Reportaje de Miguel de la Quadra-Salcedo en Chile tras el Golpe de Estado de 1973.

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Al otro lado [del muro], Discovery.

http://www.discoverymax.marca.com/series/otros/al-otro-lado/episodios-completos/#4867272540001

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Migueltxo Molina y Pablo Iraburu

Cuando en 2013 Migueltxo Molina y Pablo Iraburu, los directores de Al otro lado —la serie documental que Discovery Max estrena este martes a las 22.30—, decidieron comenzar este proyecto, las vallas y muros que separan países no ocupaban día tras día tantos titulares en los medios de comunicación. La crisis de refugiados sirios era incipiente, y Molina e Iraburu no sabían que sus viajes en torno a las fronteras de EE UU-México, India-Bangladesh, España-Marruecos y Sudáfrica-Zimbabue se convertirían en una serie de cuatro capítulos —en principio la idea era crear solo la película Muros, pero la cadena española los convenció para hacer la serie— en la que personalizan el drama de la migración. “Buscamos un planteamiento intimista: en vez de hablar de miles de refugiados, quisimos centrarnos en unos pocos para conocerlos mejor, saber qué piensan, de qué escapan o qué buscan”, explica Iraburu.

El primer capítulo narra la historia de varios migrantes que intentan cruzar a EE UU por el desierto de Arizona, como Caren y Miguel, un matrimonio que se separó de sus hijos cuando fue expulsado de Estados Unidos a México, su país, por no tener papeles. También la de Álvaro Enciso, Al, que desde 2011 ayuda a quienes cruzan este desierto en el que han muerto miles de personas en su tentativa de llegar a EE UU. Al coloca en puntos estratégicos garrafas de agua, víveres y mantas que luego los migrantes utilizan: “No sabemos a cuántos socorremos. Pero sabemos que lo hacemos porque dejamos garrafas llenas que cuando recogemos están vacías”, cuenta a EL PAÍS por teléfono.

En los cuatro capítulos de 45 minutos las historias se entremezclan. “Buscamos un equilibrio en la serie: quisimos que apareciesen casos de los cuatro continentes, algunos más mediáticos y otros menos”, cuenta Molina. Donde encontraron más dificultades para grabar fue en Bangladesh y Marruecos. En ninguno de los dos países tenían permiso, pero se las arreglaron como pudieron para conseguir filmar. En Bangladesh rodaron con una periodista que trabaja en la frontera documentando las muertes y la separación entre musulmanes e hindúes. “Grabamos muy escondidos, cambiándonos de sitio cada noche para dormir, pero a Molina le geolocalizaron el iPhone e intentaron requisarnos la tarjeta de memoria con las grabaciones. Les dimos una falsa, coló y tuvimos suerte, pero fue complicado”, relata Iraburu.

Durante las grabaciones, los directores muchas veces no sabían qué estaba sucediendo. Cuando Ghariba, una mujer marroquí que trabaja como mula cruzando a Melilla dos o tres fardos al día, hablaba en árabe en su casa con sus dos hijos, ni Iraburu ni Molina tenían la más remota idea sobre lo que les estaba contando. “Fue parte del proceso para que nuestros protagonistas se soltasen más y fuesen más naturales. Ya en casa, cuando vimos lo que hablaban, fue tremendo”, explican.

Los dos directores insisten en que la serie, sobre todo, no busca informar, sino concienciar. A Iraburu le gusta decir que no ofrece respuestas, pero que lo que sí hace es plantear preguntas a las que cada uno debe encontrar una solución propia: “Querríamos que con estos documentales la audiencia se preguntase qué tipo de mundo estamos construyendo o qué puede hacer cada uno para mejorar esto. También que interpreten las noticias sobre estos dramas de forma diferente”.

Otro aspecto que les motivó a la hora de rodar la serie es su carácter global: casi todas las personas, dice Molina, tienen una valla cerca y todas se sienten vinculadas con estos dramas. Si el canal se lo pidiese, ellos estarían dispuestos a grabar más capítulos. “Cuando empezamos este proyecto, nadie estaba hablando de los muros en las fronteras. También nos gustaría abordar historias que estén fuera de la atención mediática. Me parece más divertido: pensar qué no aparece en los periódicos y a partir de ahí buscar temas”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/05/05/television/1462454120_670808.html

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Traficantes de refugiados ¿héroes o villanos?

