“Es un error comparar el fútbol masculino con el femenino”

“Es un error comparar el fútbol masculino con el femenino”, por Juan I. Irogoyen, El País, 30 de octubre de 2016.

Laura Ràfols y Anair Lomba.

“¿Acaso alguien compara el tenis de Rafa Nadal con el de Carla Suárez?”. La pregunta retórica la suelta Laura Ràfols (Villafranca, 26 años). La portera del Barcelona conversa con Anair Lomba (Pontevedra, 28 años), delantera del Espanyol. Sin renegar del pasado, cuentan historias de vestuarios, recuerdan campos para el olvido, analizan tácticas e imaginan un futuro mejor. Hablan de fútbol femenino. “El estilo y la filosofía son los mismos. Pero no se juega igual por una cuestión de características: no tenemos la misma fuerza y velocidad que los chicos. El error es cuando se compara el fútbol masculino con el femenino. No tiene ningún sentido comparar a Anair con Caicedo ni a mí con Ter Stegen”, subraya Ràfols. “Y eso que tú la tocas con los pies”, interviene Lomba. “Y hasta mejor que Marc”, bromea la portera azulgrana.

No son amigas, pero se admiran y se respetan. De camino al Parque de la Ciudadela, donde se prestan para una divertida sesión de fotos, Anair y Laura se distancian unos metros del resto de la expedición y se meten en su mundo. “¿Cómo vienen en la Champions?”, pregunta Lomba. “Bien, ahora nos toca el Twente, más complicado de lo que parece; ¿vosotras cómo estáis?”, se interesa Ràfols.

Aunque admiten que el fútbol femenino ha crecido mucho,creen que todavía le queda mucho camino por recorrer. “No puede ser que no exista un sueldo mínimo en la Liga”, reivindica la arquera del Barça. Y suma Lomba: “También hay muchas deficiencias en las instalaciones: campos artificiales que son lamentables, vestuarios en los que hay cuatro sillas de playa y lavabos con agujeros en las puertas y sin agua caliente”. Entiende Anair que les falta visibilidad. Y Laura va un paso más allá: “Me gustaría saber si realmente todas quieren ser profesionales; porque, si de verdad lo quieren, que se suban al carro”. Han visto de todo: chicas comiendo hamburguesas antes de un partido, jugadoras que llegan trasnochadas a los encuentros y hasta alguna futbolista que se apareció con su perro en el vestuario.

En el Barcelona hace dos temporadas que están sumergidas en el mundo profesional. Las chicas comenzaron a abrir las vitrinas del club y el club ha empezado a apoyar al equipo de Xavi Llorens. El Espanyol, en cambio, hizo el camino inverso. Y Anair conoce muy bien la historia. “Mi último año en el Barça fue en la primera temporada de Xavi Llorens. En ese momento el Barcelona era lo que hoy es Espanyol, un proyecto por el que nadie había apostado. Y cuando el Barça comenzó a hacerlo a nosotras se nos acabó el dinero o las ganas. Me acuerdo de ir a jugar a Sant Adrià y volverme con cinco o seis goles. Ahora es al revés”, explica Lomba. El próximo miércoles, en la Ciudad Deportiva Dani Jarque, el Espanyol y el Barcelona se medirán por la Liga Iberdrola. Diferencias económicas al margen, el derbi guarda la vieja disputa del clásico del barrio.

“Nosotras les tenemos más ganas a ellas, que ellas a nosotras. El año pasado conseguimos empatarles y la afición se volvió loca. Ese día fuimos heroínas”, cuenta Lomba. “La gente que es culer de toda la vida, como yo, y que recuerdan cuando nos han metido muchos goles, tenemos ganas de derbi. A las nuevas les explicamos como podemos, en inglés, lo que significa el Barça-Espanyol”, tercia Ràfols. Y remata Anair: “Tenemos compañeras nuevas que se sorprenden cuando ven jugar a Jenni, a Alexia o a Andressa. Yo les digo: ‘ohhh, nada. Esto es el Barça y hay que ganarles”.

