‘Purple washing’ o acordarse del feminismo cuando interesa

‘Purple washing’ o acordarse del feminismo cuando interesa, por Barbijaputa, El Diario, 29 de agosto de 2016.

http://www.eldiario.es/zonacritica/burkini-barbijaputa-purple_washing_6_553004709.html

Durante las últimas semanas, a raíz del debate que se ha producido en Francia sobre la prohibición del burkini, ha pasado algo impensable; no se lo van a creer, pero sí: un montón de hombres se han puesto a opinar sobre qué deben vestir las mujeres. Quién lo iba a decir. Y menos mal, porque tanto las mujeres de Occidente como las de Oriente lo necesitábamos. Miedo me da imaginar qué sería de nosotras, hoy día, si no hubiéramos tenido siempre a hombres desde todos los púlpitos diciéndonos qué hacer, decir, opinar y vestir. Sinceramente, creo que hay muchas probabilidades de que anduviéramos comiendo dátiles enganchadas a las ramas de los árboles.

Éstos que arremeten contra el velo o el burkini son los mismos que jamás han escrito antes una sola línea (ni escribirán en el futuro) de lo que supone la depilación en Occidente, como tampoco lo harán nunca en favor de cualquier tema que implique la liberación de las mujeres.

El último caso lo tenemos en un artículo de El Mundo llamado La mora y la pijaflauta, firmado por un señor llamado Jorge Bustos. Ya se pueden imaginar el nivel del texto sólo leyendo el título, pero les copio mi parte favorita: “Flaco favor les hace la empanada mental y la desvergüenza ética con que aquí la misma pijaflauta que atribuye por la mañana al heteropatriarcado cristiano la paliza de un infecto machista a su ex, niega por la tarde la condición estructural del machismo coránico, que al parecer no rige para la morita que baja a la playa tapada como si tuviera la lepra. Ocurre que la feminista de progreso ha encontrado en el burkini la penúltima excusa para liberar su histeria penitencial por pertenecer al hemisferio de las libres y prósperas, al que desearían pertenecer tantas hijas del Profeta”.

En un sólo párrafo, el autor, demuestra que:

1. No sabe qué es ni qué dice el feminismo. 2. No sabe que un feminismo que no sea “progresista”  no es un feminismo que luche por la liberación de todas las mujeres. 3. No sabe que el término “histeria” para referirse a actitudes femeninas no lo usa nadie que no haya nacido antes de 1930. 4. No sabe que referirse como “infecto machista” a un maltratador no despistará a nadie de su propio machismo. 5. No sabe que usar “morita” es machista, por el diminutivo, e islamófobo por el “mora”. 6. No sabe que no hay ni un sólo país, mucho menos todo un hemisferio, donde las mujeres sean libres.

Ustedes dirán lo que quieran, pero escribir todo un artículo para demostrar todo lo que uno ignora por completo, me parece una proeza digna de elogio. Aunque se haya hecho involuntariamente.

De todas formas, no ha inventado nada nuevo este señor al usar la lucha de las mujeres para justificar su islamofobia. A esta práctica que consiste básicamente en defender medidas o políticas xenófobas y racistas con la excusa de que es necesaria para la liberación de las mujeres se llama “purple washing“, por ser el morado el color relacionado con el feminismo. El término, muy necesario como ven, lo acuñó la activista feminista Brigitte Vasallo.

Pero lavar de morado tu racismo para hacerlo pasar por una causa noble no sólo no oculta tu racismo, sino que además deja entrever tu misoginia; usar la opresión femenina para fines execrables no tiene otro nombre.

Pasa lo mismo con los que ejercen el llamado pink washing, que viene a ser lo mismo pero con la lucha LGBTI y, también, con la lucha contra el cáncer de mama. De hecho, el término pink washing fue acuñado en un primer momento por la  Breast Cancer Action para denominar las prácticas de marketing de las empresas que usan el cáncer de mama y el lacito rosa: parecer solidarios con el único fin de vender más un producto en concreto, aunque para la fabricación de ese producto se utilicen ingredientes queaumentan el riesgo de padecer dicha enfermedad.

De casos de  purple washing en nuestro país vamos sobrados. Cada vez que el islam es motivo de debate, los medios se llenan de hombres que se acuerdan de que el feminismo existe y de que hay mujeres oprimidas en el mundo. Por supuesto, las mujeres de sus países occidentales no lo están, claro… de hecho, siempre que pueden, arremeten contra ellas, intentando ridiculizarlas y convirtiéndose en un verdadero obstáculo de la lucha, ya que aprovechan sus espacios en los medios para sus fines, medios con millones de lectores.

Yo no me canso de hacer esta prueba –y le animo a que ustedes la hagan– porque nunca falla: cuando lean a un articulista usar la excusa del feminismo para justificar opiniones xenófobas, racistas, machistas o, en general, deleznables, hagan una rápida búsqueda de en qué otro momento de sus carreras periodísticas han usado la palabra feminismo (test válido para cualquier usuario de internet rastreable en Google). Yo lo he hecho con nuestro protagonista de hoy y Google ha dado un resultado de un total de tres artículos en los que, ¡sorpresa!, se limita a criticar el movimiento y a reírse de él.

No sólo hablamos de columnistas, claro, el purple washinglo vemos cada día en nuestras redes sociales. En los días que siguieron a las violaciones de Colonia, la derecha española (medios y lectores) inundó sus portadas, sus muros de Facebook y  timelines de Twitter, de gritos de guerra contra el feminismo (como se lo cuento) por no destacar que los agresores, al parecer, no eran occidentales y ceñirnos sólo en que eran hombres. Purple washing de primero de xenofobia: querer que denostemos, sólo, un tipo de violencia contra las mujeres: la que ejercen hombres de otras nacionalidad, sin analizar la del raíz el problema e invisibilizando su denominador común: los hombres.

Para despedirme, les dejo con un ejemplo audiovisual depurple washing, con el que no sabe una si reír o llorar. Supongo que primero lo uno y después lo otro. El protagonista de este vídeo es una representación perfecta, pero más cómica y menos historiada, de todos esos columnistas que nos dicen –y nos dirán siempre– qué opinar sobre nuestras propias opresiones.