Cuando los traficantes eran héroes y nos solidarizábamos con los refugiados, de Miriam Cosic, The Guardian. Publicado en El Diario, 17 de mayo de 2016.

http://www.eldiario.es/theguardian/traficantes-heroes-solidarizabamos-refugiados_0_516899044.html

El 25 de septiembre de 1940, el filósofo y crítico literario alemán Walter Benjamin se suicidó en la localidad española de Portbou, situada cerca de la frontera con Francia. Tras cruzar los Pirineos a pie con la ayuda de una guía de montaña, él y el resto de los refugiados que integraban el grupo se encontraron en un callejón sin salida: las autoridades españolas les interceptaron y les indicaron que habían entrado en el país de forma ilegal. Lo cierto es que antes que ellos muchos otros grupos habían hecho el mismo viaje sin problemas, pero ese mismo día España había aprobado una nueva ley de inmigración; una ley que fue derogada dos semanas más tarde.

El grupo quedó bajo arresto domiciliario en una fonda del pueblo. Benjamin, enfermo y abatido, decidió ingerir las pastillas de morfina que guardaba por si era capturado por los nazis. También llevaba un visado de entrada a Estados Unidos que le había gestionado su amigo, el filósofo de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer, que ya había cruzado el Atlántico. Un día después de su suicidio, otros integrantes del grupo, judíos como él, fueron liberados y pudieron alejarse de los peligros de Europa.

Otra amiga de Benjamin, la filósofa Hannah Arendt, que pasó por Portbou unos meses más tarde y huyó a Estados Unidos, escribió: “Si hubiese llegado solo un día antes, Benjamin habría pasado sin problemas, y un día más tarde, las personas que se encontraban en Marsella ya sabían que no debían intentar cruzar los Pirineos para llegar a España. Sin embargo, ese día, ese día en concreto, la tragedia estaba asegurada”.

La guía de Benjamin, la “pasadora” que lo ayudó a cruzar los pirineos, Lisa Fittko, y una guía austriaca que se llamaba Carina Birman y que ayudó al grupo del filósofo en el último tramo, eran lo que ahora llamaríamos traficantes de personas.

En la Europa de la época, muchas personas hacían este trabajo en los pasos fronterizos, horrorizadas por la difícil situación de los judíos y otros “Untermenschen”, personas “inferiores” según los nazis. También llevaban a cabo tareas de coordinación, falsificaban documentos y ayudaban a estos grupos a cruzar fronteras de forma ilegal.

Entre 'Las uvas de la ira' y un catálogo de Ikea

Refugiados de ls Segunda Guerra Mundial regresan a casa.

Se hacían llamar traficantes y algunos aceptaban, o incluso pedían, dinero por la ayuda prestada a aquellos que querían huir de la Europa ocupada y llegar a España o a Suiza. Muchos civiles ayudaron a evacuar por barco a miles de judíos daneses, que consiguieron llegar a Suecia, un país neutral. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Dinamarca se había convertido en el país ocupado con menos judíos exterminados en el Holocausto.

En la actualidad, la expresión “traficante de personas” tiene connotaciones negativas. Durante la Segunda Guerra Mundial, esos traficantes eran considerados héroes.

Muchos de ellos figuran en el espacio que el memorial israelí de la Shoah, Yad Vashem, reserva a los 24.811 hombres justos de 47 países que ayudaron a los judíos a escapar del horror nazi; ricos y pobres, cristianos, musulmanes y ateos, personas urbanas y rurales.

El significado de la palabra “traficante” ha dado un giro de 180 grados en el siglo XXI. La neutralidad de esta palabra se ha desvanecido al añadir “de personas”. “Traficante de personas” recuerda “la trata de esclavos” o la “trata de blancas”, si bien este problema moral, mucho más urgente porque la economía sumergida le proporciona invisibilidad, no está en la lista de prioridades políticas.