El fútbol femenino no para de crecer: de 21.396 licencias en 2005 a 40.524 en 2015. Ràfols y Lomba han sido parte viva de su desarrollo. “Nos hemos entrenado en campos de tierra, nos hemos sacrificado combinando el fútbol con los estudios”, subraya la portera, que está realizando el doctorado en Educación y Deporte. “No sé si las chicas de hoy llegan con las ganas que teníamos nosotras. Son muy buenas técnicamente y tácticamente, están mejor preparadas, pero no sé si lo viven con nuestra pasión”, afirma Anair, que por las mañanas realiza el curso de técnico, por la tarde entrena en el fútbol formativo blanquiazul y por la noche se ejercita con el Femenino A. “Lo que es seguro, es que ellas no tendrán que pagar el costo social que pagamos nosotras”, remata la azulgrana.

Sin rencor, recuerdan cuando tuvieron que regatear los prejuicios de quienes las tildaban de “marimachos” o de que “el fútbol femenino no era ni fútbol ni femenino”. “Yo no entendía nada, venían a ver un partido y nos decían esas cosas. Yo pensaba: ‘Tío, si no te gusta vete a tu casa”, explica Anair. Su generación comienza a barrer estereotipos, aunque todavía siguen luchando por hacerse un lugar en un mundo históricamente dominado por los hombres.

“En el curso de entrenador, nunca te van a elegir primera para hacer un ejercicio práctico. Ya puedes jugar tú en Primera y él en el equipo de su pueblo, con todo respeto, que lo eligen a él”, mantiene Lomba. “No entiendo”, tercia Laura; “no sé qué les molesta. No sé si creen que es su terreno, si les molesta que les enseñe una mujer”. “Por suerte”, dice Ràfols; “ya no se escuchan esas frases de que teníamos que estar en la cocina”. Y remata Lomba: “Si eso vuelve a pasar, apaga y vámonos”.

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Los clásicos nos hacen críticos

Los clásicos nos hacen críticos, por Carlos García Gual, El País, 21 de octubre de 2o16.qcultura.elpais.com/cultura/2016/10/20/actualidad/1476978146_824729.html

Los clásicos nos hacen críticosELIOT ERWITT (MAGNUM /CONTACTO)

Como señala Alfonso Berardinelli, los libros que calificamos de “clásicos” no fueron escritos para ser estudiados y venerados, sino ante todo para ser leídos (Leer es un riesgo, traducción de S. Cobo; Círculo de Tiza; Madrid, 2016). El renovado y largo fervor de sus lectores ha dado prestigio a algunos libros que se mantienen vivos a lo largo de siglos. Acaso por eso hay quien cree que esos escritos de otros tiempos no son de fácil acceso, son inactuales y se han acartonado por la distancia y están mantenidos por una retórica académica. Contra tan vulgar prejuicio me parece excelente el consejo de Berardinelli: “Quien lea un clásico debería ser tan ingenuo y presuntuoso como para pensar que ese libro fue escrito precisamente para él, para que se decidiese a leerlo”. Sin más, cada clásico invita a un diálogo directo, porque sus palabras no se han embotado con el tiempo, y pueden resultar tan atractivos hoy como cuando se escribieron, para quien se arriesga a viajar sobre el tiempo con su lectura.

Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicusquería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana. Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes).

Creo que hay dos tipos de clásicos: los universales (que mantienen su vivaz impacto incluso a través de sus traducciones) y los nacionales (aquellos cuyo prestigio va ligado a la frescura y belleza de su lengua original). Así, Cervantes, Shakespeare y Tolstói resultan del primer grupo; y Góngora y Ronsard, más bien del segundo. Es evidente que la lista canónica puede variar según épocas. Solo los clásicos más indiscutibles han sobrevivido a las varias fluctuaciones de la cotización crítica. Virgilio y Horacio permanecen, mientras que Estacio ha desaparecido desde fines de la Edad Media, y el fabulista Esopo, ya en el siglo XX. Los clásicos más antiguos de Occidente son los griegos, que ya los romanos leían como tales y modélicos.

