“Es un error comparar el fútbol masculino con el femenino”

“Es un error comparar el fútbol masculino con el femenino”, por Juan I. Irogoyen, El País, 30 de octubre de 2016.

Laura Ràfols y Anair Lomba.

“¿Acaso alguien compara el tenis de Rafa Nadal con el de Carla Suárez?”. La pregunta retórica la suelta Laura Ràfols (Villafranca, 26 años). La portera del Barcelona conversa con Anair Lomba (Pontevedra, 28 años), delantera del Espanyol. Sin renegar del pasado, cuentan historias de vestuarios, recuerdan campos para el olvido, analizan tácticas e imaginan un futuro mejor. Hablan de fútbol femenino. “El estilo y la filosofía son los mismos. Pero no se juega igual por una cuestión de características: no tenemos la misma fuerza y velocidad que los chicos. El error es cuando se compara el fútbol masculino con el femenino. No tiene ningún sentido comparar a Anair con Caicedo ni a mí con Ter Stegen”, subraya Ràfols. “Y eso que tú la tocas con los pies”, interviene Lomba. “Y hasta mejor que Marc”, bromea la portera azulgrana.

No son amigas, pero se admiran y se respetan. De camino al Parque de la Ciudadela, donde se prestan para una divertida sesión de fotos, Anair y Laura se distancian unos metros del resto de la expedición y se meten en su mundo. “¿Cómo vienen en la Champions?”, pregunta Lomba. “Bien, ahora nos toca el Twente, más complicado de lo que parece; ¿vosotras cómo estáis?”, se interesa Ràfols.

Aunque admiten que el fútbol femenino ha crecido mucho,creen que todavía le queda mucho camino por recorrer. “No puede ser que no exista un sueldo mínimo en la Liga”, reivindica la arquera del Barça. Y suma Lomba: “También hay muchas deficiencias en las instalaciones: campos artificiales que son lamentables, vestuarios en los que hay cuatro sillas de playa y lavabos con agujeros en las puertas y sin agua caliente”. Entiende Anair que les falta visibilidad. Y Laura va un paso más allá: “Me gustaría saber si realmente todas quieren ser profesionales; porque, si de verdad lo quieren, que se suban al carro”. Han visto de todo: chicas comiendo hamburguesas antes de un partido, jugadoras que llegan trasnochadas a los encuentros y hasta alguna futbolista que se apareció con su perro en el vestuario.

En el Barcelona hace dos temporadas que están sumergidas en el mundo profesional. Las chicas comenzaron a abrir las vitrinas del club y el club ha empezado a apoyar al equipo de Xavi Llorens. El Espanyol, en cambio, hizo el camino inverso. Y Anair conoce muy bien la historia. “Mi último año en el Barça fue en la primera temporada de Xavi Llorens. En ese momento el Barcelona era lo que hoy es Espanyol, un proyecto por el que nadie había apostado. Y cuando el Barça comenzó a hacerlo a nosotras se nos acabó el dinero o las ganas. Me acuerdo de ir a jugar a Sant Adrià y volverme con cinco o seis goles. Ahora es al revés”, explica Lomba. El próximo miércoles, en la Ciudad Deportiva Dani Jarque, el Espanyol y el Barcelona se medirán por la Liga Iberdrola. Diferencias económicas al margen, el derbi guarda la vieja disputa del clásico del barrio.

“Nosotras les tenemos más ganas a ellas, que ellas a nosotras. El año pasado conseguimos empatarles y la afición se volvió loca. Ese día fuimos heroínas”, cuenta Lomba. “La gente que es culer de toda la vida, como yo, y que recuerdan cuando nos han metido muchos goles, tenemos ganas de derbi. A las nuevas les explicamos como podemos, en inglés, lo que significa el Barça-Espanyol”, tercia Ràfols. Y remata Anair: “Tenemos compañeras nuevas que se sorprenden cuando ven jugar a Jenni, a Alexia o a Andressa. Yo les digo: ‘ohhh, nada. Esto es el Barça y hay que ganarles”.

El fútbol femenino no para de crecer: de 21.396 licencias en 2005 a 40.524 en 2015. Ràfols y Lomba han sido parte viva de su desarrollo. “Nos hemos entrenado en campos de tierra, nos hemos sacrificado combinando el fútbol con los estudios”, subraya la portera, que está realizando el doctorado en Educación y Deporte. “No sé si las chicas de hoy llegan con las ganas que teníamos nosotras. Son muy buenas técnicamente y tácticamente, están mejor preparadas, pero no sé si lo viven con nuestra pasión”, afirma Anair, que por las mañanas realiza el curso de técnico, por la tarde entrena en el fútbol formativo blanquiazul y por la noche se ejercita con el Femenino A. “Lo que es seguro, es que ellas no tendrán que pagar el costo social que pagamos nosotras”, remata la azulgrana.

Sin rencor, recuerdan cuando tuvieron que regatear los prejuicios de quienes las tildaban de “marimachos” o de que “el fútbol femenino no era ni fútbol ni femenino”. “Yo no entendía nada, venían a ver un partido y nos decían esas cosas. Yo pensaba: ‘Tío, si no te gusta vete a tu casa”, explica Anair. Su generación comienza a barrer estereotipos, aunque todavía siguen luchando por hacerse un lugar en un mundo históricamente dominado por los hombres.