El omnipresente lenguaje del neoliberalismo económico ha reformulado el término “traficante”. Las leyes draconianas australianas que impiden la entrada a las personas desesperadas que llegan al país por mar tienen por objetivo poner fin “al modelo económico” de los traficantes de personas. Sin embargo, las sanciones no son económicas: las Fuerzas de Defensa de Australia se movilizan para terminar con este modelo con sus propias manos.

Refugiados versus migrantes

También se han manipulado otras palabras. En el punto más álgido de la crisis de refugiados en Europa, “refugiado” y “solicitante de asilo” dieron paso a la palabra genérica “migrante”. Esta es la palabra que utilizan los políticos; pero también los medios de comunicación. “Migrante” nos libera de las cargas legales, morales y psicológicas que emanan de la expresión “solicitante de asilo” y nos permite asumir que esa persona dejó su país por motivos económicos; incluso cuando “el migrante” consigue demostrar que cumple todos los requisitos para obtener la condición de refugiado.

A las personas les cuesta poco invocar la ley de Godwin pero lo cierto es que reflexionar sobre la ocupación Nazi y sus consecuencias podría sernos de gran utilidad en estos momentos. Los países de Europa que no integraron el Eje, los soldados que llegaron desde países lejanos y finalmente el gran despliegue militar de Estados Unidos; todos ellos derramaron sangre en el campo de batalla para derrotar a Hitler. Se perdió una cifra inconcebible de vidas humanas, civiles y militares. Sin embargo, la democracia prevaleció.

Hungría intercepta un tren con refugiados y desarma a 40 policías croatas

Hungría intercepta un tren con refugiados y desarma a 40 policías croatas EFE

Entonces éramos “nosotros” y ahora son “ellos”. Tras la guerra de Ruanda y la Guerra en la antigua Yugoslavia en los noventa, se redactó el compromiso internacional relativo a la Responsabilidad de proteger (R2P) a la población contra el genocidio, los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad, bajo los auspicios de la Asamblea General de la ONU. No ha servido para nada. Este compromiso se invocó en 2001, cuando la OTAN decidió intervenir en Libia para pararle los pies a Gadafi y llevó a cabo una campaña de bombardeos masivos que dejó el país en ruinas y sumido en una virulenta guerra civil.

Este compromiso no se ha invocado en el contexto de la guerra de Siria, que se ha convertido las vidas de cientos de miles de refugiados en una auténtica pesadilla. Con independencia de la lógica humanitaria del compromiso, es evidente que el R2P responde a intereses estratégicos “en aras a la estabilidad” a lo largo y ancho del mundo, desde África Central a Asia Central, como indica el historiador Ian Morris. El realismo, como forma de entender las relaciones internacionales, es preferible al intervencionismo liberal y sus eufemismos.

El papel de la ONU

Comparar la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias con la situación actual es sumamente instructivo. La Segunda Guerra Mundial dejó un balance de cinco millones de desplazados rusos, 12 millones de personas de origen alemán expulsadas de sus países natales, ese gran mosaico que era la Europa del Este, y muchos refugiados más; se calcula que entre 11 y 20 millones.

Las fuerzas aliadas se preocuparon por ellos y les pusieron a su disposición alojamientos civiles y militares. Las Naciones Unidas, una organización internacional que acababa de nacer, asumió la responsabilidad de reasentar a los refugiados, a pesar de que la población de muchos países de acogida se opuso inicialmente al plan.

En 1952 la mayoría de refugiados ya tenía un nuevo país. Australia escogió a los refugiados con lupa y los eligió en función de lo que podían aportar al país: salud, vigor y un aspecto físico del norte de Europa. El imprescindible libro de Klaus Neumann, Across the Seas: Australia´s Response to Refugees: A History (A través de los mares: la respuesta de Australia a los refugiados, la historia), cita unos criterios que ahora nos parecen vergonzosos.

Mi familia paterna se encuentra entre los afortunados que fueron elegidos por Australia en 1948. Mi padre, que cuando la guerra terminó era un adolescente, todavía recuerda con asombro la amabilidad de los australianos que se cruzaron en su camino. Tras un tiempo en un campamento de refugiados en Italia, y más tarde en Bonegilla, (Victoria, Australia) encontró un trabajo en la pequeña localidad de Millicent, en el sur del país.