 Homero, Virgilio, Platón son mucho más cercanos de lo que se pudiera imaginar. Se han salvado del gran enemigo de toda cultura: el olvido

Y en su pervivencia los clásicos no viven momificados, sino que renuevan su mensaje. Porque la interpretación no está fijada, sino varía según las lecturas en una tradición que no sólo los conserva, sino que los reinterpreta. No leemos El Quijote como los lectores del XVII. La tradición literaria posterior puede modificar nuestra percepción de los temas y personajes descubriendo perspectivas diversas. Incluso cada lector puede matizar su reinterpretación. Después de leer a Kafka advertimos rasgos prekafkianos en autores antiguos. (Eso sucede también con los héroes míticos. La tradición renueva máscaras sobre figuras literarias; como sucede con Prometeo, Edipo, o Fausto y Don Juan, por ejemplo).

Por otra parte, también los logros de los estudios históricos nos hacen comprender mejor un texto, al descubrir nuevos aspectos de su contexto y su formación. Pensemos, por dar sólo un ejemplo destacado, en todo lo que sabemos hoy del mundo que evocan y el contexto en que surgieron los poemas homéricos, es decir, sobre la Ilíada y la Odisea. Ahora conocemos la época en que se forjaron esos cantares y el modo de componerlos mucho más que lo que sabían los eruditos de hace siglo y medio, y mucho más de lo que pensaban al respecto Platón y los filólogos de Alejandría. Nuestro conocimiento ha progresado gracias a tres audaces personajes: Heinrich Schliemann (que descubrió las ruinas de Troya), Milman Parry (que estudió la técnica de la épica oral arcaica) y Michael Ventris (que descifró el silabario micénico B). Ninguno de ellos era un académico ni un filólogo profesional, pero con sus estupendos logros abrieron un nuevo horizonte a nuestra mirada sobre lo homérico. Gracias a los nuevos datos arqueológicos conocemos mejor esa Edad Oscura que, en su nostalgia hacia un pasado más glorioso, dio un impulso decisivo a la épica con el canto y culto de los héroes micénicos.

Y, sin embargo, por encima de todos esos estudios, lo esencial respecto a la pervivencia de Homero sigue siendo la inigualable fuerza narrativa de su poesía. Lo que mantiene nuestra lealtad a la Ilíada y la Odisea como perennes clásicos no es su trasfondo histórico ni el manejo magistral de fórmulas y epítetos de larga tradición oral. Es la magnánima recreación con que un poeta recuenta los mitos heroicos a la vez que da a ese legado mítico una honda perspectiva trágica con figuras inolvidables. Es la sensibilidad del lector la que salva del olvido ese mundo de fascinantes héroes y fabulosos dioses, como hizo a lo largo de tantos siglos y tantas modas.

Hay evidentemente clásicos más fáciles de leer, es decir, textos en los que el lector entra fácil y queda pronto atrapado por su singular encanto, claro estilo y su fantasía o su emotividad. Por ejemplo, la Odisea, los poemas de Safo, Heródoto, El banquete de Platón o El asno de oro de Apuleyo, por citar sólo autores antiguos. Otros cuestan más, e incluso pueden producir cierto rechazo cuando están mal elegidos o forzados como lecturas obligatorias en edades inoportunas, arduos y difíciles de entender. Sin embargo, lo característico de los clásicos, bien elegidos y enfocados, es que su lectura deja siempre en la memoria un poso, una huella terca en nuestra imaginación, y aguzan nuestra mirada sobre aspectos importantes de la vida.

La escuela aún conserva su gran papel de difusión, pero de forma mutilada y desalentada

De todos modos hay que reconocer el gran papel que tradicionalmente la escuela asumía en la conservación y difusión de esos libros de largo prestigio. Aún lo conserva, pero de forma mutilada y desalentada. Que la escuela debe enseñar qué significan —para nosotros— los grandes libros, y estimular su lectura con entusiasmo para la formación del gusto y la crítica personal, no lo creen algunos pedagogos ni siquiera los políticos del ramo, poco ilustrados. Esas lecturas tropiezan con muchos obstáculos: planes de enseñanza que reducen la de la literatura a mínimos y profesores con escasa simpatía hacia textos de otras épocas. Muy bien lo analiza Marc Fumaroli en La educación de la libertad (Arcadia; Barcelona, 2007). Por otro lado, nuestros estudiantes, acaso con excepción de los más jóvenes, no frecuentan los libros de muchas páginas, atrapados por mensajes mínimos y raudos en diversas pantallas.

