TTIP. Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión

EE UU presiona en secreto para rebajar las reglas de la UE en el TTIP,

El País, 1 de mayo de 2016.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/01/actualidad/1462117710_697215.html

 

Las sospechas se hacen realidad. Estados Unidos presiona lejos de los focos para rebajar sensiblemente los niveles de regulación europea en algunos de los asuntos más espinosos del tratado comercial con la Unión Europea (TTIP, por sus siglas en inglés), tal y como temían los más críticos con esa oscura negociación, de la que hasta ahora solo se conocían las pretensiones europeas. Una filtración a la que ha tenido acceso EL PAÍS revela por primera vez, negro sobre blanco, la posición de Estados Unidos. Y pone de manifiesto la enorme influencia de los lobbies europeos y norteamericanos sobre los negociadores del acuerdo.

Básicamente, según el documento filtrado, Washington trata de modificar el proceso legislativo en la UE. En algunos de los asuntos más polémicos, relacionados con el medio ambiente y la salud, Estados Unidos persigue reducir los estándares de la regulación europea. La industria de los cosméticos y el uso de pesticidas en la agroindustria son dos de los ejemplos más evidentes. Pero la posición norteamericana es esa, por norma general, en las negociaciones relativas a alimentación, agricultura, barreras comerciales y protección del medio ambiente y de la salud de los consumidores.

Greenpeace Holanda se ha hecho con un jugoso documento del pasado abril, justo al comienzo de la última ronda de contactos, en Nueva York. El borrador, de 248 páginas, aporta información sustancial sobre la posición europea y sobre todo la norteamericana, que se ha mantenido en secreto hasta hoy por expreso deseo de la Administración de Barack Obama. En su reciente visita a Europa, Obama y la canciller Angela Merkelsubrayaron la necesidad de acelerar las negociaciones. A la vista de las posiciones de ambas partes, el acuerdo no se cerrará este año: al creciente rechazo en las opiniones públicas de varios países —e incluso entre partidos de Gobierno como los socialistas franceses o los ultras austriacos, rotundos ganadores en las últimas elecciones presidenciales— se suman las grandes diferencias que exhiben los dos equipos negociadores. A pesar de que Europa se ha mostrado muy conciliadora en público, el texto recoge “discusiones muy difíciles” en muchos asuntos, como los relacionados con la industria de los cosméticos, que en Estados Unidos permite usar animales en las pruebas de laboratorio; Europa rechaza esas prácticas. La parte europea ve “muy limitada la posibilidad de fijar una posición común” al respecto.

Obama y Merkel se conjuraron para cerrar las negociaciones este año: del documento se deduce que eso solo es posible si Europa accede a rebajar notablemente la protección al consumidor y sus estándares regulatorios. Ni eso parece sencillo, ni el escenario político es el más adecuado, con EE UU ya inmersa en la batalla por la presidencia y con Europa a la expectativa de elecciones clave en sus dos grandes potencias, Francia y Alemania, previstas para el año próximo. Partidos ultra como el UKIP británico o el Frente Nacional francés coinciden con los socialistas franceses o las opiniones públicas en los países más exportadores de Europa, como Holanda y Alemania, en el rechazo al TTIP. En Estados Unidos sucede lo mismo: en contra del acuerdo están Bernie Sanders (segundo en la carrera del partido demócrata) y Donald Trump (claro favorito entre los republicanos).

Las dos grandes críticas en Europa han sido hasta ahora la falta de transparencia y las sospechas de que el acuerdo puede suponer una rebaja de los estándares normativos de la Unión. Hace dos años y medio, justo al inicio de las negociaciones, Europa y EE UU ponían el énfasis en los beneficios económicos del acuerdo: varios puntos de PIB y decenas de miles de empleos. Esos beneficios son cada vez más inciertos, y han obligado a ambas partes a buscar otra narrativa: la posibilidad de que el TTIP permita fijar a las potencias del Atlántico los estándares normativos al resto del mundo. El documento filtrado deja a las claras la posición norteamericana al respecto, con algunos detalles sorprendentes: al Comisión Europea considera que el Gobierno Federal de EEUU es la única Administración relevante para fijar los estándares regulatorios; Washington fija como interlocutores tanto las instituciones europeas -básicamente, la Comisión Europea- como los Gobiernos nacionales. El texto, además, arroja algo más de luz sobre las sospechas de falta de transparencia. Estos son algunos de los aspectos más importantes.