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Personajes femeninos a examen: 6 herramientas para evidenciar el sexismo – Canino

Personajes femeninos a examen: 6 herramientas para evidenciar el sexismo, por Marta Trivi, Caninomag, 30 de agosto de 2016.

http://www.caninomag.es/los-personajes-femeninos-examen-6-herramientas-evidenciar-sexismo/

No sólo del test Bechdel vive la crítica feminista. Existen todo tipo de métodos para evaluar las mujeres en pantalla, ¿te suena “mujer en el frigorífico”?

Origen: Personajes femeninos a examen: 6 herramientas para evidenciar el sexismo – Canino

 

Si conoces el test de Bechdel sabrás que es tan útil como imperfecto. No te preocupes, todo tiene solución. A partir de la idea de la dibujante de Fun Home (2006) han nacido otros muchos métodos para evaluar el trabajo de los medios en relación con la representación femenina. Aquí recopilamos los más importantes.

Hay un problema con la representación de las mujeres en el cine. Es evidente y obvio lo midamos como lo midamos. Empecemos con algunas cifras, las más sencillas: sólo el 22% de los personajes protagonistas de las cintas más taquilleras del 2015 eran mujeres. Por muy mal que suene esto, debemos mirar el dato con relativo entusiasmo. No teníamos tantos personajes principales femeninos desde el año 2002.

Analizando los papeles secundarios tampoco nos llevamos una alegría, pues sólo el 29% de estos son femeninos, lo que hace que en total sea el 30% de los papeles con diálogo el que pretenda reflejar al 50% de la población. Y podría ponerme mucho más quisquillosa. Podría mirar cuántas de estas mujeres pertenecen a minorías. O cuántas de todas ellas tienen una edad superior a los 35 años, pero los datos serían demasiado desalentadores. Ese sería un momento de los de echarnos las manos a la cabeza.

Un reparto como el de Criadas y señoras (2011) no es lo habitualimes)

Pero no debemos quedarnos en los números, igual de importante es el cuánto que el cómo. De nada nos sirve que aumente el número de protagonistas femeninas si estas siguen basando su valor en ser madres, esposas o novias de personajes masculinos. En nada se avanza si los hombres siguen teniendo más diálogo, incluso cuando ellas son las que aparecen en el centro del cartel. Y, por supuesto, no podemos olvidar que estas protagonistas no están distribuidas por igual en todos los géneros sino que suelen encontrarse en cintas bastante específicas: comedias -especialmente románticas- y películas de acción basadas en novelas deyoung-adult.

Para subrayar todo esto de forma simple, centrándonos en películas concretas y descartando el masivo análisis estadístico, han ido surgiendo varios test que, ya sea desde la honestidad o desde la más pura ironía, pretenden hacernos reflexionar sobre las mujeres que acabamos de ver en pantalla. Estos son algunos de ellos.

Test de Bechdel

El que es el más antiguo -lleva dando guerra desde 1985- y posiblemente más conocido de todos estos tests surgió de una tira cómica de la dibujanteAlison Bechdel. En ella, una mujer le comenta a otra que nunca va al cine a ver una película si no cumple las siguientes tres condiciones:

1.Debe mostrar al menos dos mujeres en pantalla

2.Estas dos mujeres deben hablar entre ellas

3.La conversación debe girar alrededor de algo diferente a un hombre

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Parece fácil, ¿no es cierto? Hollywood no lo cree así. Es más, en California se recuerda a los guionistas que es mejor que sus trabajos no pasen el test. A fin de cuentas ¿quién quiere escuchar a un grupo de mujeres hablando de “sus cosas”?

Si volvemos a los números estos nos dan una confirmación. En general, sólo el 60% de las películas cumplen estas tres sencillas premisas. Sin embargo, limitando la muestra a las 200 cintas con más recaudación de la última década, el porcentaje de éxito se reduce hasta el 47%.

Aunque la función del test de Bechdel no sea la de catalogar una cinta como feminista o no -esa es una cuestion bastante complicada- su utilidad como herramienta de crítica por parte del feminismo ha quedado bastante en entredicho después de notar que películas marcadamente machistas, como por ejemplo Pretty Woman (1990), podían pasarlo (y varias veces, todo hay que decirlo) sólo con que la protagonista intercambiara unas breves palabras con su compañera de piso o con una dependienta.

Para intentar afinar un poco más la idea de Bechdel, han surgido varias voces que piden que los personajes femeninos que interactúan, para ser considerados como tales, tienen que tener un nombre y este debe ser referido en pantalla. Este cuarto requerimiento es el que aplica la base de datos bechdeltest.com, pero, aún así, parece que sigue generando debate.

Cintas como Los hombres que no amaban a las mujeres (2011), llena de personajes femeninos interesantes y complejos, falla el test al no contar con una escena en la que interaccionen entre ellos. Lo mismo pasa con esa maravilla (no puede ser de otra forma teniendo kaijus y mechas) llamadaPacific Rim (2013). La cinta de Guillermo del Toro tiene una co-protagonista que no sólo es mujer, sino que además pertenece a una minoría (a la que representa sin caer en estereotipos) y tiene un arco argumental propio, exclusivo de ella. Hablo de Mako Mori, el personaje deRinko Kikuchi, que inspira el test que poco a poco está desplazando la idea propuesta por Bechdel.

El test Mako Mori

Aunque lo ideal hubiese sido que Mako tuviera al menos un par de compañeras con las que poder conversar, es evidente que hay mucha gente dispuesta a olvidar este detalle frente a las numerosas virtudes del personaje.

Estamos ante una mujer en una cinta de acción que nunca es sexualizada y a la que todos los demás compañeros tratan con respeto sin que tenga que hacer nada extra para ganárselo. El personaje de Rinko Kikuchi demuestra su fortaleza al luchar durante todo el metraje por conseguir alcanzar sus sueños, y todo eso sin tener que comportarse como los demás esperan que sea la estereotipada “chica dura”.

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El test Mako Mori nació en tumblr, concretamente en el blog de un usuario, ahora inactivo, llamado chaila. Para pasarlo las condiciones que debe cumplir una cinta son:

1. La película debe contar con al menos un personaje femenino

2. Este personaje debe tener su propio arco argumental

3. El arco no debe existir sólo para hacer avanzar la trama de un hombre

Aunque el test Mako Mori parece una herramienta más precisa que el de Bechdel a la hora de identificar una película como feminista (este test sí que no lo pasa Pretty Woman), cierra la puerta de golpe, como si no fueran valiosos, a conceptos como la sororidad, la amistad o la interacción femenina. Además, parece contentarse con lo mínimo, un personaje femenino importante, sin preocuparse de comprobar el número de personajes masculinos que consiguen el mismo tratamiento en la película.