Los clásicos son inactuales: justamente eso es lo más valioso: hablan de cosas que están más allá del presente efímero, y abren otros horizontes y ofrecen ideas sobre el mundo que van mucho más allá de lo actual y cotidiano. Y nos hacen críticos, escépticos y más imaginativos.

Volviendo a algo ya apuntado. Leer a los clásicos debería acaso iniciarse en la escuela, pero es importante releerlos a lo largo de la vida, porque vuelvo a subrayar que siempre podemos entablar o proseguir el diálogo con ellos. Un curioso ejemplo es el de David Denby, que cuenta su personal experiencia en Los grandes libros (Acento; Madrid, 1997). Editor y escritor de éxito, decidió ensayar una curiosa experiencia: volver a los leer a fondo los clásicos. “En 1991, 30 años después de matricularme en la Universidad de Columbia, volví a las aulas, me senté entre los estudiantes de 18 años y leí los mismo libros que ellos. Juntos leímos a Homero, Platón, Sófocles, Kant, Hegel, Marx y Virginia Woolf. Aquellos libros…”. Me parece un ejemplo digno de imitarse: una aventura de escaso gasto que vale la pena ensayar. No es fácil: en ninguna universidad española hay cursos sobre los libros de esa lista. Pero cada uno puede intentarlo. Los clásicos siguen ahí, aún nos hablan y son de trato amable.

Carlos García Gual es catedrático de Filología Griega en la Complutense. Sus últimos libros son Historia mínima de la mitología, Sirenas: seducciones y metamorfosis y El zorro y el cuervo.

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“Viajar a años luz de distancia puede que no sea inalcanzable”

Entrevista a Adam Steltzner, “Viajar a años luz de distancia puede que no sea inalcanzable”, por Daniel Mediavilla, El País, 21 de octubre de 2016.
Adam Steltzner, fotografiado ayer en Madrid.
Adam Steltzner, fotografiado ayer en Madrid. SAMUEL SANCHEZ

Cuando el fotógrafo entra y ve a Adam Steltzner (Alameda County, California, EE UU, 1963), se plantea por unos segundos si ha apuntado bien quién era el tipo al que venía a retratar. El ingeniero de la NASA, alto, fornido, con un peinado a lorockabilly y gestualidad teatral, podría estar preparando un concierto en el Palacio de los Deportes y no una conferencia inspiradora para gente de negocios en el marco del World Business Forum.

Ayer, mientras Steltzner hablaba con este periódico en el Teatro Real de Madrid, la Agencia Espacial Europea (ESA) se preparaba para tratar de posar sobre Marte una nave espacial con la que probar las tecnologías que deberían llevar allí una misión de exploración en 2021. El estadounidense no se atrevía a dar un pronóstico optimista sobre el resultado del intento europeo de conquista marciana. “La mitad de las misiones que lo han intentado han fallado, creo que es un gran reto”, decía. “Nosotros hemos tenido suerte y hemos tenido éxito. Esta noche [por ayer] estaré con los dedos cruzados por nuestros hermanos europeos”, añadía.

Steltzner es, probablemente, la gran autoridad mundial si hablamos de colocar grandes y carísimas máquinas de exploración sobre la superficie marciana. El título se lo ganó en 2012 cuando culminó su trabajo como líder del equipo de ingenieros de la NASA que posó allí, con precisión y suavidad, el rover Curiosity, un aparato que había costado casi 2.000 millones de euros. El sistema de aterrizaje, una apuesta demencial para muchos, nunca se había probado por completo en la Tierra fuera de los simuladores informáticos. Curiosity sigue hoy enviando información e imágenes espectaculares.

Pregunta. EE UU ha demostrado ser mucho más hábil que otras potencias espaciales a la hora de llevar con éxito sus misiones a Marte. ¿Tiene alguna teoría que lo explique?