“En el curso de entrenador, nunca te van a elegir primera para hacer un ejercicio práctico. Ya puedes jugar tú en Primera y él en el equipo de su pueblo, con todo respeto, que lo eligen a él”, mantiene Lomba. “No entiendo”, tercia Laura; “no sé qué les molesta. No sé si creen que es su terreno, si les molesta que les enseñe una mujer”. “Por suerte”, dice Ràfols; “ya no se escuchan esas frases de que teníamos que estar en la cocina”. Y remata Lomba: “Si eso vuelve a pasar, apaga y vámonos”.

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Los clásicos nos hacen críticos

Los clásicos nos hacen críticos, por Carlos García Gual, El País, 21 de octubre de 2o16.qcultura.elpais.com/cultura/2016/10/20/actualidad/1476978146_824729.html

Los clásicos nos hacen críticosELIOT ERWITT (MAGNUM /CONTACTO)

Como señala Alfonso Berardinelli, los libros que calificamos de “clásicos” no fueron escritos para ser estudiados y venerados, sino ante todo para ser leídos (Leer es un riesgo, traducción de S. Cobo; Círculo de Tiza; Madrid, 2016). El renovado y largo fervor de sus lectores ha dado prestigio a algunos libros que se mantienen vivos a lo largo de siglos. Acaso por eso hay quien cree que esos escritos de otros tiempos no son de fácil acceso, son inactuales y se han acartonado por la distancia y están mantenidos por una retórica académica. Contra tan vulgar prejuicio me parece excelente el consejo de Berardinelli: “Quien lea un clásico debería ser tan ingenuo y presuntuoso como para pensar que ese libro fue escrito precisamente para él, para que se decidiese a leerlo”. Sin más, cada clásico invita a un diálogo directo, porque sus palabras no se han embotado con el tiempo, y pueden resultar tan atractivos hoy como cuando se escribieron, para quien se arriesga a viajar sobre el tiempo con su lectura.

Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicusquería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana. Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes).

Creo que hay dos tipos de clásicos: los universales (que mantienen su vivaz impacto incluso a través de sus traducciones) y los nacionales (aquellos cuyo prestigio va ligado a la frescura y belleza de su lengua original). Así, Cervantes, Shakespeare y Tolstói resultan del primer grupo; y Góngora y Ronsard, más bien del segundo. Es evidente que la lista canónica puede variar según épocas. Solo los clásicos más indiscutibles han sobrevivido a las varias fluctuaciones de la cotización crítica. Virgilio y Horacio permanecen, mientras que Estacio ha desaparecido desde fines de la Edad Media, y el fabulista Esopo, ya en el siglo XX. Los clásicos más antiguos de Occidente son los griegos, que ya los romanos leían como tales y modélicos.

 Homero, Virgilio, Platón son mucho más cercanos de lo que se pudiera imaginar. Se han salvado del gran enemigo de toda cultura: el olvido

Y en su pervivencia los clásicos no viven momificados, sino que renuevan su mensaje. Porque la interpretación no está fijada, sino varía según las lecturas en una tradición que no sólo los conserva, sino que los reinterpreta. No leemos El Quijote como los lectores del XVII. La tradición literaria posterior puede modificar nuestra percepción de los temas y personajes descubriendo perspectivas diversas. Incluso cada lector puede matizar su reinterpretación. Después de leer a Kafka advertimos rasgos prekafkianos en autores antiguos. (Eso sucede también con los héroes míticos. La tradición renueva máscaras sobre figuras literarias; como sucede con Prometeo, Edipo, o Fausto y Don Juan, por ejemplo).

Por otra parte, también los logros de los estudios históricos nos hacen comprender mejor un texto, al descubrir nuevos aspectos de su contexto y su formación. Pensemos, por dar sólo un ejemplo destacado, en todo lo que sabemos hoy del mundo que evocan y el contexto en que surgieron los poemas homéricos, es decir, sobre la Ilíada y la Odisea. Ahora conocemos la época en que se forjaron esos cantares y el modo de componerlos mucho más que lo que sabían los eruditos de hace siglo y medio, y mucho más de lo que pensaban al respecto Platón y los filólogos de Alejandría. Nuestro conocimiento ha progresado gracias a tres audaces personajes: Heinrich Schliemann (que descubrió las ruinas de Troya), Milman Parry (que estudió la técnica de la épica oral arcaica) y Michael Ventris (que descifró el silabario micénico B). Ninguno de ellos era un académico ni un filólogo profesional, pero con sus estupendos logros abrieron un nuevo horizonte a nuestra mirada sobre lo homérico. Gracias a los nuevos datos arqueológicos conocemos mejor esa Edad Oscura que, en su nostalgia hacia un pasado más glorioso, dio un impulso decisivo a la épica con el canto y culto de los héroes micénicos.

Y, sin embargo, por encima de todos esos estudios, lo esencial respecto a la pervivencia de Homero sigue siendo la inigualable fuerza narrativa de su poesía. Lo que mantiene nuestra lealtad a la Ilíada y la Odisea como perennes clásicos no es su trasfondo histórico ni el manejo magistral de fórmulas y epítetos de larga tradición oral. Es la magnánima recreación con que un poeta recuenta los mitos heroicos a la vez que da a ese legado mítico una honda perspectiva trágica con figuras inolvidables. Es la sensibilidad del lector la que salva del olvido ese mundo de fascinantes héroes y fabulosos dioses, como hizo a lo largo de tantos siglos y tantas modas.