1. La influencia de los ‘lobbies’.En el documento hay continuas referencias a consultas con las grandes empresas y patronales, hasta el punto de que en asuntos delicados como la agricultura o la industria química los negociadores llegan a admitir que no pueden tomar una decisión sin consultar antes con la industria. “Estados Unidos expresa que tiene que consultar su posición [sobre tarifas de productos químicos] con la industria química”, apunta el documento. Europa va más allá: en ocasiones presenta ofertas y contraofertas “basadas en la posición conjunta de la industria europea y estadounidense” en la negociación agrícola. Las ONG y los sindicatos han denunciado repetidamente que su acceso a los negociadores es mucho más limitado. El documento, además, desvela la creación de numerosos comités, formados por funcionarios, que en materia de regulación pueden condicionar el debate posterior, según Greenpeace. “El sector empresarial tiene oportunidades para participar en la toma de decisiones para intervenir en las primeras fases del proceso”, advierte esta organización ecologista.

2. El objetivo de Estados Unidos. El gran valor del documento filtrado es que por primera vez deja clara la postura de Estados Unidos en aspectos clave del acuerdo. Washington quiere acceso directo a la toma de decisiones en Europa sobre los aspectos regulatorios: en los debates europeos sobre el proceso de estandarización en materia de regulación habrá expertos estadounidenses, “sin garantía de reciprocidad”: no tiene por qué haber expertos europeos en los debates que se produzcan en Estados Unidos. Washington insiste una y otra vez en la confidencialidad a la hora de compartir información de las empresas en todo lo relativo a los productos químicos. En general, la UE tiene estándares más elevados en medio ambiente y protección de la salud (aunque la aplicación no es siempre tan estricta, como ha demostrado el escándalo Volkswagen): por ejemplo, Europa no permite las importaciones de carne estadounidense tratada con hormonas, por posibles vínculos con el cáncer y otras preocupaciones relativas a la salud. La UE tiene también reglas más estrictas en el sector químico, los pesticidas o todo lo relativo a los organismos genéticamente modificados (OGM, traducidos en ese texto con un eufemismo que raya la genialidad: Agricultura Tecnológica Moderna). El departamento de Estado de EEUU ve esas reglas sobre agricultura, pesticidas, productos químicos o carne tratada con hormonas como “barreras al comercio”.

3. Medio Ambiente. El documento filtrado revela una rebaja en la protección medioambiental por parte de ambas partes. No tiene en cuenta el reciente Acuerdo de París para reducir las emisiones de CO2. Pasa por alto las excepciones que permite la Organización Mundial de Comercio para que un país pueda restringir las relaciones comerciales “para proteger la vida o la salud de seres humanos, animales y plantas”, o para “conservar los recursos naturales”. Tanto en medio ambiente como en protección del consumidor el texto no es concluyente, pero sí hay un sesgo claro en las aportaciones norteamericanas, siempre en la dirección de que se imponga una especie de competencia a la baja en los estándares acordados y de no poner en marcha nuevas regulaciones si no es estrictamente necesario y si no hay un análisis previo coste-beneficio. Para Jorgo Riss, director europeo de Greenpeace, “los documentos filtrados confirman lo que veníamos diciendo desde hace tiempo: el TTIP pone los intereses corporativos en el centro de la toma de decisiones políticas, en detrimento del medio ambiente y de la protección del consumidor. Sabíamos que la posición de partida de Europa era mala, sin apenas líneas rojas. Ahora sabemos que la posición de EE UU es aún peor y que no respeta esas líneas”.

La Unión y EE UU dan diferentes tratamientos a los mismos productos. Ocurre así, por ejemplo, con el glifosato. La entrada de pesticidas y herbicidas en la Unión está sometida a la aprobación de la Comisión Europea. El 13 de abril el Parlamento Europeo propuso importantes cortapisas al glifosato, un polémico herbicida que pese a las dudas científicas es defendido desde hace años por la Administración de Estados Unidos. La OMS, sin embargo, considera que es posible que sea cancerígeno. El reciente pronunciamiento de la Eurocámara aboga por prohibir su empleo fuera de usos “profesionales”. Y pide vetar el glifosato cerca de centros educativos y parques infantiles, en parques públicos y se imponen limitaciones pasa su uso antes de la cosecha. Pero la recomendación del Parlamento es solo eso, una recomendación. Quien manda es la Comisión Europea, que tomará una decisión final a mediados de este mes. En uno de los últimos borradores de decisión que maneja la Comisión, se ignoran los vetos de la Eurocámara.

4. Resolución de conflictos. El acuerdo pretende potenciar el negocio de las empresas europeas al otro lado del Atlántico y viceversa. Para solucionar posibles disputas que puedan encontrar las empresas de un bando con las autoridades del otro lado, el acuerdo fijaba un acuerdo de resolución de conflictos con un arbitraje técnico para evitar los tribunales. Tras una formidable oposición pública al respecto, Bruselas ha propuesto un tribunal formado por jueces. En la versión filtrada del texto no hay una sola referencia al respecto sobre la posición estadounidense. La viabilidad de esa propuesta, por tanto, resulta aún más dudosa que antes.

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