Cuando yo era pequeña, me contó la historia en infinidad de ocasiones. Los lugareños se turnaban para invitarlo a comer todos los domingos; también invitaban a otros hombres yugoslavos que habían sido enviados allí. Mi padre estaba agradecido por la invitación y compartía con los vecinos el asado de cordero. Nunca les dijo que no soportaba cómo olía.

El pastor luterano de la localidad también los invitaba a su iglesia para que pudieran orar a su manera, a pesar de que eran ortodoxos. “Todos somos cristianos”, les dijo. Imaginen el impacto que esa afirmación causó a unos jóvenes que habían huido de una región donde las personas de diferentes religiones se mataban las unas a las otras con el pretexto de la guerra.

Un amigo psicólogo que huyó de Holanda tras la Segunda Guerra Mundial me confirmó que los australianos fueron muy solidarios con los refugiados, y en especial, supieron detectar lo que hoy llamaríamos estrés postraumático o daño psicológico. Todavía no había surgido la hostilidad hacia los extranjeros que acompañó la migración masiva de la década de los cincuenta.

En los setenta, el gobierno liderado por el Partido Liberal Nacional eclipsó la campaña del Partido Laborista de Australia, preocupado por la situación laboral del país, y permitió que los vietnamitas que habían llegado al país por mar se quedaran. Se utilizaron expresiones como “personas-compuerta” y “pseudo-refugiados”. Gough Whitlam, primer ministro del país entre 1972 y 1975, acuñó la expresión “los que se saltan la cola” (ya que entran al país sin los permisos necesarios).

Fotografía de archivo tomada el 21 de marzo de 2014 y facilitada el 27 de abril, que muestra a inmigrantes tras una valla en el centro de inmigrantes de la isla Manus en Papúa Nueva Guinea. EFE

Fotografía de archivo tomada el 21 de marzo de 2014 y facilitada el 27 de abril, que muestra a inmigrantes tras una valla en el centro de inmigrantes de la isla Manus en Papúa Nueva Guinea. EFE

Bob Hawke, el entonces presidente de la principal asociación de sindicatos del país, señaló que solo se debería permitir la entrada a los refugiados que el gobierno australiano seleccionara en los campamentos de otros países. “Nosotros decidimos quien viene a este país”, como diría el actual gobierno. Más de 80.000 vietnamitas anticomunistas llegaron a Australia en los 15 años siguientes; nuestros aliados en la Guerra de Vietnam, a los que no abandonamos cuando perdimos la guerra.

En un encuentro con la prensa para explicar el plan humanitario, el entonces ministro de exteriores, Andrew Peacock, y el ministro de inmigración, Michael MacKellar, urgieron a los políticos a “no utilizar esta situación con fines electoralistas, a no exagerar las dimensiones del problema, a no beneficiarse del miedo de un sector de la sociedad australiana y a no olvidar el drama de los que llegan a bordo de pequeñas embarcaciones”.

Vuelvan a leer esta cita. Resulta desalentador percatarse de hasta qué punto el gobierno australiano ha dejado de ser un referente de libertad y humanitarismo. Para los liberales, supone una traición a su nombre. Y para los laboristas, es más de lo mismo.

En su lúcido libro The Long Road Home: the aftermath of the Second World War (El largo camino a casa: las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial), Ben Shephard señala: “¿Cómo podemos encontrar la forma de presentar el altruismo colectivo como algo interesante en una sociedad que se siente atraída por el mal, considera que la bondad es aburrida y percibe la bondad colectiva como el colmo del aburrimiento?”. ¿Cómo se puede lograr esto en el contexto de reafirmación individualista en el que nos hemos sumergido?

Unos años atrás, entrevisté a una mujer iraní que huyó de la Revolución en Irán, en 1979. Su casa era tan elegante como ella. Un juego de té y una bandeja con frutos secos de colores vivos me esperaban en una mesa. Ella y su marido eran científicos y cuando el ayatolá Jomeini inició la revolución islamista, especialmente represivo para las mujeres, atravesaron varias montañas para llegar a Pakistán, con un bebé a cuestas. El destino quiso que su hijo resultara ser homosexual; en Irán la homosexualidad está castigada con la pena de muerte.