Hay evidentemente clásicos más fáciles de leer, es decir, textos en los que el lector entra fácil y queda pronto atrapado por su singular encanto, claro estilo y su fantasía o su emotividad. Por ejemplo, la Odisea, los poemas de Safo, Heródoto, El banquete de Platón o El asno de oro de Apuleyo, por citar sólo autores antiguos. Otros cuestan más, e incluso pueden producir cierto rechazo cuando están mal elegidos o forzados como lecturas obligatorias en edades inoportunas, arduos y difíciles de entender. Sin embargo, lo característico de los clásicos, bien elegidos y enfocados, es que su lectura deja siempre en la memoria un poso, una huella terca en nuestra imaginación, y aguzan nuestra mirada sobre aspectos importantes de la vida.

La escuela aún conserva su gran papel de difusión, pero de forma mutilada y desalentada

De todos modos hay que reconocer el gran papel que tradicionalmente la escuela asumía en la conservación y difusión de esos libros de largo prestigio. Aún lo conserva, pero de forma mutilada y desalentada. Que la escuela debe enseñar qué significan —para nosotros— los grandes libros, y estimular su lectura con entusiasmo para la formación del gusto y la crítica personal, no lo creen algunos pedagogos ni siquiera los políticos del ramo, poco ilustrados. Esas lecturas tropiezan con muchos obstáculos: planes de enseñanza que reducen la de la literatura a mínimos y profesores con escasa simpatía hacia textos de otras épocas. Muy bien lo analiza Marc Fumaroli en La educación de la libertad (Arcadia; Barcelona, 2007). Por otro lado, nuestros estudiantes, acaso con excepción de los más jóvenes, no frecuentan los libros de muchas páginas, atrapados por mensajes mínimos y raudos en diversas pantallas.

Los clásicos son inactuales: justamente eso es lo más valioso: hablan de cosas que están más allá del presente efímero, y abren otros horizontes y ofrecen ideas sobre el mundo que van mucho más allá de lo actual y cotidiano. Y nos hacen críticos, escépticos y más imaginativos.

Volviendo a algo ya apuntado. Leer a los clásicos debería acaso iniciarse en la escuela, pero es importante releerlos a lo largo de la vida, porque vuelvo a subrayar que siempre podemos entablar o proseguir el diálogo con ellos. Un curioso ejemplo es el de David Denby, que cuenta su personal experiencia en Los grandes libros (Acento; Madrid, 1997). Editor y escritor de éxito, decidió ensayar una curiosa experiencia: volver a los leer a fondo los clásicos. “En 1991, 30 años después de matricularme en la Universidad de Columbia, volví a las aulas, me senté entre los estudiantes de 18 años y leí los mismo libros que ellos. Juntos leímos a Homero, Platón, Sófocles, Kant, Hegel, Marx y Virginia Woolf. Aquellos libros…”. Me parece un ejemplo digno de imitarse: una aventura de escaso gasto que vale la pena ensayar. No es fácil: en ninguna universidad española hay cursos sobre los libros de esa lista. Pero cada uno puede intentarlo. Los clásicos siguen ahí, aún nos hablan y son de trato amable.

Carlos García Gual es catedrático de Filología Griega en la Complutense. Sus últimos libros son Historia mínima de la mitología, Sirenas: seducciones y metamorfosis y El zorro y el cuervo.

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“Viajar a años luz de distancia puede que no sea inalcanzable”

Entrevista a Adam Steltzner, “Viajar a años luz de distancia puede que no sea inalcanzable”, por Daniel Mediavilla, El País, 21 de octubre de 2016.
Adam Steltzner, fotografiado ayer en Madrid.
Adam Steltzner, fotografiado ayer en Madrid. SAMUEL SANCHEZ

Cuando el fotógrafo entra y ve a Adam Steltzner (Alameda County, California, EE UU, 1963), se plantea por unos segundos si ha apuntado bien quién era el tipo al que venía a retratar. El ingeniero de la NASA, alto, fornido, con un peinado a lorockabilly y gestualidad teatral, podría estar preparando un concierto en el Palacio de los Deportes y no una conferencia inspiradora para gente de negocios en el marco del World Business Forum.

Ayer, mientras Steltzner hablaba con este periódico en el Teatro Real de Madrid, la Agencia Espacial Europea (ESA) se preparaba para tratar de posar sobre Marte una nave espacial con la que probar las tecnologías que deberían llevar allí una misión de exploración en 2021. El estadounidense no se atrevía a dar un pronóstico optimista sobre el resultado del intento europeo de conquista marciana. “La mitad de las misiones que lo han intentado han fallado, creo que es un gran reto”, decía. “Nosotros hemos tenido suerte y hemos tenido éxito. Esta noche [por ayer] estaré con los dedos cruzados por nuestros hermanos europeos”, añadía.

Steltzner es, probablemente, la gran autoridad mundial si hablamos de colocar grandes y carísimas máquinas de exploración sobre la superficie marciana. El título se lo ganó en 2012 cuando culminó su trabajo como líder del equipo de ingenieros de la NASA que posó allí, con precisión y suavidad, el rover Curiosity, un aparato que había costado casi 2.000 millones de euros. El sistema de aterrizaje, una apuesta demencial para muchos, nunca se había probado por completo en la Tierra fuera de los simuladores informáticos. Curiosity sigue hoy enviando información e imágenes espectaculares.

Pregunta. EE UU ha demostrado ser mucho más hábil que otras potencias espaciales a la hora de llevar con éxito sus misiones a Marte. ¿Tiene alguna teoría que lo explique?