Por ser bastante reciente aún no hay análisis fiables que nos dejen conocer el porcentaje de películas que superan el test Mako Mori pero, viendo lo que sucede con el de Bechdel, podemos imaginar que no son muchas. Debido a esto, la escritora de Marvel Kelly Sue DeConnick -haciendo gala de mucha mala leche- ha desarrollado un test que, según su experiencia, es mucho más adecuado para los tiempo que corren.

El test de la lámpara sexy

Lo que empezó como una broma que la guionista usaba en las entrevistas, fue poco a poco creciendo hasta convertirse en un arma para denunciar las malas prácticas de los escritores de ficción, no sólo a la hora de escribir mujeres, sino también a la de desarrollar un universo realista alejado de tropos y estereotipos.

Kelly Sue Deconnick

El test contempla sólo un requisito: el de que tu personaje femenino no pueda ser reemplazado por una lámpara sexy sin que esto afecte a el argumento. Si tu personaje femenino es plano y su único sentido es el de servir de recurso para hacer avanzar al argumento, entonces no hay ningún motivo por el que debas contratar a una actriz. Una lámpara ataviada con poca ropa puede hacer el trabajo a la perfección.

Sin embargo, por muy graciosa que nos resulte la idea de una lámpara enshorts y luciendo escotazo, no podemos sino alarmarnos ante la cantidad de películas cuyas mujeres resultan ser objetos al servicio del argumento. En Deadpool (2016) el personaje de Vanessa sólo sirve para detonar la acción y motivar al antihéroe a perseguir al sádico Francis (digo… Ajax), al igual que pasa con Rose en Slow West (2015). En Amor y letras (2012), el personaje de Elizabeth Olsen sólo existe para crear una crisis existencial en el protagonista, lo mismo que sucede con Lisa en Anomalisa (2015)… y así podríamos continuar. Para encontrar ejemplos ni siquiera necesito entrar en el cine de acción, donde los personajes femeninos aún salen peor parados. Al menos, eso es lo que sugiere el análisis de la “fuerza relativa”.

El análisis de la “fuerza relativa”

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Uno de los mayores errores que pudo cometer la crítica feminista a la hora de ponerse a analizar la ficción fue el de crear la expresión “personaje femenino fuerte”. El término en sí no es malo. Hacía referencia a personajes tridimensionales, con presencia e importancia en el argumento de una obra. Sin embargo, es un concepto que ha sido tan ampliamente malentendido y pervertido que ha acabado volviéndose en nuestra contra.

¿Qué cómo es esto? Simple: muchos guionistas y críticos parecen empeñados en creer que un personaje “fuerte” debe serlo en términos físicos, y si no, al menos, en términos que tradicionalmente se han aplicado a personajes masculinos. En otras palabras: hay gente convencida de que un personaje femenino fuerte es aquel que sabe luchar “casi” igual que un hombre, bebe “casi” la misma cantidad de cerveza y se comportan “casi” con la misma agresividad. Que los personajes femeninos fuertes son los que son todo un macho. Bueno, no todo, “casi” todo.

Carey Mulligan como Maud Watts en Sufragistas -2015-

El concepto de “fuerza relativa” fue desarrollado en una serie de artículos escritos por Carina Chocano para la revista cultural del New York Times a lo largo del verano del 2011- En ellos, Chocano intentaba explicar la importancia de esos personajes que no son considerados “fuertes” pero que son de gran importancia por su realismo, protagonismo y, sobre todo eso, porque no están escritos a partir de la visión de fuerza de un hombre. Chocano considera esta fuerza una “fuerza relativa”

De la serie de artículos puede extraerse la idea de que en el cine -especialmente en el de acción- se había pasado de introducir a mujeres sólo por su atractivo a reducirlas a clichés que explotaban muchos de los estereotipos masculinos. En contra de esto, se proponía buscar a esos valiosos y escasos personajes que conseguían reflejar la verdadera fuerza o debilidad de una mujer dando importancia a sus virtudes por lo que son y no porque puedan hacerla más similar a un hombre.

El test “mujer en el frigorífico”

Pero no sólo son útiles las figuras que señalan la (poca) presencia de los personajes femeninos o la (poca) complejidad de los mismos. También necesitamos herramientas que subrayen el lamentable trato que se les da a estas mujeres. El test “mujer en el frigorífico” resulta especialmente espeluznante. Creado por Gail Simone (de nuevo una guionista de cómic al frente del análisis de los medios), sirve para poner de manifiesto la gran cantidad de veces que las mujeres son agredidas, violadas, incapacitadas, torturadas o asesinadas en pantalla, simplemente para buscar la reacción de un personaje masculino. Está inspirado en una viñeta especialmente desafortunada de un comic de Green Lantern de 1994.

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Es aterrador la cantidad de veces que el sufrimiento de una mujer en el cine o en la televisión se presenta como una desgracia, no para ella, sino para el compañero que, oh-my-fucking-god, se ve obligado a contemplarlo. Es digno de mención la facilidad con la que se acepta que el centro de la escena no sea la víctima sino el protagonista masculino que lo escucha o contempla.

Qué mejor ejemplo de serie que no pasa el test “mujer en el frigorífico” queJuego de Tronos (2001-). Seguro que aunque no seas un fan has oído hablar de la tristemente famosa escena de violación de Sansa. El problema de esa escena no es sólo el cruento abuso al que el personaje está siendo sometido sino que la misma se plantea desde el punto de vista de un Theon horrorizado que se da cuenta de que debe cambiar su actitud. El trauma de Sansa no sirve para otra cosa que para hacer reaccionar a Theon, y toda la escena se rueda desde el punto de vista de éste, minimizando el sufrimiento de la muchacha. Aunque la brutalidad de Juego de Tronos es ya muy reconocida, este tipo de escenas no son exclusivas de la serie sino mucho más comunes de lo que parecen, y no sólo en cine y televisión.