Le pregunté cómo era posible que una joven pareja de la ciudad hubiese logrado cruzar las montañas. “Nos ayudaron”, me explicó: “Ahora los llamaríamos traficantes de personas”. “Traficantes de personas”, murmuró. Hizo una pausa, suspiró y me ofreció más té.

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“En la cultura digital, el arte contemporáneo es una subcultura, vinculada al negocio”

Entrevista a Mery Cuesta, por Txema G. Crespo. El Diario, 17 de mayo de 2016.

http://www.eldiario.es/norte/cultura_digital-contemporaneo-subcultura-vinculada-negocio_0_509549396.html

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Mery Cuesta (Bilbao, 1974), acaba de publicar La Rue del Percebe de la Cultura y la niebla de la Cultura Digital (Consonni), una reflexión híbrida que incluye textos ensayísticos, apuntes autobiográficos y cómic acerca de las transformaciones que las diferentes expresiones culturales están viviendo con la llegada de Internet. Mery Cuesta, que se ha retirado de las redes sociales, pero que se mantiene activa como comisaria, crítica (en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia), docente y dibujante de cómics, además de batería de la banda Crapulesque, cierra el libro con una recomendación: el giro hacia la introspección.

¿Desde cuál de tus distintas facetas surge la idea de publicar La Rue del Percebe de la Cultura…?

Llevo mucho tiempo dando clase de de Estética, Cómic, etc [entre otras actividades, Mery Cuesta dirige el Master de ilustracion y Comic de ELISAVA]. Desde hace cuatro años, en distintas clases fui desarrollando de manera natural un dibujo que se asemejaba al de la “Rue del Percebe, 13”, la famosa casa de Francisco Ibañez, que me servía a mí para explicar a mis alumnos desde los Nuevos Románticos, el Pop Art hasta el Underground, desde la alta cultura a la última subcultura. Y a medida que iba desarrollando mis clases, cada vez incorporaba más elementos que me llevaron a la decisión de  poner por escrito mis reflexiones sobre este cambio de paradigma que estamos viviendo, sobre todo quienes hemos nacido antes de la llegada de la cultura digital. En este sentido, me atraía reflexionar sobre cómo las nuevas generaciones no tienen tan claro este edificio compartimentado de la Rue del Percebe cultural.

Ese edificio en el que introduces la alta cultura, la cultura oficial, el underground, etc, aparece compartimentado y también jerarquizado, pero la llegada del nuevo paradigma con Internet lo ha transformado. Aunque en tu libro señales que Internet supone un mayor control que no es democrático, por otra parte ha servido para que todas las expresiones culturales se igualen, donde El Rubius es igual que Jordi Savall.

Es cierto, multitud de comportamientos que hasta ahora no eran visibles han salido a la superficie. Lo que ocurre es que al emerger dentro del mundo digital, por ejemplo todo componente de peligrosidad o subversivo que podrían tener esas subculturas (sabiendo que en el siglo XX esas subculturas han estado vinculadas con cierta marginalidad, ilegalidad), desaparece. Sí, hay una celebración, hay un encuentro, hay un reconocerse a través de la red, algo que hace 30 años sería imposible, pero también supone su asimilación. Asi ha ocurrido, por ejemplo, con el burlesque. Y eso sucede con otras formas de underground.

¿Hacia dónde derivarán entonces esas expresiones culturales, que reflejas en tu Rue del Percebe en los sótanos del edificio, para que sigan en ese ámbito underground?

Como comento al comienzo del libro, es muy difícil aventurar pronósticos acerca de cómo va a evolucionar el ámbito cultural, tienes que tirar de lo visionario. No sé cómo las subculturas podrán sobrevivir en cuanto a su secretismo, a día de hoy tendrían que no estar en Internet.

Con lo cual dejarían de existir, como quien dice, porque lo que ha conseguido Internet es equiparar toda expresión cultural.

En efecto, lo que ha ocurrido es una vuelta de la Rueda de la Fortuna. La cultura digital, en tanto que niebla, ha llevado a una confusión de las diferentes expresiones culturales, de los pisos de ese edificio de la Rue del Percebe.

¿Qué quieres decir cuando hablas de niebla como metáfora de la cultura digital?