Respuesta. Creo que tiene que ver con la propia historia de EE UU, que nos hace excepcionalmente capaces como ingenieros. En la cultura estadounidense, valoramos hasta el extremo al individuo y lo que puede aportar. Y no ponemos límites a esa contribución. Eso fomenta la innovación, el desafío al statu quo. Cualquiera puede hacerlo, pero lo tienes que hacer de una manera práctica si quieres tener éxito en la exploración espacial.

La cultura estadounidense se forjó en gran parte durante la expansión de EE UU a lo largo del continente norteamericano. Estabas operando en los bordes de la sociedad, y tenías que ser muy práctico, porque no tenías el tejido social que te protege frente a las malas decisiones. Tienes que elegir con inteligencia. Es una combinación de centrarse en el individuo y también de ser muy práctico, algo que nos hace ingenieros muy capaces. Esa es una de las razones, además de mucha suerte.

P. La última vez que la ESA intentó poner una sonda sobre un cuerpo extraterrestre, en concreto sobre un cometa, no fue exactamente un aterrizaje suave. ¿Qué le pareció?

R. Fue un gran éxito que Philae hiciese contacto con el cometa, pero si hubiese sido mi trabajo, nunca diría que había tenido éxito. Un coche con las ruedas para arriba no es un coche funcional. Aunque hacer lo que se hizo con el presupuesto limitado queRosetta tenía es bastante impresionante.

P. ¿Ha encontrado algo interesante que hacer en la NASA desde el logro deCuriosity?

R. Queremos regresar a Marte en 2020, con otro rover enorme, como Curiosity, pero esta vez vamos a tomar muestras de una forma muy cuidadosa sobre la superficie de Marte, las vamos a poner en un contenedor especial, muy estéril y herméticamente sellado, y después otra misión llegará y pondrá esos contenedores en órbita alrededor de Marte. Una tercera misión traerá esos trozos de Marte de vuelta a la Tierra. En 2020 comenzaremos esta misión para traer muestras a la Tierra, y soy el ingeniero jefe de esa primera parte del proyecto.

P. ¿A qué lugar del Sistema Solar le gustaría ayudar a llevar una sonda?

R. En mi lista de cosas que hacer, me encantaría colocar una sonda sobre la superficie de Europa, la luna de Júpiter. Tiene una corteza de hielo y un océano subterráneo con más del doble de volumen de agua que todos los mares de la Tierra. Los científicos, amigos míos, astrobiólogos, creen que en esos mares son el sitio donde más probabilidades tenemos de encontrar vida hoy. Me encantaría poner una sonda sobre ese hielo.

Es un reto porque Júpiter es una bestia de planeta, es casi tan grande como una estrella. Produce una intensa radiación que fríe y destruye las naves espaciales. Europa orbita dentro de ese cinturón de radiación, así que para sobrevivir, una nave no puede permanecer durante mucho tiempo sobre su superficie y ni siquiera puede estar en órbita a su alrededor. La misión que lleve un artefacto a la superficie de Europa tienen que orbitar Júpiter y dejarse caer sobre la luna, cartografiándola lentamente, decidiendo dónde dejar caer la sonda y cuándo, y después la tienes que dejar caer y tiene que aterrizar en este superficie tortuosa, rota, fractal, helada. Tiene que aterrizar y llevar a cabo su trabajo en muy pocos días, porque estará siendo abrasada hasta la muerte, bañada en la intensa radiación de Júpiter.

P. ¿Qué piensa sobre los proyectos que se están planeando para llevar humanos a Marte, como el de Elon Musk? ¿Son realistas?

R. Creo que exploramos por algún impulso humano básico. Exploramos como una expresión de nuestra humanidad. Creo que es importante. He pasado mi vida construyendo robots para explorar, pero si la exploración es como creo, una expresión de nuestra humanidad, que los humanos se involucren en eso tiene sentido para mí. Quiero ver humanos sobre Marte, explorando, unos pocos.

¿Que colonicemos Marte? No soy fan de la idea. Creo que la mayor parte de la gente sostiene que deberíamos colonizar Marte porque estamos haciendo la Tierra inhabitable. Eso para mí es absurdo, porque todo el cuidado, la comprensión, la disciplina, o los retos de ingeniería, toda la atención social necesaria para hacer Marte habitable y mantenerlo así, es exactamente lo que necesitamos para mantener la Tierra habitable. Si no podemos hacer eso aquí, no seremos capaces de hacerlo allí.

P. Y a más largo plazo. ¿Seremos capaces de llegar a planetas que orbitan otras estrellas, como Proxima Centauri b, descubierto hace poco?

R. Tengo muy claro que nuestra especie sufre de lo que los financieros pueden llamar riesgo de concentración. Toda nuestra inversión está en este planeta. No tenemos una cartera de inversiones muy diversificada y sería genial cambiar eso en algún momento. El telescopio Kepler, que mira a otras estrellas en busca de otros planetas, ha encontrado miles de planetas alrededor de otras estrellas, muchos de los cuales se encuentran en el espacio habitable, donde puede haber agua líquida. Tenemos alrededor de 20 planetas identificados en nuestro vecindario que podría ser habitables desde ese punto de vista. Pero aún están infinitamente lejos con las tecnologías actuales.