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La propia Gail Simone tiene una página web en la que podemos encontrar todo un listado de superheroínas que han enfrentado todo tipo de actos brutales tan sólo como forma de conflicto en arcos argumentales masculinos. Como dice la propia Simone: hacer la lista es sencillo, lo difícil es encontrar excepciones.

El test de Furiosa

Proposed: the Furiosa test. Your movie/game/book/play passes if it incites men’s rights dipshits to boycott.

Aún no existe de manera oficial -todavía no ha sido referido en ninguno de los grandes medios- pero os lo digo claro, es mi favorito. Propuesto por un tuitero y ampliamente secundado en otras redes sociales, pretende dejar a un lado el análisis de personajes, tramas y arcos, y funcionar como garantía de que las cintas que lo pasan son indiscutiblemente feministas. Para pasar el test de Furiosa sólo debe darse una condición: que los miembros de losgrupos machistas de internet estén obsesionados con boicotearte.

El test, que debe su nombre a la protagonista de Mad Max: Furia en la carretera (2015), es este mes más útil que nunca. El estreno deCazafantasmas (2016) nos permite, además de reírnos de algún que otrogilipollas, apuntar un nuevo título en la lista de cintas que consiguen el aprobado de la mismísima Furiosa. Hagamos la lista más larga (seamos testigos).

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Los migrantes de la ‘jungla’ de Calais se duplican hasta los 10.000 desde junio

Los migrantes de la ‘jungla’ de Calais se duplican hasta los 10.000 desde junio, por Carlos Yárnoz, El País, 29 de agosto de 2016.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/29/actualidad/1472467755_973341.html

La jungla de Calais, el asentamiento en el que se hacinan miles de desamparados que huyen de la guerra y la miseria, pone de nuevo de relieve estos días la errónea estrategia europea ante el fenómeno migratorio. En solo un trimestre, la población errante que intenta pasar al Reino Unido prácticamente se ha duplicado y ya roza los 10.000 habitantes en medio de ratas, escasos servicios y permanentes riñas interétnicas. Dos meses después del Brexit, en Francia aumentan las voces de quienes exigen abrir la mano y que sea Londres quien cargue con el problema.

La voz de alarma la han dado la policía y las organizaciones humanitarias. La prefectura de Calais maneja como cifras oficiales la presencia de 6.900 migrantes en el campamento y precisa que en junio había 4.500. La Asociación para el Alojamiento de Emigrantes eleva el número a 9.106. Y el sindicato policial Alliance dice que “se llegará a 10.000 en los próximos días”.

Alain Privot, presidente de la Liga de Derechos Humanos de Francia, comenta por teléfono que estamos “ante un problema enorme” porque esos migrantes están “dispuestos a todo, incluso a arriesgar sus vidas” para alejarse de sus zonas de origen. “Hay que atajar los problemas en esas zonas de origen. Si no, el fenómeno seguirá y aumentará”.

La llegada masiva de migrantes a Calais ha coincidido con el buen tiempo veraniego en el Mediterráneo, que ha facilitado el paso la costa europea. La mayoría de los llegados a la costa noroeste francesa proceden de Italia. Además de Calais, se han instalado en otros campamentos en los que, como el de Grande-Synthe, se hacinan otros millares de migrantes.

El fenómeno ha echado por tierra la doble táctica puesta en marcha en febrero por el Gobierno francés para poner fin al inmundo asentamiento: distribuir a miles de migrantes a centros de acogida –solo en la zona están previstas 5.000 plazas, de las que 2.000 ya están ocupadas- y colocar en el campamento contenedores convertidos en viviendas provisionales. La zona sur del asentamiento fue desalojada entonces, pero ha vuelto a ser ocupada por tiendas de campaña y chabolas.

En medio del caos y con una vigilancia policial insuficiente –la mayoría de los cientos de agentes se dedican a impedir que los migrantes suban a los camiones con destino a Inglaterra-, las riñas en el asentamiento son constantes. Sobre todo de noche. Dos migrantes han muerto en los dos últimos meses. En la noche del pasado día 22, se enfrentaron unos 400 afganos con otros tantos sudaneses con el resultado de un muerto y seis heridos graves.

La policía, a través de sus sindicatos, asegura que la situación está “peor que nunca” y que es hora de dejar de hacer el trabajo a los ingleses. Es lo que opina el expresidente Nicolas Sarkozy. Quiere renegociar los acuerdos de Touquet, por los que Francia e Inglaterra acordaron que París controlara a los migrantes en Calais a cambio de una suma –ahora 80 millones de euros anuales- aportada por Londres. Policías británicos actúan en Calais y franceses, en Dover, al otro lado del canal de la Mancha.

Pese a que el propio Sarkozy firmó los acuerdos como ministro del Interior en 2003, ahora quiere que sean los ingleses en su propio territorio los que controlen y determinen quién tiene o no derecho al asilo. “Pido la apertura en Inglaterra de un centro de tratamiento de peticiones de asilo de quienes están en Calais, de forma que sean los ingleses quienes hagan el trabajo que les corresponde. Serán ellos los que tendrán que organizar los charters para devolver a sus países a quienes ellos rechacen”.

El presidente de la región Norte-Paso de Calais, Xavier Bertrand, del partido de Sarkozy, también quiere renegociar un acuerdo que se ha convertido ya en un permanente “mercado de trileros”.

En campaña para las elecciones presidenciales del año que viene, Calais será de nuevo arma arrojadiza como mal ejemplo de política migratoria. Es en esa región donde la candidata Marine Le Pen, presidenta del ultraredechista Frente Nacional, obtuvo el 42,2% de los votos en las regionales del año pasado. Fue la indiscutible ganadora en la primera vuelta (40,6% de los votos frente al 24,9% para Bertrand), pero la izquierda apoyó a este en la segunda para cerrar el paso a Le Pen.

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La larga historia del control de las faldas cortas y la ropa femenina

La larga historia del control de las faldas cortas y la ropa femenina, por José Cervera, 27 de agosto de 2016.

http://www.eldiario.es/sociedad/larga-historia-control-faldas-cortas_0_552245466.html

Más de 60 ciudades han albergado 'Marchas de las putas', como esta de Lima, en respuesta a una frase de un policía de Toronto: "Las mujeres deben evitar vestirse como putas para no sufrir violencia sexual". EFE / Paolo aguilar

Luisa Capetillo. Anette Kellerman. Micheline Bernardini. Charlotte Reid. Son algunos de los nombres de mujer que sirven como hitos en la larga historia del control legal de la ropa femenina. Desde la antigüedad clásica (el primer código legal escrito griego) hasta hoy mismo y con diferentes y variadas justificaciones (religión, política, obscenidad, escándalo, excesivo lujo) numerosas jurisdicciones han legislado y hecho cumplir códigos de vestimenta que han afectado desproporcionadamente a una mitad de la población sobre la otra.