Es esa situación un poco como de flotación que se siente cuando se está en Internet, que decía Barlow, pero también por lo que tiene de ambiente que invade todo, con las distintas gentes conectadas en función de sus intereses alrededor del mundo, pero sobre todo por la confusión, por cómo las nuevas generaciones no entienden esa Rue del Percebe cultural, no asumen el consumo cultural como lo hacíamos nosotros antes. Para ellas, es lo mismo el Rubius, que una película de Spielberg, que un corto que han grabado en el barrio. Hay una cierta confusión a la hora de categorizar la cultura que se expresa en lo que defino como el paradigma del cambio continuo, cuando no sabemos muchas veces si algo es bueno o es malo, como por ejemplo, el whatsapp, una herramienta que me sirve para conectar con gente a la que no veo y vive a miles de kilómetros y, por otro, me provoca un dolor de cervicales horroroso y voy en el metro como un hámster y no me entero de lo que pasa alrededor. Nuestra generación y las anteriores tendemos a la valoración moral, algo que las siguientes generaciones no estilan. Ese no ver bien lo que está ocurriendo alrededor, esa tibieza,  esa sensación confusa es la niebla que metafóricamente define a la cultural digital.

¿En esta cultura digital, y en la producción cultural contemporánea cuánto hay de impostura? Te lo pregunto en referencia al cómic que cierra el libro en el que abordas de manera autobiográfica la ficción de cómo dejas la crítica de arte por el cómic.

Es verdad que no he dejado de ser crítica ni comisaria, pero también que en el cómic cuento cómo a los siete años de escribir en Cultura/s en La Vanguardia (ahora llevo 13), estaba ya hasta  el moño  de toda esa gente falsaria, del artisteo, del ambiente que rodea los actos artísticos, así que decidí sin desvincularme, sí alejarme de ese mundo. Vamos, que no voy a las inauguraciones.  Me siento una outsider, libre.

Y desde esta posición, ¿cómo ves el mundo del arte contemporáneo?

La cultural digital ha dejado el arte contemporáneo en una subcultura completamente. Están muy encerrados en sí mismos y va cada vez más por la idea del negocio, los lenguajes que se utilizan son supercrípticos, no buscan encontrarse con los posibles interesados. Es un ámbito profesional cada vez más separado del gran público, al mismo tiempo que tiene una vertiente vinculada con el turismo, con los museos bastante llenos, lo que no quiere decir que haya una comunión real de la gente con los contenidos.

¿Dónde viviría el arte contemporáneo en el edificio de la Rue 13 del Percebe?

El arte vivía en el ático, aunque ahora en el mundo de la cultura digital ha pasado a la subcultura, más cerca del sótano, es un nicho sin ninguna vocación de hacerse entender.

En el libro hablar de la famosa soprano Florence Foster Jenkins, recuperada este año con dos películas (Marguerite y Florence Foster Jenkins), ¿estamos ante un “signo de los tiempos”, concepto que utilizas para hablar de cuando en una generación se reivindica lo mismo en distintos lugares?

¡No sabía que se habían hecho dos películas sobre Florence! Sí, totalmente parece que es un signo de los tiempos: me dijeron en Madrid cuando presentamos el libro que se iba a hacer una, pero dos, ni idea. Me parece una pirueta maravillosa.  Fíjate el itinerario: de ser un fenómeno vergonzante como lo fue en su momento, pasa a ser rescatado a principios del siglo XXI por la cultura bizarra, en aquella famosa exposición que preparó Jordi Costa sobre la cultura basura, en donde Florence Jenkins era una de los personajes protagonistas, al mismo tiempo que era rescatada en el resto del mundo en ambientes subculturales también. Y ahora pasa al mundo del mainstream total, con una película dirigida por Stephen Frears y protagonizada por Meryl Streep. En efecto, puro signo de los tiempos, porque estamos ante esa disolución de los pisos de la casa de Rue del Percebe.

Son tiempos de confusión en todos los conceptos vinculados a la cultura.