Necesitaríamos miles de años para llegar a esos lugares y no soy capaz de imaginarme un viaje así. Dime qué país ha permanecido estable durante mil años. Y entonces imagina un país dentro de una nave espacial que permanezca estable durante mil o dos mil años y que durante ese tiempo no se maten todos o decidan que no querían ir donde iban cuando partieron.

Es importante para una sociedad ayudar a educar a las personas cuando están listos para aprender

Lo que no me sorprendería es que algún día sepamos más. El campo de la mecánica cuántica, el entrelazamiento cuántico. Nuestra comprensión básica sobre lo que es el espacio tiempo está subdesarrollado, estamos aprendiendo cosas nuevas y algunas de ellas cambiarán nuestra comprensión sobre las barreras y las distancias en el espacio-tiempo. Según entendemos el espacio y el tiempo hoy, es imposible pensar que seremos capaces de viajar a años luz de distancia, pero de la forma en que lo entenderemos mañana, puede que deje de ser un reto inalcanzable.

P. Usted cuenta que la primera vez que le dedicó un pensamiento serio a la astronomía tenía ya 21 años. ¿Esto es un mito como lo de que Einstein no tenía buenas notas en la escuela? Si es cierto, ¿qué nos dice esto sobre la educación, que sea posible que un talento importante surja tan tarde?

R. Creo que no dice tanto sobre la educación como sobre la importancia de la psique. Ahora soy un matemático relativamente capaz y un ingeniero muy decente, pero no habrías sido capaz de percibir eso en mí cuando era más joven porque, psicológicamente, no era capaz de sacar a la luz esos elementos de mi mismo.

P. Pero usted tuvo la posibilidad de realizar ese cambio, porque su familia le podía ayudar. ¿Sería interesante que los Estados, por ejemplo, planteasen alguna forma de apoyar a personas que pueden desarrollar sus talentos más tarde?

R. Es un planteamiento interesante. He pensado mucho sobre las escuelas, la educación, la enseñanza. En mi experiencia vital, entre los 13 y los casi 23, en todo lo que pensaba era sexo, drogas y rock and roll. Intentar enseñarme algo distinto de eso no daba resultado. Por eso, cuando ya como veinteañero regresé a la escuela, era muy capaz de centrarme, porque sabía lo que quería. Estaba listo. Muchos de mis compatriotas en la universidad no lo estaban. Ellos dijeron entonces, ¡oh, sexo, drogas y rock and roll! ¡Mi madre no está cerca para vigilarme, soy libre por primera vez! Yo había experimentado esa libertad antes.

Eso me ha hecho pensar sobre cuándo los jóvenes, o los humanos en general, estamos listos para entender una serie de cosas. Es interesante preguntarse cuándo estamos listos para aprender qué. Creo que es importante para una nación, una sociedad, ayudar a educar a las personas cuando están listas para aprender.

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Serendepia

Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. También puede referirse a la habilidad de un sujeto para reconocer que ha hecho un descubrimiento importante aunque no tenga relación con lo que busca.

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Elliott Erwitt

“La fotografía es un arte que tiene que ver con la observación, con encontrar algo interesante en un lugar común… He comprobado que tiene poco que ver con las cosas que ves y todo que ver con cómo lo ves”

 

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Thelonious Monk, en su retiro

Thelonious Monk, en su retiro, por Antonio Muñoz Molina, 24 de octubre de 2009.

http://elpais.com/diario/2009/10/24/babelia/1256343138_850215.html

Desde la ventana de la habitación que abandonó muy pocas veces en los últimos años de su vida Thelonious Monk veía el río Hudson y el perfil entrecortado de Manhattan. Cada mañana se vestía escrupulosamente con sus trajes bien cortados, sus grandes zapatos, sus calcetines y sus corbatas a juego, como si tuviera que acudir a alguna cita en la ciudad, y a continuación se tendía en la cama, y se pasaba el día mirando el techo, o se incorporaba sobre los almohadones doblados para mirar la televisión. Su programa favorito era la versión americana de El Precio Justo. El pianista Barry Harris, que vivía en la misma casa, y que ensayaba en una sala próxima, se asomaba a veces a la habitación de Monk y al verlo inmóvil y formal encima de la cama pensaba que parecía un muerto en su ataúd. La casa estaba en Nueva Jersey y había pertenecido al director de cine Joseph von Sternberg. Su dueña era ahora la baronesa Pannonica de Koenigwarter, que llevaba años dedicando su vida y su fortuna a proteger a músicos de jazz, y que en 1955, en su apartamento del hotel Stanhope de Nueva York, había acogido a Charlie Parker, enfermo y desahuciado. Mientras la baronesa Pannonica le preparaba algo de cena o una bebida Parker estaba en el sofá mirando un programa cómico que le gustaba mucho. Se le paró el corazón en medio de un ataque de risa.