Policías y jueces se han visto implicados en casi todos los países en el intento de decidir por la vía legal qué es aceptable y qué no en lo que respecta a lo que se puede poner una mujer en público. Encarnada en algunos nombres, esta es una breve e incompleta historia de un fenómeno que está lejos de haberse terminado: decenas de países aún hoy tienen leyes sobre la vestimenta femenina y surgen nuevas cada día.

Defensoras del burkini convierten la Embajada francesa de Londres en una playa
Las mujeres sufren el 73% de las agresiones islamófobas en Francia

Frugalidad por decreto

Numerosas sociedades desde la era clásica hasta bien entrado el siglo XVII se preocuparon por el exceso de lujo en la vestimenta y mobiliario de sus ciudadanos y legislaron quién podía llevar qué tipo de telas, colores o piezas de ropa y quién no según sexo, profesión y rango social.

El primer ejemplo aparece en el Código Locrio, el primer compendio escrito de leyes de la antigua Grecia que fue promulgado por el mítico  Zaleuco para la ciudad de Locros Epicefiros en la magna Grecia del siglo VII AC. Entre las pocas normas que se conservan está la que prohíbe a las mujeres llevar vestidos dorados y sedas refinadas, a no ser que se trate de su traje de novia, y la que fuerza a las mujeres casadas a llevar ropas blancas e ir acompañada por una esclava en público; sólo las núbiles podían llevar ropa de diferentes colores.

Roma, en tantas cosas heredera de Grecia, también reguló en sus normas los ropajes; determinadas categorías de tejido como la seda, el número de bandas coloreadas en una túnica y sobre todo el uso de determinados colores, en especial el famoso Púrpura de Tiro, estaban reservados a senadores, caballeros u otras clases determinadas y su uso estaba prohibido para el resto.

Para que las mujeres decentes no se pudieran confundir, Roma legisló también el uso obligatorio de una toga coloreada en tonos rojos ( Toga muliebris) para las prostitutas y las divorciadas por causa de adulterio. Estas y otras limitaciones estaban codificadas en las llamadas Leyes Suntuarias proclamadas durante la República cuyo cumplimiento era más bien relajado; a lo largo del Imperio fueron cayendo en desuso.

En la Europa medieval, durante el Renacimiento y en Gran Bretaña hasta el siglo XVIII se siguieron promulgando leyes que, con la excusa de limitar los gastos suntuarios, creaban unos códigos sociales de vestimenta que en la práctica servían para subrayar y perpetuar las diferencias sociales.

Un ejemplo son los  Estatutos Suntuarios promulgados por Isabel I de Inglaterra reformando legislación anterior. En estos estatutos se especifica con meticuloso detalle qué rangos nobiliarios pueden llevar qué tipos de tejido (seda, brocados, oro, diferentes pieles) diferenciando entre hombres y mujeres y llegando hasta la longitud de las espadas o la superposición de las prendas.

Así, por ejemplo, ninguna mujer que no tuviese rango de esposa de caballero o superior estaba autorizada a lucir cordones de seda sobre sus ropajes externos. Sólo las esposas de Caballeros de la Espuela y del Consejo Privado, duquesas, marquesas y damas de compañía y de honor de la reina además de vizcondesas y baronesas, estaban autorizadas a usar terciopelo carmesí en según qué prendas dependiendo de su rango concreto. La violación de las normas era castigada con multas, aunque el cumplimiento era laxo.

Los peligrosos zapatos de tacón

Otra prenda que provocaba furor en la Europa medieval eran los zapatos de tacón en sus diferentes encarnaciones y estilos. En un primer momento fueron puestos de moda por las damas de las cortes como método para realzar su belleza y disimular la escasa estatura, pero pronto se convirtieron en una verdadera carrera hacia el absurdo.

Por ejemplo los chapines, una especie de zapatos de plataforma de origen español que se extendieron por el continente en el siglo XV, llegaron a alcanzar alturas ridículas de más de 70 centímetros. Para evitar la competencia en esta moda, Venecia legisló en 1430 que no podrían superar las tres pulgadas, unos siete centímetros.

La preocupación legislativa por los zapatos de tacón y su efecto en el atractivo femenino se extendieron en el tiempo: en el Estado norteamericano de Massachusetts una ley del siglo XVII amenazaba con considerar brujas a las mujeres que atrajeran a un hombre al matrimonio con el artero uso de zapatos de tacón; ni que decir tiene que en aquel momento y lugar ser considerada bruja no era muy saludable.

En 1770 se presentó en el Parlamento británico una proposición de ley para castigar con las mismas penas que la brujería el uso de zapatos de tacón y de otros engaños cosméticos, prueba de que los legisladores todavía consideraban su uso un peligro social, o al menos algo similar a una estafa.

En la actualidad los zapatos de tacón siguen causando problemas y provocando la presentación de proposiciones de ley, aunque ahora son las mujeres las que solicitan protección legal. En determinadas industrias y puestos de trabajo (auxiliares de vuelo, camareras, recepcionistas, etc) hay empresas que obligan a sus empleadas a usar uniformes que a veces incluyen zapatos de tacón.

Varios conflictos laborales han surgido en relación con esta obligación o con despidos relacionados con la negativa de algunas empleadas a usarlos; una recepcionista británica que perdió su empleo por esta razón llegó a reunir 130.000 firmas para presentar una proposición de ley ante el Parlamento británico con la que forzar la resolución del problema. El hecho de que los zapatos de tacón pueden provocar problemas médicos si se usan durante demasiado tiempo avala estas peticiones.