Si, por ejemplo, como ocurre con el éxito. Antes eras famoso cuando salías en el telediario como referente del mundo cultural, entonces ya habías alcanzado un status que te ofrecía el vocero oficial. Pero ahora eso ha cambiado con Internet: ¿quién tiene éxito?, ¿quien más trabaja, quien es más gracioso, quien tiene más seguidores? Incluso el valor del hecho cultural se ha desvanecido cuando llega a confundirse con la difusión de un hecho fugaz de manera viral. Por ejemplo, alguien que haga un trabajo meritorio, concienzudo, de calidad, pero no está en redes sociales, pues, claro no le conoce nadie. ¿Triunfa más quien lo pone en Youtube y tiene un millón de visitas?

¿Ha desaparecido el concepto de canon hasta igualarse todas las expresiones culturales?

El cómo se accede a la cultura es la clave de la desaparición de las diferentes estancias de la cultura. El consumo cultural ya se hace a través de las pantallas y comentamente deslocalizado y descontextualizado, desde el metro, desde tu casa o en una barbacoa con unos amigos. De ahí que nuestra generación y las anteriores estemos desorientados. Las generaciones actuales quizás se encuentren más en un estado de flotación, que para ellos no es negativo, porque es su medio natural. Viven en el océano de contenidos que es Internet con comodidad, mientras que para otras personas puede llegar a ser una angustia. No viven estas patologías que sí vivimos quienes nacimos antes de la llegada de la Red.

Acabas el libro con una llamada a la introspección.

Es un consejo personal, en plan abuela total. ¿Cómo concluir un libro como éste, híbrido, que no es académico, en el que desde el principio afirmo que no hay conclusiones porque estamos hablando de un presente estricto? Pues con una opinión personal: “Hay que dejar de trabajar todo el día”, es decir, hay que desconectar; hay que parar, hacer un ejercicio de introspección. En una sociedad en la que todo el mundo cuenta continuamente su vida, vamos a probar lo contrario, la introspección, a ser un poco antisistema. Quizás sea también un tanto contradictorio, cuando por ejemplo estamos manteniendo esta entrevista por Skype, pero así ocurre en tantas ocasiones con la cultura digital.

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¿Son conscientes los insectos?, de Peter Singer.

¿Son conscientes los insectos?, de Peter Singer. El Diario, 13 de mayo de 2016.

http://www.eldiario.es/zonacritica/conscientes-insectos_6_515558470.html

 

El verano pasado, una mariposa de la col puso huevos en una rúcula de mi huerto. En poco tiempo la planta se llenó de orugas verdes, bien camufladas contra el fondo verde de las hojas. Yo ya tenía otras rúculas a cierta distancia de esta, que me darían suficientes hojas para hacer ensaladas, y no quería echar insecticida, así que dejé en paz a las orugas. Pronto de las hojas de la rúcula no quedó nada. Privadas de alimento y no preparadas todavía para comenzar la siguiente etapa de su ciclo vital, todas las orugas se murieron de hambre.

Acababa yo de presenciar en un microcosmos algo que hacía mucho tiempo acepto intelectualmente: la evolución es un proceso natural impersonal al que no le importa el bienestar de las criaturas individuales que produce. A veces me pregunto, ¿cómo pueden los teístas reconciliar el mundo que observan con la creencia de que ha sido creado por un ser omnisciente (que entonces sabía que todo esto pasaría) y al mismo tiempo bueno y digno de adoración?

La explicación tradicional que dan los cristianos del sufrimiento humano dice que es resultado del pecado original de Adán, que supuestamente todos hemos heredado. Pero las orugas no descienden de Adán. La solución de Descartes al problema fue negar que los animales sean capaces de sentir dolor. Pero tratándose de perros o caballos, pocas personas aceptarían la opinión de Descartes (incluso entre sus contemporáneos). Hoy, las investigaciones científicas de la anatomía, fisiología y conducta de mamíferos y aves proveen evidencia contraria. Pero ¿podemos al menos esperar que las orugas no sientan dolor?

La descripción científica tradicional de los insectos dice que no tienen un sistema nervioso central, sino ganglios independientes encargados del control de diferentes segmentos del cuerpo, de modo que mal podría imaginarse que los insectos pudieran ser conscientes.