Ahora Pannonica o Nica vivía retirada en Nueva Jersey en compañía de sesenta gatos y desde 1976 tenía como huésped a Monk, que llevaba todo ese tiempo sin tocar el piano, sin hacer nada, sólo levantarse cada mañana y vestirse y volver a tenderse en la cama recién hecha para mirar al techo o volver los ojos hacia la ventana en la que se recortaba cada día la silueta azulada o diluida en la niebla de la ciudad en la que había crecido y pasado la mayor parte de su vida, y a la que no iba a volver, teniéndola tan cerca. Le gustaba a veces dejar la puerta entornada para escuchar a Barry Harris tocando el piano. También se daba algún paseo por el bosque cercano a la casa. Cuesta imaginar a Thelonious Monk caminando por un sendero en un bosque, grande y solo, incongruente con su traje de ciudad y su falta de costumbre de frecuentar la naturaleza, alguien crecido en las calles peligrosas del West Side de Manhattan, aclimatado muy pronto a la tiniebla de los clubes, los callejones, las esquinas nocturnas. Caminaría con una torpeza urbana agravada por la enfermedad, con algo de sonambulismo, con la mirada ausente y la expresión ensimismada, atento tal vez a los rumores del viento en las hojas y a los cantos de los pájaros, él que había tenido desde niño un oído tan sutil para la música, y que ahora parecía haber dejado de necesitarla. Cómo sería ir por uno de aquellos senderos y encontrar de pronto a Thelonious Monk, con su mirada fija y bovina, quizás con un sombrero o un gorro estrambótico, si es que no había prescindido también de esa costumbre, la de coronar su figura con un tocado en el que siempre había algo de pagoda o de bonete o solideo de alguna orden monacal, de un sacerdocio absurdo que él hubiera adoptado con la misma seriedad con que Buster Keaton se empeñaba en sus tareas imposibles.

Algo de imposible hubo siempre en la música de Monk, una cualidad tortuosa y chocante que durante muchos años desconcertó a quienes la escuchaban y que todavía mantiene el filo de su novedad. La pulsación de una sola nota basta para identificarlo. Delicadeza y disonancia se superponen provocando ondulaciones sonoras que duran en los espacios de silencio. Con cuatro o cinco notas ya se ha establecido una melodía que tiene una parte de dulzura y otra de burla y de tentativa en el vacío. Cuando Monk era un adolescente pasó dos años acompañando al piano a una predicadora evangelista ambulante, una de aquellas iluminadas que daban sus sermones en graneros o en pobres salones de alquiler en los pueblos segregados del Sur y enardecían a los fieles con el fuego de una oratoria bíblica que se convertía sin transición en canto africano de llamada y respuesta. El joven Monk acompañaría los himnos tocando harmonios o pianos viejos sin afinar a los que les faltaban teclas y observaba de cerca la perduración de los ritmos y las melopeas clamorosas venidas de África, mezcladas con la herencia musical europea en una aleación que era el río originario del negrospiritual, el blues y el jazz. Años después, cuando ya era un músico conocido, sus estridencias y sus invenciones sonoras no se alejaron nunca del tronco de losblues, y sus lentas danzas de oso sobre el escenario mientras los otros seguían tocando tenían algo de ritual antiguo y posesión, como de trance de iglesia baptista.

Otros se extenúan en vano queriendo lograr a base de aspavientos y de imposturas algún simulacro de originalidad. Thelonious Monk no se pareció nunca a nadie. Creció en la digna pobreza de la clase trabajadora negra que emigraba desde el Sur agrario, atrasado y racista a las capitales industriales del Norte y siguió siendo pobre, con periodos cortos de relativo bienestar, hasta el final de su vida. En un pequeño club de Harlem, Minton’s Playhouse, en los primeros años cuarenta, empezó a tocar como no lo había hecho nunca nadie, pero el crédito por la gran transformación del jazz que tardó mucho todavía en llamarse bebop se lo llevaron sobre todo Charlie Parker y Dizzy Gillespie, mientras él permanecía en la pobreza y en la sombra. Parker y Gillespie lo trastornaron todo acelerando al máximo la velocidad y exagerando el virtuosismo: Monk prefirió la apariencia de sencillez, las lentitudes contemplativas. Inventó una música en la que otros brillaban más que él y una estética personal que se convirtió en moda: la boina, las gafas de sol en plena noche, la perilla de cabra. Jugaba al tenis con la misma destreza desconcertante y versátil con que tocaba el piano y cuando tenía algo de dinero preparaba cazuelas de espaguetis con albóndigas. A las personas que quería -su primer amor, Ruby, su mujer, Nelly, su hijo Toot, su hija Bo Bo- les dedicó pequeñas baladas llenas de una ternura como de canciones de cuna, hechas con un arte tan meticuloso, tan liviano, como acuarelas de Paul Klee.

Robin D. G. Kelly le ha dedicado ahora una extraordinaria biografía, Thelonious Monk, The Life and Times of an American Original. La mejor manera de leerla es escuchando de fondo los discos de Monk, sintiendo en cada nota del piano, como en una sesión de espiritismo, una presencia que el paso de los años no desdibuja. Pero cuando acaba la música y uno cierra el libro la presencia no cesa. El silencio también tiene que ver con Thelonious Monk, que eligió recluirse en él al final de su vida, estragado por la enfermedad y el agotamiento: un silencio que según él decía es el ruido más estruendoso que existe en el mundo.

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El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen

El filósofo Charles Taylor, primer ganador del premio Berggruen, por Francesc Arroyo, El País, 6 de octubre de 2016.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/05/actualidad/1475657119_206840.html
El escritor y filósofo canadiense Charles Taylor, en Barcelona en agosto de 2015.