La amenaza del pantalón

El  pantalón era considerado en la era clásica una prenda bárbara que las personas civilizadas no utilizaban jamás. A lo largo del Imperio Romano, sin embargo, la progresiva mezcla de pueblos y costumbres acabó extendiendo su uso, que se hizo prácticamente universal en Occidente, eso sí, única y exclusivamente entre los hombres. Hasta tal punto de que a partir del siglo XIX, y bien entrado ya el XXI, ha habido mujeres que han sido encarceladas por atreverse a usar pantalones en público. Una curiosa mezcla de religión e indignación moral ante la confusión de sexos hizo de esta prenda un símbolo feminista, y también de opresión legal.

La base original para la rotunda prohibición del uso de pantalones por las mujeres que se extendió en uso y ley hasta bien entrado el siglo XX (y que aún perdura en ciertos lugares) está en el Deuteronomio 22:5: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace”.

Por esta cita y por considerarse el pantalón como prenda quintaesencialmente masculina era en el siglo XIX de enorme escándalo la idea de una mujer vestida con ella (a pesar de la opinión tolerante de al menos un papa medieval). Sin embargo, la extensión de las ideas feministas y otras, como el uso de la bicicleta que hacía poco práctico llevar faldas, convirtieron el uso público de pantalones en reivindicaciones políticas en sí mismas, en algunos casos con resultado de detenciones.

Un ejemplo fue el de la activista puertorriqueña Luisa Capetillo, que aún en 1919 fue detenida y pasó una noche en comisaría por osar vestir un pantalón en publico. Y si esto suena a cuento de terror, conviene recordar que la primera mujer en llevar unos pantalones en el Congreso de Estados Unidos fue  la republicana Charlotte Reid en 1969, pero hasta 1993 el Senado de EEUU prohibía el uso de esta prenda a las mujeres.

Dos senadoras, Barbara Mikulski y Carol Moseley Braun, desafiaron la norma y consiguieron que se anulara, tras un plante del personal femenino de la institución. Hay que considerar que las escuelas estadounidenses consideraban obligatorio el uso de vestidos para las niñas hasta la aprobación de las Enmiendas Educativas de 1972, que provocó que los pantalones se pusieran de moda.

De hecho los pantalones se consideraron símbolo de libertad femenina mucho antes: estrellas de Hollywood como Katharine Hepburn o Marlene Dietrich aparecían con frecuencia con ellos durante la década de los 30, y su uso se había extendido a la práctica deportiva o de actividades físicas (como la jardinería).

Durante la Segunda Guerra Mundial las mujeres movilizadas para trabajar en las factorías que habían dejado los hombres por el frente usaban con frecuencia ropa de trabajo que incluía monos o pantalones reforzados, normalizando así su uso. Aun así no fue hasta 2013 que  la ciudad de París derogó una norma municipal que prohibía el uso de pantalones a las mujeres “excepto aquellas que tengan las manos en un manillar de bicicleta o en las riendas de un caballo”. Había sido diseñada para evitar las connotaciones revolucionarias de la prenda en aquella ciudad.

Los problemas con los pantalones originados en el Deuteronomio afectan también a algunas ramas de la religión judía, que consideran el espacio entre las piernas de la mujer como privado y por tanto exigen el uso de prendas que lo cubran, como una falda amplia. Razonamientos similares explica la preferencia por vestidos y faldas en grupos como algunas sectas menonitas. Otras confesiones, como los sij, interpretan que los pantalones son una prenda que cubre por completo las piernas de la mujer garantizando así el pudor, y aconsejan su uso.

Últimamente una interpretación extrema de la jurisprudencia islámica ha causado que el pantalón sea considerado haram (prohibido) por impúdico en países como Sudán, donde algunas activistas han sido amenazadas con penas de flagelación por usarlo en público.

Bañadores y pudor

Durante una buena parte de la historia en Occidente la ropa de baño nunca fue un problema: en la Era Clásica la gente se bañaba desnuda, y durante buena parte de la Edad Media y el Renacimiento el baño era algo que se hacía poco y en la intimidad. No había necesidad de trajes de baño, por tanto.

Pero cuando hacia mediados del siglo XIX se empieza a poner de moda el mar y darse baños en la playa aparece un problema: cualquier exhibición de anatomía, en especial femenina, es considerada inmoral y provocadora por lo que debía ser perseguida.

Así los primeros trajes de baño, para ambos sexos, dejan todo a la imaginación cubriendo desde los tobillos hasta el cuello, con manga larga y a menudo capucha y con telas que no transparenten y cortes que no marquen el perfil del cuerpo. Algo no muy diferente en corte, en realidad, del actual y polémico burkini.

Cada vez más ropa en las playas de Marruecos

Mujeres musulmanas bañándose en una playa. EFE

 

Los hombres descubren enseguida que este género de trajes de baño son incómodos y poco prácticos, en especial para tomar el sol, por lo que en seguida simplifican y optan por una especie de calzón que llega a medio muslo unido en una sola pieza a una camiseta con tirantes confeccionado en tejido de lana ligero y ceñido, un modelo que se usa durante décadas sin problema aparente.

En el caso de las mujeres, sin embargo, dejar hombros, brazo y piernas al descubierto y marcar volúmenes se considera del todo escandaloso. Así comienza un pulso que durará más de un siglo: por un lado las mujeres buscan prendas de baño menos engorrosas y más prácticas que liberen su piel para el agua y el sol; del otro las autoridades, preocupadas por la provocación y el escándalo de semejantes exhibiciones.

Una postal de 1912 con un hombre y una mujer en traje de baño junto a un 'carro de baño'.

Una postal de 1912 con un hombre y una mujer en traje de baño junto a un ‘carro de baño’.

 

En un primer momento el problema se soluciona con loscarros de baño, carruajes que permiten entrar en el agua más ligero de ropa pero a cubierto de las miradas indiscretas. Pero esta solución no es práctica ni permite nadar; la extensión de los ideales deportivos y de la libertad de vestimenta provoca una búsqueda de modelos con mayor facilidad de movimiento. En las playas se libra una guerra de centímetros, según las autoridades intentan legislar la cantidad de carne femenina expuesta que es tolerable dando lugar a las inolvidables imágenes de policías imponiendo la ley regla en mano.

Ya en 1907 la nadadora y actriz  Annette Kellerman fue detenida en la playa de Boston por utilizar en público un bañador escandaloso: un traje de lana tejida que la cubría de tobillos a cuello, pero que marcaba el cuerpo, similar al que ya empleaban los hombres (aunque más pudoroso).

