2016, por Francesc Arroyo, El País.

Pregunta. Usted ha estudiado el declive de las creencias religiosas, convencido de que ése es un cambio central en la sociedad actual. ¿Es así?

Respuesta. He intentado dar una perspectiva sobre uno de los cambios de era vividos durante los últimos doscientos años. Hemos pasado de una sociedad marcada por la cristiandad a otra abierta y diversificada. Ahora hay distintas formas de ser cristiano o ateo. Es una situación completamente nueva en la historia de la humanidad. Mi idea era describir el presente y comprender cómo se ha pasado de la fe a la falta de fe.

P. Y, ¿qué ha pasado?

R. Bueno, lo que se cuenta es siempre una narración, un relato, como dice Paul Ricoeur. Yo creo que la vida humana no se comprende sin un relato. Al analizar la situación de la espiritualidad y de la religión compruebo que hay muchas personas que buscan algo, sea una concepción atea o religiosa. Hay también muchas personas que lamentan la erosión de la cristiandad y se resisten a su desaparición. El desafío es entender a las dos partes, creyentes y no creyentes, y que convivan.

P. En su obra habla de ataques de los laicos a los cristianos. En España se da más bien lo contrario: hay creyentes que intentan convertir sus opiniones en leyes y prohibir el aborto.

R. El laicismo dirigido a contener la religión tiene sentido cuando hay una iglesia hegemónica, pero en Francia, Canadá, Estados Unidos, Alemania, se da una diversidad sin hegemonía posible por parte de una iglesia. Si España no está ahí, el laicismo contra una iglesia hegemónica es todavía pertinente. Pero lo que ocurre a veces en Occidente es que no hay un anticlericalismo contra el catolicismo, sino contra los musulmanes que, por ejemplo en Francia, son una minoría ya discriminada. El resultado es una marginación que acelera su sentimiento de exclusión. Algo muy diferente a lo que ocurrió en Francia durante la Tercera República. Entonces había un problema porque una parte de la población quería reinstaurar un régimen monárquico católico y había que luchar contra ello.

P. El futuro, ¿será más tolerante?

R. Tolerancia no es la mejor palabra. Una democracia no es tolerante, es un régimen de derecho, algo superior a la tolerancia. La cuestión es si somos capaces de mantener un verdadero régimen de derecho. En caso contrario, la mejor solución disponible es la tolerancia. Pero el objetivo ha de ser una democracia en la que cada cual tenga el derecho a expresar su opinión, a votar como quiera, a practicar la religión que acepte. ¿Soy optimista en cuanto al futuro del sistema de derecho? No creo que vaya a desaparecer, pero extenderse a todo el planeta… Ya vemos lo que ocurre en China, Rusia, Arabia Saudí. Lo probable es que haya avances y retrocesos. Ahí está la evolución de Rusia hacia una forma de dictadura larvada, pero Túnez es un ejemplo de evolución positiva. Sí, en el futuro habrá pérdidas y ganancias, avances y retrocesos. Es difícil pensar que el mundo vaya gradualmente hacia una democracia como cree Francis Fukuyama con el fin de la historia.

P. En los sesenta, dice usted, se vivió una revalorización del cuerpo asociada a una sexualidad menos prohibitiva, frente a la que reaccionaron las iglesias.

R. Hay muchas personas mayores que se sienten perturbadas por este cambio, sea por la mayor laxitud de las relaciones entre sexos o por el reconocimiento de los derechos de los homosexuales. Les choca. También había en la mayoría de religiones un vínculo muy fuerte respecto a esta moral sexual puesta en cuestión, pero las cosas han cambiado mucho y cambiarán más.

P. El referéndum en Irlanda sobre el matrimonio homosexual tuvo la oposición de la Iglesia católica. ¿Por qué tanta reticencia?

R. Hemos vivido siglos en la cristiandad, no en el cristianismo: una civilización donde todo, la moral, el arte, estaba inspirado por el cristianismo. La mayoría de las iglesias fueron formadas en esa concepción moral, coronada por el hecho de ser una moral considerada absolutamente válida, a salvo de la crítica. Es comprensible que quienes han gestionado estas iglesias se resistan a lo nuevo porque creen que cuestiona la lógica del cristianismo.

P. ¿Decía usted que las cosas cambiarán?

R. Es evidente. Muchos de los jóvenes que han votado en Irlanda se consideran todavía católicos, aunque discrepen de la jerarquía. Ésta ha hecho lo mismo en los dos últimos siglos. Pío IX condenó los derechos humanos y la democracia. La jerarquía adoptó una postura de oposición y de condena, una actitud que ha llegado hasta Benedicto XVI. Es una pena, pero hay que superarlo.

P. Usted asocia la idea de la muerte a la percepción de una pérdida del sentido de la vida

R. Hoy las personas no tienen claro el sentido de la vida. Hace siglos sabían que cada cual tenía que ganarse la salvación —como se decía en Quebec— obedeciendo a la Iglesia, siendo un buen cristiano. Y se tenía un temor inmenso a ser condenado. El significado de la vida era tan claro que nadie se quejaba de la falta de sentido. Con los cambios, hay quien cree que la vida no tiene sentido. Las reacciones pueden ir desde el intento de hallar sentido en el sinsentido, como Camus, hasta hundirse o paralizarse. Creo que hay algo en el ser humano que actúa contra esto: un deseo de sentido. Se puede decir que la vida no tiene sentido o que el sentido es incierto, pero hay constantemente en el hombre movimientos de significación que renacen en la vida y eso nos indica que somos menos distintos de los antiguos de lo que creemos, a veces con un sentimiento de superioridad.

P. ¿Superioridad?

R. Creemos ser superiores porque los antiguos estaban obnubilados y aceptaban las historias que les contaban y nosotros no. Somos menos distintos que eso aunque haya diferencias.

P. Cita usted a Camus. Es un rasgo de su obra utilizar tanto textos literarios como filosóficos.

R. Para explorar los distintos modos de significación de la vida, el lenguaje filosófico, que quiere ser muy claro, no es suficiente. Hay un pensamiento sutil, como decía Pascal. No hay solamente un pensamiento matemático capaz de explorar las distintas formas de significado. Para hablar como un filósofo hay que leer literatura, escuchar música, porque hay otras formas de expresar las cosas. El discurso del filósofo cojea un poco, debo decirlo, sin esa referencia a la literatura. En ella se da una riqueza, una densidad de pensamiento que falta completamente en otros textos. Yo intento navegar entre los unos y otros porque creo que es necesario.

P. También sostiene que el lenguaje actual ha perdido fuerza.

R. Nos hallamos en una nueva situación. Usaré una analogía: si voy a China, al principio estoy desorientado; tengo que aprender algo de la lengua, aprender conceptos que me son extraños, antes de poder hablar con las personas. Lo mismo ocurre cuando nace una nueva era. Aparecen problemas nuevos y no siempre tenemos las palabras adecuadas para expresar una opinión. Estamos obligados a encontrar el lenguaje que nos permita describir la nueva situación. Vivimos en una era en la que todo cambia muy rápidamente. Necesitamos un lenguaje que dé cuenta de los nuevos significados. Es un proceso sin fin.

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