El filósofo canadiense Charles Taylor (Montreal, 1931) fue galardonado este martes con el premio que concede elInstituto Berggruen, fundado en 2010 para impulsar el diálogo y el pensamiento. El premio, que se concede este año por primera vez, está dotado con un millón de dólares canadienses (unos 676.000 euros). El jurado está compuesto por destacados pensadores y académicos, entre los que figuran el premio Nobel de Economía Amartya Sen, el médico Antonio Damasio, de la Universidad de Pensilvania y la matemática Alison Miller, de la Universidad de Harvard. El director y fundador del Instituto, Nicolas Berggruen, destacó que la obra de Taylor ha contribuido a transformar el pensamiento sobre el mundo y sobre aspectos básicos de la vida humana. El presidente de la entidad, Craig Calhoun, resaltó el carácter intelectual y a la vez humilde de la filosofía de Taylor, así como su calidad humana y su capacidad para la enseñanza y el compromiso público.

Taylor estudió Historia en la Universidad McGill (Montreal), centro al que volvería como profesor después de haber completado sus estudios en Oxford, donde se doctoró en Filosofía con una tesis dirigida por Isaiah Berlin.

Ruth Abbey, compiladora de un volumen colectivo sobre la obra de Taylor, anota que, tras su jubilación, no ha dejado nunca de escribir, enseñar y dar charlas por todo el mundo. En España impartió unas conferencias el pasado año en Barcelona, coincidiendo con la traducción de La era secular (Gedisa), su penúltima obra. La última, The language animal, aparecida este mismo año, no tiene todavía versión española. La era secular son dos tomos que suman casi 1.200 páginas. Taylor analiza el concepto de secularidad a lo largo de la historia, con especial atención al periodo que va desde el Renacimiento hasta hoy. Describe la construcción de un imaginario social que en economía tiene en cuenta tanto el interés social como el beneficio mutuo, mientras que considera la democracia (la convivencia basada en el consentimiento entre iguales) el mejor sistema político para administrar una esfera pública que, sostiene, si no existiera habría que fingirla. Como se ve, el proyecto inicial, el proceso de secularización occidental, queda ampliamente superado.

En unos tiempos en los que se anuncia que ya no hay posibilidad de visión global del mundo, Taylor demuestra en cada una de sus obras (y en el conjunto de ellas) lo contrario. El volumen citado de Abbey dedica cada capítulo a un aspecto de sus diversas aportaciones: la hermenéutica, la epistemología, la moral, la teoría política, el feminismo, la relación entre creencias religiosas y prácticas políticas. Y se podría añadir que nunca ha dejado de lado las reflexiones sobre filosofía de la mente y sobre la filosofía del lenguaje o sobre estética. “Para hablar como filósofo hay que leer literatura, escuchar música”, defiende. En su opinión, hay “muchas otras formas de expresar las cosas”.

Sus obras más difundidas son Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna, El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, y La ética de la autenticidad (Paidós). En todas ellas se aprecia la clara influencia de Heidegger, pero también de Aristóteles. Taylor es un realista (tendencia que empieza a ser recuperada frente al posmodernismo dominante en Europa en las últimas décadas) convencido de que podemos tener conocimiento de un mundo exterior a nosotros. Es cierto que podemos plantearnos la posibilidad de que ese mundo sea realmente distinto a cómo lo percibimos, pero de la mano de la ciencia, las aproximaciones al mundo exterior tienen grandes posibilidades de acercarse a la realidad.

Taylor es firme defensor del pluralismo, en política y en filosofía. Pero el pluralismo no tiene por qué llevar al relativismo. En su opinión, se puede aceptar que la visión del mundo que nos aporta la ciencia es la más precisa, cuando utilizamos los lenguajes de la civilización occidental, asumiendo que hay otros tipos de aproximaciones a la realidad. No obstante, en materia moral es condición más que recomendable intentar superar el subjetivismo, lo que no significa atrincherarse en la verdad y menos aún hacer proselitismo. El único pecado que no hay que tolerar, afirma, es la intolerancia.

EXTRACTO ENTREVISTA. 11 de agosto de 2016, por Francesc Arroyo, El País.

Pregunta. Usted ha estudiado el declive de las creencias religiosas, convencido de que ése es un cambio central en la sociedad actual. ¿Es así?

Respuesta. He intentado dar una perspectiva sobre uno de los cambios de era vividos durante los últimos doscientos años. Hemos pasado de una sociedad marcada por la cristiandad a otra abierta y diversificada. Ahora hay distintas formas de ser cristiano o ateo. Es una situación completamente nueva en la historia de la humanidad. Mi idea era describir el presente y comprender cómo se ha pasado de la fe a la falta de fe.

P. Y, ¿qué ha pasado?

R. Bueno, lo que se cuenta es siempre una narración, un relato, como dice Paul Ricoeur. Yo creo que la vida humana no se comprende sin un relato. Al analizar la situación de la espiritualidad y de la religión compruebo que hay muchas personas que buscan algo, sea una concepción atea o religiosa. Hay también muchas personas que lamentan la erosión de la cristiandad y se resisten a su desaparición. El desafío es entender a las dos partes, creyentes y no creyentes, y que convivan.

P. En su obra habla de ataques de los laicos a los cristianos. En España se da más bien lo contrario: hay creyentes que intentan convertir sus opiniones en leyes y prohibir el aborto.

R. El laicismo dirigido a contener la religión tiene sentido cuando hay una iglesia hegemónica, pero en Francia, Canadá, Estados Unidos, Alemania, se da una diversidad sin hegemonía posible por parte de una iglesia. Si España no está ahí, el laicismo contra una iglesia hegemónica es todavía pertinente. Pero lo que ocurre a veces en Occidente es que no hay un anticlericalismo contra el catolicismo, sino contra los musulmanes que, por ejemplo en Francia, son una minoría ya discriminada. El resultado es una marginación que acelera su sentimiento de exclusión. Algo muy diferente a lo que ocurrió en Francia durante la Tercera República. Entonces había un problema porque una parte de la población quería reinstaurar un régimen monárquico católico y había que luchar contra ello.