Annette Kellerman y su bañador.

Annette Kellerman y su bañador. BIBLIOTECA DEL CONGRESO DE EEUU

El impacto de su detención y de su aparición en varias películas (fue una pionera de la natación sincronizada) fue tal que acabó dando su nombre a un estilo de traje de baño. Los annete kellerman eran bañadores de una pieza, algunos de ellos cubriendo por completo las piernas y otros acabando a medio muslo, que fueron la primera colección de moda de baño y antecesores de los actuales.

Pero al mismo tiempo en la cultura en general cada vez se abre más la mano, jugando incluso con las connotaciones sicalípticas de los trajes de baño más reducidos. En películas de los años 30 la sirena  Esther Williams realiza sus coreografías acuáticas en sugerentes trajes de baño con nombres como double entendre (doble sentido), y algunas de sus bailarinas llegan a aparecer en trajes de dos piezas precursores del bikini de postguerra. Las mujeres recortan, mientras las autoridades intentan recortar los recortes.

Durante la Segunda Guerra Mundial, paradojas del destino, son las autoridades las que proceden a recortar: debido a la escasez de materiales y a que eran necesarios para el esfuerzo bélico,  el Gobierno de EEUU solicita la reducción de un 10% en la tela necesaria para los trajes de baño.

La moda responde eliminando las falditas sobrepuestas y los cortes amplios que hasta entonces habían tratado de camuflar las formas de la mujer. Los bañadores empiezan a aproximarse a la forma actual, manteniendo todavía el tabú del ombligo a cubierto. Pero poco después habría de llegar a gran revolución, de la mano de las escaseces europeas de postguerra y de la necesidad de reinventar el glamour: el bikini.

“Es como el átomo, muy pequeño pero devastador”, dijo del bikini su creador. Y no era para menos: los testigos de la época fueron conscientes de que la diminuta y reveladora prenda violaba todos los tabúes sobre vestimenta femenina. Hasta tal punto que su creador, el diseñador de moda francés Louis Réard, no pudo encontrar una modelo de alta costura dispuesta a presentarlo y se vio obligado a contratar a una bailarina de strip-tease llamada Micheline Bernardini.

La versión de Réard tenía apenas 200 centímetros cuadrados de tejido, dejaba ampliamente al descubierto el ombligo y para ciertos diseños actuales sería considerada pacata, pero entonces provocó apoplejías: su uso fue prohibido en toda la costa atlántica francesa, Italia, España, Portugal y Australia, y en varios estados de EEUU se prohibió o se desaconsejó su uso.

Cuando en el certamen de belleza que acabaría convirtiéndose en Miss Mundo la ganadora, la sueca Kiki Håkansson, fue coronada luciendo un bikini,  el papa Pío XII la condenó personalmente y países como Irlanda y España amenazaron con retirase de la competición. Como consecuencia del escándalo numerosos concursos de belleza prohibieron explícitamente el uso del bikini.

En EEUU el Código Hays que controlaba el contenido de las películas de Hollywood permitía trajes de baño de dos piezas, pero no mostrar ombligos; no se abandonó hasta entrados los años 60. Y no sólo las religiones y grupos moralistas se opusieron: para algunas corrientes feministas el bikini degradaba a la mujer al convertir su cuerpo en objeto de deseo masculino.

Hoy día todavía hay países, como India, donde el uso del bikini se considera inmoral. En los países donde rigen normativas de tipo religioso está prohibido y su uso perseguido, como en buena parte de Oriente Medio, donde es motivo de escándalo que una actriz aparezca con uno en una portada.

Pero en una buena parte del planeta el bikini clásico puede llegar a ser considerado como púdico, en comparación con otras versiones más extremas o con la práctica (cada vez más común) del nudismo. En este caso, como en los anteriores, las mujeres y su afán de libertad acabaron por ganar la partida a las leyes y su afán de control, siempre mucho más desatado cuando se trata de limitar la libertad de acción de la mujer. Las polémicas con la ropa femenina y su significado siguen, y seguirán; pero el resultado final no deja lugar a la duda.

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Sara Laurghed, HOW MS IS CHANGING OUR FUTURE, NOT DICTATING IT.

How MS is changing our future, not dictating it, por Sara Laurghed, 13 de abril de 2016:

http://saralaughed.com/index.php/changing-our-future/

The Big Question - Sara Laughed

HOW MS IS CHANGING OUR FUTURE, NOT DICTATING IT

I’m 22, and I’m making a fool of myself.

“Will you marry me?” I ask. Not on bended knee, or over a candlelit dinner. All the time. A bad day, a lull in the conversation, a moment of happiness — multiple times a day, I causally propose marriage to Ken, my boyfriend of four years. He smiles and nods, or says yes and continues the conversation. We’re not engaged. It’s not a serious question; it’s part of our routine.

Ever since Ken was diagnosed with MS this winter, this has become a new way for me to say I love you; I’m here to stay; I’m in it for the long haul. It’s almost an affirmation, as though I’m telling both of us that nothing has changed. But, of course, something has changed. Our lives are radically different than they were four months ago.

Four months ago, Ken was working in Oakland, embarking on adult life for the first time. He had an apartment and was learning to cook. I was gearing up for my final year of university, and preparing to join him in awkward, millennial discomfort as we figured out adulthood together. Our future was wide open.

That month, we celebrated Christmas together, then New Year’s. And then, suddenly, he was in the hospital and we had a new diagnosis to adjust to. We promised that it wouldn’t change us, but the diagnosis affects our every day. When we shop for apartments, I keep an eye out for handicap accessibility. When I think about finding work, I feel the pressure to provide for both of us, in case something happens and Ken needs to take time off. When my friends talk about graduate school and careers, I can’t help but think of Ken; whether we can even move for a PhD program for me, when we know so little about what the MS means for his future and stability.

Our entire futures, his and mine, look different through the lens of this diagnosis. So I propose marriage. I make mental timelines for degrees and children, as though any of these plans give me more control over a thoroughly uncontrollable future.

What I’m trying to do is spit in the face of death. You can’t dictate our lives for us. You can’t take these hopes away from me. You can’t take this man that I love. But at the end of the day, my plans do nothing. Because whether we’re living together in a small apartment in the city, or married with children and a mortgage to take care of, he’ll still have this disease. No matter how much I plan around it, we will always have to be flexible; willing to bend around treatment, illness, and potentially disability.