Pero un artículo reciente publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences rechaza este modelo. Dos investigadores de la Universidad Macquarie (Andrew Barron, especialista en ciencia cognitiva, y Colin Klein, filósofo) aseguran que la experiencia subjetiva puede estar más difundida en el reino animal (y ser más antigua en términos evolutivos) de lo que creemos.

Hasta ahora no ha sido posible reproducir en condiciones experimentales adecuadas ninguna de las observaciones que nos obligarían a aceptar que las plantas tengan experiencias subjetivas

La experiencia subjetiva es la forma más básica de consciencia. Que un ente sea capaz de tener experiencias subjetivas quiere decir que hay algo así como ser ese ente, y ese “algo” puede incluir el tener experiencias placenteras o dolorosas. Por el contrario, aunque un auto sin conductor tenga detectores capaces de percibir obstáculos y sea capaz de actuar para no chocárselos, no hay algo que pueda ser descrito como “ser” ese auto.

En los seres humanos, la experiencia subjetiva es diferenciable de los niveles superiores de consciencia (como la consciencia de sí mismo), que dependen del funcionamiento del córtex. La experiencia subjetiva involucra en cambio al mesencéfalo (cerebro medio), y puede continuar incluso después de un daño generalizado al córtex.

Los insectos tienen un ganglio central que, lo mismo que el mesencéfalo de los mamíferos, participa en el procesamiento de la información sensorial, la elección de objetivos y la dirección de la acción. Tal vez también provea capacidad para la experiencia subjetiva.

Los insectos son una categoría de seres muy grande y diversa. Las abejas tienen alrededor de un millón de neuronas. No son muchas en comparación con los 20 000 millones, más o menos, de los seres humanos (por no hablar de los 37 000 millones que según un descubrimiento reciente hay en el neocórtex de la ballena piloto). Pero son suficientes para ejecutar y decodificar la famosa “danza del meneo” con que se transmiten información acerca de la dirección y la distancia hacia flores, agua o lugares aptos para una colmena. Las orugas, hasta donde sabemos, no tienen esas capacidades. Pero aun así, pueden ser suficientemente conscientes para sufrir mientras se mueren de hambre.

¿Y las plantas? Es una pregunta que suele aparecer cuando propongo que deberíamos dejar de comer animales porque son capaces de sentir dolor. Se habla todo el tiempo de las capacidades notables de las plantas, pero hasta ahora no ha sido posible reproducir en condiciones experimentales adecuadas ninguna de las observaciones que nos obligarían a aceptar que tengan experiencias subjetivas. Barron y Klein dicen que las plantas no tienen estructuras que hagan posible la consciencia. Lo mismo vale para animales simples como las medusas o los nematodos; por otra parte, los crustáceos y las arañas, lo mismo que los insectos, sí tienen esas estructuras.

Si los insectos tienen experiencias subjetivas, hay en el mundo mucha más consciencia de la que pensábamos, porque, según un cálculo de la Smithsonian Institution, en cualquier momento dado hay unos diez trillones (10 000 000 000 000 000 000) de insectos individuales vivos.

Lo que pensemos al respecto depende de cómo nos imaginemos que puedan ser sus experiencias subjetivas, y aquí la comparación de estructuras no nos dirá mucho. Tal vez las orugas obtuvieron tanto placer del festín que se hicieron con mi rúcula que sus vidas fueron dignas de vivirse, a pesar de la muerte miserable que siguió.

Pero lo opuesto es al menos igual de probable. Tratándose de especies tan prolíficas, muchas de las crías comenzarán a morirse de hambre desde el momento en que eclosionan.

En Occidente nos causan gracia los monjes jainistas que barren el piso delante de ellos para no pisar a las hormigas. Pero deberíamos en cambio admirarlos por llevar la compasión hasta su conclusión lógica.

No quiere decir que debamos iniciar una campaña por los derechos de los insectos. Todavía nos faltaría para ello conocer más sobre sus experiencias subjetivas; y en cualquier caso, el mundo no está ni por asomo preparado para tomarse en serio una campaña así. Primero tenemos que terminar de extender el campo de aquello que tenemos en consideración seria, para incluir en él los intereses de los animales vertebrados, de cuya capacidad para sufrir no tenemos tantas dudas.

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