P. El futuro, ¿será más tolerante?

R. Tolerancia no es la mejor palabra. Una democracia no es tolerante, es un régimen de derecho, algo superior a la tolerancia. La cuestión es si somos capaces de mantener un verdadero régimen de derecho. En caso contrario, la mejor solución disponible es la tolerancia. Pero el objetivo ha de ser una democracia en la que cada cual tenga el derecho a expresar su opinión, a votar como quiera, a practicar la religión que acepte. ¿Soy optimista en cuanto al futuro del sistema de derecho? No creo que vaya a desaparecer, pero extenderse a todo el planeta… Ya vemos lo que ocurre en China, Rusia, Arabia Saudí. Lo probable es que haya avances y retrocesos. Ahí está la evolución de Rusia hacia una forma de dictadura larvada, pero Túnez es un ejemplo de evolución positiva. Sí, en el futuro habrá pérdidas y ganancias, avances y retrocesos. Es difícil pensar que el mundo vaya gradualmente hacia una democracia como cree Francis Fukuyama con el fin de la historia.

P. En los sesenta, dice usted, se vivió una revalorización del cuerpo asociada a una sexualidad menos prohibitiva, frente a la que reaccionaron las iglesias.

R. Hay muchas personas mayores que se sienten perturbadas por este cambio, sea por la mayor laxitud de las relaciones entre sexos o por el reconocimiento de los derechos de los homosexuales. Les choca. También había en la mayoría de religiones un vínculo muy fuerte respecto a esta moral sexual puesta en cuestión, pero las cosas han cambiado mucho y cambiarán más.

P. El referéndum en Irlanda sobre el matrimonio homosexual tuvo la oposición de la Iglesia católica. ¿Por qué tanta reticencia?

R. Hemos vivido siglos en la cristiandad, no en el cristianismo: una civilización donde todo, la moral, el arte, estaba inspirado por el cristianismo. La mayoría de las iglesias fueron formadas en esa concepción moral, coronada por el hecho de ser una moral considerada absolutamente válida, a salvo de la crítica. Es comprensible que quienes han gestionado estas iglesias se resistan a lo nuevo porque creen que cuestiona la lógica del cristianismo.

P. ¿Decía usted que las cosas cambiarán?

R. Es evidente. Muchos de los jóvenes que han votado en Irlanda se consideran todavía católicos, aunque discrepen de la jerarquía. Ésta ha hecho lo mismo en los dos últimos siglos. Pío IX condenó los derechos humanos y la democracia. La jerarquía adoptó una postura de oposición y de condena, una actitud que ha llegado hasta Benedicto XVI. Es una pena, pero hay que superarlo.

P. Usted asocia la idea de la muerte a la percepción de una pérdida del sentido de la vida

R. Hoy las personas no tienen claro el sentido de la vida. Hace siglos sabían que cada cual tenía que ganarse la salvación —como se decía en Quebec— obedeciendo a la Iglesia, siendo un buen cristiano. Y se tenía un temor inmenso a ser condenado. El significado de la vida era tan claro que nadie se quejaba de la falta de sentido. Con los cambios, hay quien cree que la vida no tiene sentido. Las reacciones pueden ir desde el intento de hallar sentido en el sinsentido, como Camus, hasta hundirse o paralizarse. Creo que hay algo en el ser humano que actúa contra esto: un deseo de sentido. Se puede decir que la vida no tiene sentido o que el sentido es incierto, pero hay constantemente en el hombre movimientos de significación que renacen en la vida y eso nos indica que somos menos distintos de los antiguos de lo que creemos, a veces con un sentimiento de superioridad.

P. ¿Superioridad?

R. Creemos ser superiores porque los antiguos estaban obnubilados y aceptaban las historias que les contaban y nosotros no. Somos menos distintos que eso aunque haya diferencias.

P. Cita usted a Camus. Es un rasgo de su obra utilizar tanto textos literarios como filosóficos.

R. Para explorar los distintos modos de significación de la vida, el lenguaje filosófico, que quiere ser muy claro, no es suficiente. Hay un pensamiento sutil, como decía Pascal. No hay solamente un pensamiento matemático capaz de explorar las distintas formas de significado. Para hablar como un filósofo hay que leer literatura, escuchar música, porque hay otras formas de expresar las cosas. El discurso del filósofo cojea un poco, debo decirlo, sin esa referencia a la literatura. En ella se da una riqueza, una densidad de pensamiento que falta completamente en otros textos. Yo intento navegar entre los unos y otros porque creo que es necesario.

P. También sostiene que el lenguaje actual ha perdido fuerza.

R. Nos hallamos en una nueva situación. Usaré una analogía: si voy a China, al principio estoy desorientado; tengo que aprender algo de la lengua, aprender conceptos que me son extraños, antes de poder hablar con las personas. Lo mismo ocurre cuando nace una nueva era. Aparecen problemas nuevos y no siempre tenemos las palabras adecuadas para expresar una opinión. Estamos obligados a encontrar el lenguaje que nos permita describir la nueva situación. Vivimos en una era en la que todo cambia muy rápidamente. Necesitamos un lenguaje que dé cuenta de los nuevos significados. Es un proceso sin fin.

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