I may be spitting in the face of death, but in the end, it’ll still get to us.

So I’m trying to tone it down a little, and be flexible. I’m trying to let go of the weight of the world, which tells me that I must make every decision now, right now, when I am still so young and have so much to figure out. And I’m trying to find peace, alongside Ken, in the knowledge that while this will always be a big part of our lives, it does not need to dictate them. I don’t need to put off marriage because of this diagnosis, just as I don’t need to rush into it to prove that this illness hasn’t beaten me. Ken and I will find our own pace, live our own way, and walk our own path through this trial, side by side. Because I love him, I’m here to stay, and I’m in it for the long haul — ring or not.

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¿Se conocieron Shakespeare y Cervantes en Valladolid?

¿Se conocieron Shakespeare y Cervantes en Valladolid?, por Jesús Ruíz Mantilla, El País, 23 de agosto de 2016.

No hay pruebas ni testimonios, pero sí una muy probable coincidencia física y temporal. William Shakespeare pudo viajar hacia la primavera de 1605 a Valladolid en misión de paz, como miembro de una delegación real. Justo en esa época, el nómada Cervantes se había instalado allí con sus hermanas, su sobrina, su esposa y su hija. ¿Les presentó alguien…? Es la pregunta que obsesivamente se siguen haciendo casi todos los biógrafos de ambos autores.

¿Se conocieron Shakespeare y Cervantes en Valladolid?

Felipe III y Jacobo I habían decidido dar tregua al ardor guerrero de sus antecesores. Una pulsión enconada y expansiva había conformado el eje de la tensa ambición imperial que determinó los reinados de Felipe II e Isabel I: el enfrentamiento colonial por ampliar fronteras y la batalla sin descanso por mar. El mundo era cosa de dos. Inglaterra y España.

Esa bipolaridad había dominado también la obra de ambos escritores. Tanto Shakespeare como Cervantes se habían mostrado buenos vasallos de sus respectivos monarcas, a los que dieron constantes muestras de admiración. Aunque, en el caso del español, con algunas leales reservas. Pero la era que se estrenaba respondía a otro tipo de empeños más modestos.

Los nuevos reyes gustaban de preferencias relajadas. Si a Felipe, apodado el piadoso, pronto se le cató como un amante de las artes, que dio cuartel a los jesuitas durante su reinado y dejó los asuntos candentes en manos de un ambicioso y corrupto duque de Lerma, Jacobo despuntó por su exhibicionismo, su petulancia y su preferencia por la juerga, en la que dejaba patente sus claras inclinaciones homosexuales sin importarle el murmullo. Algo unía a ambos, además: el vicio de la caza por encima de todas las cosas.

Para firmar la paz se nombraron dos vastas delegaciones. La española viajó primero a Inglaterra en agosto de 1604 y la británica se presentó en Valladolid un año más tarde. La componían unos 700 ingleses entre los que en principio –ya que como miembro de la misma había sido designado en su país- se encontraba William Shakespeare. No así Cervantes, pese a que viviera en la ciudad. Aunque uno de los motivos de que se instalara antes en la nueva capital del reino pudiera haberse debido a la cercanía hacia la corte, no fue considerado por las autoridades y los prebostes para tal acontecimiento.

La paz apremiaba y, seguramente, como sostiene Jordi Gracia en su magistral biografía Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía(Taurus), al autor no se le escapaba lo que el entonces embajador inglés, Charles Cornwallis, había detectado para su atinado diagnóstico diplomático: “El tesoro de la monarquía está completamente exhausto, sus rentas consignadas para el pago de la deuda, su nobleza pobre y completamente endeudada”.

Aun así, arde la iluminación nocturna en forma de 12.000 papelones pintados con las armas de la ciudad y la firma se hace coincidir con el bautizo de un heredero que llegaría a reinar como Felipe IV. No sin esfuerzo. El deseado alumbramiento había costado previamente a su madre, Margarita de Austria-Estiria, la sangre de varios partos y abortos.

Cuesta creer que de haberse trasladado Shakespeare a España nadie les hubiese presentado. Cervantes vivía su naciente éxito con el Quijote, recién publicado. De hecho, el icónico personaje ya aparece en algunos sonetos satíricos sobre los fastos, atribuido a un Luis de Góngora venenoso y clandestino.

Tanto Astrana Marín como Jean Canavaggio, biógrafos cervantinos de referencia, apuntan la coincidencia. Pero ninguno se atreve a aventurar más. Les basta un deseo pero les falta la prueba. Lo que sí sostiene Canavaggio es que a partir de entonces, las hazañas de Don Quijote viajan a Londres. Alguien de la delegación debió encapricharse con el caballero… En 1607, antes de que se tradujera la novela, el poeta George Wilkins, en una comedia representada en el escenario de The Globe, hace clamar a uno de sus personajes: “Muchacho, sostenme bien esta antorcha, porque aquí me tienes armado para combatir a un molino de viento”.

El caso es que si no hay rastro de lecturas de Shakespeare en Cervantes, sí sucede al contrario. Hacia 1612 apareció la primera versión inglesa del Quijote por empeño de Thomas Shelton. Un año después, Shakespeare y John Fletcher firman una obra sobre uno de los personajes de la novela: el joven Cardenio, que loco de amor por la pérdida de su Lucinda se echa al monte y se convierte en un eremita vagabundo a quien dan en llamar El roto.

La obra se estrena a cargo de la compañía de Los hombres del rey (The King’s Men) y desaparece tras un incendio. Pero sigue representándose con éxito hasta 1653, cuando, casi al completo, se pierde su rastro. Hasta que en 1727, Lewis Theobald publica Doble falsedad o los amantes afligidos, basada en la comedia de Shakespeare y Fletcher. Así que su estela, mal que bien, perduró.

Lo mismo que el de ambos genios con sus biografías cruzadas y sus extrañas coincidencias. Las que marcaron senda de futuro en la literatura universal sembrando, como sostiene sin temor a la polémica el crítico Harold Bloom, un persistente canon accidental en varios frentes. Tanto Shakespeare como Cervantes son los troncos geniales de los que durante siglos, se conocieran o no, se ha desprendido una constante y ejemplar modernidad.

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