Respuesta. Creo que tiene que ver con la propia historia de EE UU, que nos hace excepcionalmente capaces como ingenieros. En la cultura estadounidense, valoramos hasta el extremo al individuo y lo que puede aportar. Y no ponemos límites a esa contribución. Eso fomenta la innovación, el desafío al statu quo. Cualquiera puede hacerlo, pero lo tienes que hacer de una manera práctica si quieres tener éxito en la exploración espacial.

La cultura estadounidense se forjó en gran parte durante la expansión de EE UU a lo largo del continente norteamericano. Estabas operando en los bordes de la sociedad, y tenías que ser muy práctico, porque no tenías el tejido social que te protege frente a las malas decisiones. Tienes que elegir con inteligencia. Es una combinación de centrarse en el individuo y también de ser muy práctico, algo que nos hace ingenieros muy capaces. Esa es una de las razones, además de mucha suerte.

P. La última vez que la ESA intentó poner una sonda sobre un cuerpo extraterrestre, en concreto sobre un cometa, no fue exactamente un aterrizaje suave. ¿Qué le pareció?

R. Fue un gran éxito que Philae hiciese contacto con el cometa, pero si hubiese sido mi trabajo, nunca diría que había tenido éxito. Un coche con las ruedas para arriba no es un coche funcional. Aunque hacer lo que se hizo con el presupuesto limitado queRosetta tenía es bastante impresionante.

P. ¿Ha encontrado algo interesante que hacer en la NASA desde el logro deCuriosity?

R. Queremos regresar a Marte en 2020, con otro rover enorme, como Curiosity, pero esta vez vamos a tomar muestras de una forma muy cuidadosa sobre la superficie de Marte, las vamos a poner en un contenedor especial, muy estéril y herméticamente sellado, y después otra misión llegará y pondrá esos contenedores en órbita alrededor de Marte. Una tercera misión traerá esos trozos de Marte de vuelta a la Tierra. En 2020 comenzaremos esta misión para traer muestras a la Tierra, y soy el ingeniero jefe de esa primera parte del proyecto.

P. ¿A qué lugar del Sistema Solar le gustaría ayudar a llevar una sonda?

R. En mi lista de cosas que hacer, me encantaría colocar una sonda sobre la superficie de Europa, la luna de Júpiter. Tiene una corteza de hielo y un océano subterráneo con más del doble de volumen de agua que todos los mares de la Tierra. Los científicos, amigos míos, astrobiólogos, creen que en esos mares son el sitio donde más probabilidades tenemos de encontrar vida hoy. Me encantaría poner una sonda sobre ese hielo.

Es un reto porque Júpiter es una bestia de planeta, es casi tan grande como una estrella. Produce una intensa radiación que fríe y destruye las naves espaciales. Europa orbita dentro de ese cinturón de radiación, así que para sobrevivir, una nave no puede permanecer durante mucho tiempo sobre su superficie y ni siquiera puede estar en órbita a su alrededor. La misión que lleve un artefacto a la superficie de Europa tienen que orbitar Júpiter y dejarse caer sobre la luna, cartografiándola lentamente, decidiendo dónde dejar caer la sonda y cuándo, y después la tienes que dejar caer y tiene que aterrizar en este superficie tortuosa, rota, fractal, helada. Tiene que aterrizar y llevar a cabo su trabajo en muy pocos días, porque estará siendo abrasada hasta la muerte, bañada en la intensa radiación de Júpiter.

P. ¿Qué piensa sobre los proyectos que se están planeando para llevar humanos a Marte, como el de Elon Musk? ¿Son realistas?

R. Creo que exploramos por algún impulso humano básico. Exploramos como una expresión de nuestra humanidad. Creo que es importante. He pasado mi vida construyendo robots para explorar, pero si la exploración es como creo, una expresión de nuestra humanidad, que los humanos se involucren en eso tiene sentido para mí. Quiero ver humanos sobre Marte, explorando, unos pocos.

¿Que colonicemos Marte? No soy fan de la idea. Creo que la mayor parte de la gente sostiene que deberíamos colonizar Marte porque estamos haciendo la Tierra inhabitable. Eso para mí es absurdo, porque todo el cuidado, la comprensión, la disciplina, o los retos de ingeniería, toda la atención social necesaria para hacer Marte habitable y mantenerlo así, es exactamente lo que necesitamos para mantener la Tierra habitable. Si no podemos hacer eso aquí, no seremos capaces de hacerlo allí.

P. Y a más largo plazo. ¿Seremos capaces de llegar a planetas que orbitan otras estrellas, como Proxima Centauri b, descubierto hace poco?

R. Tengo muy claro que nuestra especie sufre de lo que los financieros pueden llamar riesgo de concentración. Toda nuestra inversión está en este planeta. No tenemos una cartera de inversiones muy diversificada y sería genial cambiar eso en algún momento. El telescopio Kepler, que mira a otras estrellas en busca de otros planetas, ha encontrado miles de planetas alrededor de otras estrellas, muchos de los cuales se encuentran en el espacio habitable, donde puede haber agua líquida. Tenemos alrededor de 20 planetas identificados en nuestro vecindario que podría ser habitables desde ese punto de vista. Pero aún están infinitamente lejos con las tecnologías actuales.

Necesitaríamos miles de años para llegar a esos lugares y no soy capaz de imaginarme un viaje así. Dime qué país ha permanecido estable durante mil años. Y entonces imagina un país dentro de una nave espacial que permanezca estable durante mil o dos mil años y que durante ese tiempo no se maten todos o decidan que no querían ir donde iban cuando partieron.

Es importante para una sociedad ayudar a educar a las personas cuando están listos para aprender

Lo que no me sorprendería es que algún día sepamos más. El campo de la mecánica cuántica, el entrelazamiento cuántico. Nuestra comprensión básica sobre lo que es el espacio tiempo está subdesarrollado, estamos aprendiendo cosas nuevas y algunas de ellas cambiarán nuestra comprensión sobre las barreras y las distancias en el espacio-tiempo. Según entendemos el espacio y el tiempo hoy, es imposible pensar que seremos capaces de viajar a años luz de distancia, pero de la forma en que lo entenderemos mañana, puede que deje de ser un reto inalcanzable.

P. Usted cuenta que la primera vez que le dedicó un pensamiento serio a la astronomía tenía ya 21 años. ¿Esto es un mito como lo de que Einstein no tenía buenas notas en la escuela? Si es cierto, ¿qué nos dice esto sobre la educación, que sea posible que un talento importante surja tan tarde?

R. Creo que no dice tanto sobre la educación como sobre la importancia de la psique. Ahora soy un matemático relativamente capaz y un ingeniero muy decente, pero no habrías sido capaz de percibir eso en mí cuando era más joven porque, psicológicamente, no era capaz de sacar a la luz esos elementos de mi mismo.

P. Pero usted tuvo la posibilidad de realizar ese cambio, porque su familia le podía ayudar. ¿Sería interesante que los Estados, por ejemplo, planteasen alguna forma de apoyar a personas que pueden desarrollar sus talentos más tarde?

R. Es un planteamiento interesante. He pensado mucho sobre las escuelas, la educación, la enseñanza. En mi experiencia vital, entre los 13 y los casi 23, en todo lo que pensaba era sexo, drogas y rock and roll. Intentar enseñarme algo distinto de eso no daba resultado. Por eso, cuando ya como veinteañero regresé a la escuela, era muy capaz de centrarme, porque sabía lo que quería. Estaba listo. Muchos de mis compatriotas en la universidad no lo estaban. Ellos dijeron entonces, ¡oh, sexo, drogas y rock and roll! ¡Mi madre no está cerca para vigilarme, soy libre por primera vez! Yo había experimentado esa libertad antes.

Eso me ha hecho pensar sobre cuándo los jóvenes, o los humanos en general, estamos listos para entender una serie de cosas. Es interesante preguntarse cuándo estamos listos para aprender qué. Creo que es importante para una nación, una sociedad, ayudar a educar a las personas cuando están listas para aprender.

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Serendepia

Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. También puede referirse a la habilidad de un sujeto para reconocer que ha hecho un descubrimiento importante aunque no tenga relación con lo que busca.

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Elliott Erwitt

“La fotografía es un arte que tiene que ver con la observación, con encontrar algo interesante en un lugar común… He comprobado que tiene poco que ver con las cosas que ves y todo que ver con cómo lo ves”

 

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